Gaza: tres años intentando sobrevivir al presente
Las ruinas de la ciudad de Jabalia. Foto: Craig Kenzie/MSF.

Cada gazatí ha sido marcado de manera distinta por la pérdida de la posibilidad de una vida ordinaria. En Gaza, las familias han sufrido pérdidas que no pueden reducirse a una sola estadística: casas destruidas, seres queridos muertos o heridos, medios de vida perdidos, niños sin escuela y años de recuerdos ligados a lugares que ya no existen.

7 oct 2026. Para las personas que vivíamos en Gaza, la mañana del 7 de octubre de 2023 comenzó con incertidumbre. Los teléfonos empezaron a sonar y empezaron a llegar mensajes. Lo primero que todos hicimos fue comprobar que nuestros seres queridos estaban bien, que todo el mundo estaba a salvo. No había manera de saberlo; tampoco sabíamos, en aquellas primeras horas, que la violencia continuaría no durante días o semanas, sino durante años. Para abordar lo que ocurrió en octubre de 2023 y lo que vino después, sin embargo, resulta necesario situar ese día dentro de la historia de Palestina.

Para los y las palestinas, la historia no comenzó el 7 de octubre de 2023, sino que se remonta a 1948, cuando la creación del Estado de Israel vino acompañada del desplazamiento de cientos de miles de palestinos, un hecho que los palestinos llaman la Nakba, o “catástrofe”. Esto es central para entender que ha ido sucediendo en las décadas posteriores.

Vivir entre la violencia en Gaza era ya, antes de octubre de 2023, una especie de “normalidad”. Los palestinos nos hemos acostumbrado a sufrir agresiones por parte de Israel. En Gaza ha habido seis grandes rondas de agresión, todas ellas en momentos distintos pero con el mismo objetivo: la destrucción de un enclave habitado por unos dos millones de personas hacinadas en 365 kilómetros cuadrados. Esos dos millones de personas se despertaron el 7 de octubre con rutinas, vidas e historias distintas, pero terminaron el día enfrentándose al mismo trauma y a la misma conmoción.

¿Qué ocurrió aquella mañana?

Si uno se acerca a Gaza desde una perspectiva política, se verá nadando entre innumerables narrativas e interpretaciones distintas; pero estas líneas no persiguen este objetivo, sino acercarse a Gaza desde un punto de vista puramente humano; desde la perspectiva de la humanidad misma y de lo que sucede cuando se despoja a las personas de esa humanidad.

Ya desde antes, pero con más intensidad desde el 7 de octubre de 2023, en Gaza, la magnitud de la muerte y el sufrimiento se ha convertido en algo con lo que la gente se ve obligada a convivir cada día. Cuando matar se vuelve una realidad cotidiana, existe el peligro de que incluso la pérdida de cien vidas empiece a parecer una cifra más en las noticias, en lugar de cien seres humanos concretos, cada uno con una familia, una historia y una vida. Según el Ministerio de Salud de Gaza, al menos entre 75.000 y 77.000 palestinos han muerto en Gaza desde el 7 de octubre.

La magnitud de la muerte es casi imposible de comprender y el costo humano es inmenso. Sin embargo, más allá de las vidas perdidas, hay otro costo que soportan quienes siguen vivos en el enclave y que tiene que ver con la pérdida de hogares, de escuelas, de hospitales, de universidades, de barrios y de los lugares que antes conformaban la vida cotidiana.

A lo largo de estos tres años, en toda Gaza, más de 201.000 estructuras han sufrido daños —de las cuales más de 134.000 se consideran como totalmente destruidas. Más de 328.000 unidades de vivienda han resultado dañadas. En el ámbito de la educación, 526 de los 564 edificios escolares del territorio requieren reconstrucción total o una rehabilitación importante; mientras que más de 63 edificios universitarios han sido destruidos. Más de la mitad de los hospitales de Gaza ya no funcionan.

¿Y si esto nunca hubiera ocurrido?

Gaza ha cambiado en casi todos los aspectos de la vida de la ciudadanía palestina. Estos tres años de genocidio han dinamitado La estabilidad económica, la seguridad física, la educación y, sobre todo, la vida emocional de las personas. Cada uno de los aproximadamente dos millones de habitantes de Gaza se ha visto afectado de manera distinta. Para algunos, la pregunta no es solo qué han perdido, sino en quién podrían haberse convertido si esto nunca hubiera ocurrido. ¿Qué habría pasado con esas vidas y futuros imaginados antes de la guerra? ¿Qué clase de vida intentan los gazatíes construir ahora?

Para Nourhan Alostaz, una gazatí palestina de farmacia clínica de 22 años, la diferencia resulta especialmente dolorosa. Está a punto de terminar sus estudios, pero no de la manera en que alguna vez imaginó. En lugar de asistir a clases presenciales, estudia en línea, al tiempo que sobrevive a los ataques israelíes. “Toda mi vida sería distinta si no se hubiera destruido mi universidad”, explica Nourhan a El Salto. Lo hace a través de una pantalla y con el dolor de intentar construirse un futuro profesional que ahora se antoja lejano. Ella estudia en la Universidad Al-Aqsa, en el centro de Gaza.

Antes de la guerra, convertirse en farmacéutica clínica significaba mucho más que asistir a clases y aprobar exámenes. Significaba ir a la universidad, conocer a compañeros, aprender de los profesores y, sobre todo, adquirir experiencia práctica en un hospital. “Tenía que hacer prácticas en un hospital para mi titulación”, se lamenta; pero eso nunca ocurrió.

En lugar de eso, la rutina universitaria habitual fue sustituida por la búsqueda de una conexión a internet fiable. En vez de despertarse con la alarma para una clase matutina o prepararse para una jornada de prácticas hospitalarias, Nourhan intenta descargar clases en línea cada vez que logra una conectividad suficiente. El cambio puede sonar ‘tecnológico’, pero para ella representa algo mucho mayor: la pérdida de una vida estudiantil ordinaria. La pérdida de la posibilidad de formarse con profesores, de encontrarse con gente nueva, de vivir nuevas experiencias. Su educación ha continuado, pero casi todo lo que la rodeaba ha cambiado. La pregunta no es solo qué le ha quitado el genocidio, sino en quién podría haberse convertido sin él.

Nourhan es solo una de las dos millones de personas que pueblan Gaza. Cada gazatí ha sido marcado de manera distinta por la pérdida de la posibilidad de esta vida ordinaria. En toda Gaza, las familias han sufrido pérdidas que no pueden reducirse a una sola estadística: casas destruidas, seres queridos muertos o heridos, medios de vida perdidos, niños sin escuela y años de recuerdos ligados a lugares que ya no existen.

Sobrevivir al presente

Para la gran mayoría de familias, la destrucción ha significado también el colapso de su vida económica. Después del 7 de octubre, mantener el trabajo se ha vuelto cada vez más difícil, cuando no imposible. Los negocios cerraron, los lugares de trabajo fueron destruidos y mucha gente perdió sus fuentes de ingresos. Para quienes dependían de internet, la electricidad, las comunicaciones y los contactos profesionales, la interrupción de la infraestructura básica ha hecho aún más difícil ganarse la vida.

En Gaza, donde muchas personas trabajaban como autónomas o a distancia, la pérdida de internet y electricidad fiables ha significado perder por completo el acceso al trabajo: plazos incumplidos, clientes perdidos o unos ingresos que desaparecían de la noche a la mañana.

Asmaa Mohammad mantenía a su familia de seis miembros con trabajo freelance antes del inicio del genocidio. A su marido le costaba encontrar un empleo estable, de modo que ella era la principal fuente de ingresos de la familia. Su trabajo no era solo una carrera; era la forma en que su familia sobrevivía. A medida que la violencia avanzó, mantener ese trabajo cada vez se fue complicando más y más; cada vez más difícil. La misma infraestructura que conectaba a Asmaa con clientes y oportunidades fuera de Gaza se veía interrumpida repetidamente, lo que le dificultaba comunicarse, trabajar y ganar un sueldo. “Perdí el contacto con el mundo exterior tras un año de intentar simplemente sobrevivir”, explica por videollamada Asmaa.

Estas historias son dos gotas en un océano, pero ambas siguen peleando por recuperar lo que queda de su vida, si es que eso es posible. Nourhan sigue intentando terminar sus estudios y Asmaa sigue intentando sostener a su familia. Las dos continúan con sus vidas, pero en circunstancias que nunca eligieron.

Tres años después del inicio del genocidio, los gazatíes viven una nueva rutina. Apenas pueden concentrarse en estudiar o trabajar; están más centrados en encontrar comida y agua, conseguir tiendas de campaña, mantenerse a salvo y seguir las noticias. Los planes han sido destruidos, y el genocidio ha creado nuevos planes, más dolorosos: planes centrados no en construir un futuro, sino en sobrevivir al presente.

Hoy es 7 de octubre, el tercer aniversario de lo que siguió a décadas de ocupación de nuestra tierra. Estamos pagando el precio con la pérdida de nuestros seres queridos, nuestros planes, nuestros futuros y nuestra sensación de seguridad. Sin embargo, a pesar de todo lo que se nos ha arrebatado, nunca dejaremos de buscar la libertad y nuestros derechos.

Información adicional

Autor/a: Sara Awad
País: Palestina
Región: Medio Oriente
Fuente: El Salto

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