9 octubre, 2026
Eduarda Campopiano, de 23 años, fue la diputada estatal más votada en el estado de San Pablo, con casi 2 millones de votos. Se presentó por el bolsonarista Partido Liberal, primera fuerza política a escala federal, y se definió como «la mayor enemiga de las feministas». Campopiano asegura que los feminicidios no existen, agradece a Dios la colonización portuguesa y asegura que los indígenas son «caníbales» que «entierran vivos a los niños» (Poder360, 5-X-26).
Eduarda no es, por cierto, la única militante de la extrema derecha que maneja este tipo de discursos, aceptados por gran parte de los más de 50 millones de brasileños que votaron por Flávio Bolsonaro el domingo pasado. Se puede argumentar el peso de las redes sociales, sin olvidar que los grandes medios no apoyaron a Bolsonaro. Se puede señalar que la crisis del sistema-mundo promueve la polarización, que las incertidumbres aceleran las corridas hacia salvadores y extremistas. Hay muchos perfiles posibles para explicar el imparable ascenso de las ultraderechas, pero resulta imposible no detenerse en el peso decisivo del agronegocio.
Brasil fue una potencia industrial. Hoy es una potencia agrícola y ganadera. La industria no era solo empleo y producción; de la relación entre obreros y empresarios (conflictiva o no) emanaba una cultura del trabajo que se materializó en sindicatos y cooperativas, en clubes deportivos y sociales arraigados en territorios urbanos. El agronegocio no es solo soja y carne, sino también cultura y sociabilidad.
El periodista Raphael Sanz, editor de Correio da Cidadania, cree que es necesario problematizar el ascenso de la extrema derecha. «Si todo lo reducimos a la cuestión económica, debemos recordar que Lula entregó billones al agronegocio a través del Plan Zafra, por lo que ese sector debería apoyarlo. Por tanto, debemos entrar en la cuestión política y cultural», sentencia. «Los viejos caciques terratenientes, que estuvieron relacionados con los militares, los ricos tradicionales y los nuevos ricos de las Iglesias evangélicas, del mercado financiero y el crimen organizado, viven una cierta simbiosis». Conforman un campo de fuerzas que, dice Sanz, pese a sus diversidades, ha creado una identidad política común que facilita las alianzas electorales.
Poco después de que Lula llegara por primera vez a la presidencia, en 2003, la transnacional Monsanto lanzó una campaña publicitaria titulada «Imagine».1 La pieza publicitaria mostraba personas felices en una naturaleza exuberante, mientras sonaba «What a Wonderful World» de Louis Armstrong. El texto, inspirado en la balada de John Lennon, es un monumento a la infamia: «Imagine un mundo que preserve la naturaleza, el aire, los ríos, donde la gente pueda producir más, con menos agrotóxicos, sin deforestar los bosques». Pura hipocresía tratándose de Monsanto, pero funcionó.
La tesis de maestría en desarrollo territorial de Ana Manuela de Jesus Chã, «Agronegócio e indústria cultural: estratégias das empresas para a construção da hegemonia», demuestra la estrecha relación entre empresas del agronegocio con el campo cultural. «Tenemos empresas de venenos organizando festivales de música, fabricantes de transgénicos financiando cine y talleres culturales para jóvenes, empresas de celulosa y caña patrocinando coros de trabajadores.»
Los beneficiarios de la financiación empresarial suelen pasar por alto que Brasil es «el mayor consumidor mundial de agrotóxicos, el avance de la deforestación y el elevado número de casos de cáncer y de problemas ambientales ligados al uso de transgénicos y agroquímicos». Obviar los perjuicios ha sido posible, según Chã, por la legitimidad obtenida por un sector que no ha parado de crecer desde que se lanzara la revolución verde bajo la dictadura militar.
Los resultados electorales de este domingo confirman la tesis de la relación entre el agronegocio y la extrema derecha en Brasil. Solo los cultivos de soja abarcan 50 millones de hectáreas (Uruguay cabe allí tres veces), pero su impacto en la política es lo suficientemente profundo como para haber trastocado las relaciones de fuerza en el parlamento. El Frente Parlamentario de la Agropecuaria, el amplio paraguas de la llamada bancada ruralista brasileña, cobija a 345 de los 594 miembros del Congreso. Seis de cada diez diputados y senadores están ligados al agronegocio.
Una investigación del politólogo Marco Antonio Faganello, de la Fundación Getulio Vargas, explica que, en relación con la primera vuelta de 2022, Lula perdió 3,3 millones de votos, en tanto Flávio Bolsonaro obtuvo 5 millones más que los de su padre cuatro años atrás. «Donde el agro alcanza el 50 por ciento del PBI, Lula perdió 8 por ciento de los votos», apunta Faganello (Agência Pública, 5-X-26). Y sugiere la hipótesis de una afinidad ideológica en los municipios pequeños con alta presencia del agronegocio.
DE LA BOSSA NOVA AL SERTANEJO
Según las estadísticas de consumo publicadas por Spotify, de los diez cantantes más escuchados de Brasil en la década de 2010, seis pertenecen al género sertanejo. «De orígenes rudimentarios y artistas modestos, […] se convirtió, en poco más de tres décadas, en una potencia que mueve masas, sin distinguir raza ni condición social o económica, haciendo circular millones de reales y, sobre todo, influyendo en el comportamiento de los jóvenes de sur a norte», señala el periodista Federico Cornali (Anadolu Ajansı, 28-VIII-20).
En tanto, Sanz asegura que «al mismo tiempo que la bossa nova cayó en desuso, vinculada a una vieja élite decadente, el funk y el rap son criminalizados, pero el “sertanejo universitario”, creado y financiado por el agronegocio, se despliega en shows millonarios en todo el país». Miles de agrishows mezclan espectáculos en los que la música excluyente es el sertanejo, con exposición de maquinaria de alta tecnología, comidas regionales, producción agrícola y animal. El más representativo, el Agrishow de Ribeirao Preto, factura 500 millones de dólares en solo cinco días y recibe 200 mil visitantes. Otras ferias superan el medio millón de asistentes.
Cornali estima que la hegemonía musical del sertanejo tiene profundas derivaciones políticas. «Mientras artistas de géneros como funk, hip hop o la propia samba son críticos de Jair Bolsonaro, varios de los principales artistas sertanejos expresan públicamente su apoyo al político de ultraderecha.»
A través de las ferias rurales, las telenovelas, la música sertaneja y el carnaval, entre otros, el agronegocio ha conseguido una hegemonía cultural para un proyecto que promete lo contrario de lo que viene haciendo. La aceptación pasiva de la población enseña el enorme poder de los medios a su servicio y de la potencia capilar de una cultura con la cual la izquierda ha sido incapaz de competir.


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