La capital ucraniana ha sufrido desde el verano, y más aún desde principios de septiembre, ataques con drones y misiles a un nivel sin precedentes desde 2022. Las bombas enviadas por el ejército ruso, en particular los Geran-4 y Geran-5, drones de ataque equipados con turborreactores, son más rápidas, más destructivas y atacan a cualquier hora del día y de la noche.
Kiev, donde todavía viven 3 millones de habitantes, se parece cada vez más a una “ciudad del frente”, dicen los sociólogos ucranianos. Dos de sus tres líneas de metro están paradas, y barrios enteros están privados de agua debido a los cortes de electricidad. Aquí, como en otros lugares de Ucrania, los ataques rusos parecen apuntar a una gama cada vez más amplia de objetivos civiles: supermercados, universidades, almacenes, hospitales, puentes, transporte público…
El sábado 10 de octubre un ataque ruso en Zaporiyia, en el sur de Ucrania, dejó al menos 20 muertos, incluidos tres niños. Dos días antes, el ataque a un autobús por parte del ejército ruso en la ciudad de Kramatorsk (en el óblast de Donetsk)mató al menos a 30 personas e hirió a otras 18. El día anterior, un misil de crucero ruso había reventado un edificio, matando a 22 personas, incluidos 5 niños, en la ciudad de Pryluky (óblast de Chernihiv).
¿Por qué esta renovación de los ataques, y por qué ahora? Existe una interpretación muy extendida: estos bombardeos, y más ampliamente las operaciones cada vez más desenfrenadas de Moscú dirigidas a Europa, serían una respuesta directa a los ataques de Ucrania en territorio ruso, en particular a los “ataques en profundidad” destinados a privar al país de sus ingresos relacionados con el petróleo, y a los dirigidos a los almacenes logísticos y comerciales.
Este análisis se presenta como un hecho por muchos medios de comunicación, como el Financial Times, que escribía el 2 de octubre que “esta campaña rusa sigue a los ataques ucranianos contra refinerías, puertos y almacenes ubicados en el corazón mismo de Rusia”.
Una pretendida lógica rusa…También ha encontrado eco entre algunos líderes políticos europeos. En Francia, Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, LFI) invitaba así, el 23 de septiembre, a “preguntarse” si “la razón por la que la amenaza parece mayor hoy por parte de Rusia de lo que era hace algún tiempo” no tenía “una relación con los ataques en profundidad que hace Ucrania”.
Mientras se defendía de “disculpar a Rusia”, el líder insumiso cuestionaba: “De todos modos, ¿quién puede imaginar que un país deja que su propia capital sea atacada y no da ninguna respuesta a tal situación?”. El razonamiento se invoca claramente para evocar Moscú; se podría objetar que sería válido también, y sobre todo, para Kiev atacada desde febrero de 2022.
Siguiendo la misma lógica, el coordinador de LFI, Manuel Bompard, declaró que quería detener las entregas de misiles de largo alcance Scalp (de fabricación francesa) a Ucrania, ya que eso sería “arriesgarse a participar en una cierta forma de escalada”.
El propio Vladimir Putin presentó esta campaña rusa como una réplica lógica a las operaciones ucranianas. “El propio régimen de Kiev ha abierto la caja de Pandora”, aseguró a finales de agosto el jefe de Estado ruso, que advirtió: “Recibirán una respuesta en sus sectores económicos más sensibles, que, para ser honestos, ya están agonizando”.
El 1 de septiembre, durante una visita a Kirguistán, anunció “ataques masivos contra las infraestructuras energéticas de Ucrania”, con esta justificación: “Atacan las nuestras, recibirán una respuesta”. El 1 de octubre, durante una conferencia de prensa en el club de discusión Valdai de Moscú, volvió a asegurar que su ejército solo estaba “respondiendo de manera simétrica” a los ataques ucranianos contra sus refinerías.
… desmentida por los hechos
Sin embargo, esta justificación no resiste el examen de los hechos. El propio Vladimir Putin “abrió la caja de Pandora” al invadir masivamente Ucrania en febrero de 2022, después de haberse anexionado parte de su territorio en 2014 y sin cesar sus ataques desde entonces. Pero incluso dejando de lado esta evidencia, Rusia no esperó a que los almacenes del gigante del comercio electrónico Wildberries o la principal refinería de Moscú fueran dañados para atacar las infraestructuras civiles ucranianas.
Los datos recopilados por el colectivo de investigadores de código abierto (Osint) Tochnyi muestran que los ataques rusos a los almacenes ucranianos comenzaron en enero de 2026, mucho antes de que Kyiv atacara los centros de almacenamiento de Wildberries en julio.
En términos más generales, los ataques rusos contra la infraestructura ucraniana no han aumentado tras los primeros “ataques en profundidad”: han aumentado gradualmente desde 2022, como lo demuestran los datos recopilados por Acled, una ONG que cuantifica y mapea los conflictos armados.
Contrariamente a la idea de una respuesta “simétrica”, los datos de Acled recuerdan que Moscú no solo ataca al sector energético ucraniano, sino también al sector educativo o médico. Según la base de datos, los ataques contra las infraestructuras sanitarias ucranianas se han multiplicado desde principios de 2026.
Atacar estas infraestructuras para intentar hacer que una ciudad o un país sea invivible y así empujar a su oponente a capitular es una parte integral de la estrategia militar rusa, y data de mucho antes de la guerra contra Ucrania. La literatura militar rusa menciona explícitamente la cuestión de los ataques a instalaciones críticas y el interés de infligir “daños disuasorios”, incluso a través de objetivos civiles.
Los estrategas soviéticos ya habían desarrollado un esquema de operación llamado “operación estratégica para la destrucción de objetivos de importancia crucial”. Una de las aplicaciones concretas más llamativas de esta estrategia fue probablemente el asedio de Alepo, en 2016 en Siria, durante el cual el ejército sirio, apoyado por la aviación rusa, atacó sistemáticamente zonas residenciales, hospitales, instalaciones eléctricas y circuitos de distribución de agua, con el resultado de casi vaciar la ciudad de su población.
Más recientemente, en 2021, un artículo publicado en la revista científica rusa Armement et économie describía cómo los ataques bien elegidos en ciertas infraestructuras de un país rival podrían causar “pánico entre la población”, así como “un deterioro brutal de la situación sanitaria y epidemiológica”.
La dificultad de evacuar por completo una gran ciudad y luego de reubicar a sus habitantes puede a su vez “provocar un colapso socioeconómico del país”, observaron su autor y su autora, los académicos Roman Durnev y Ekaterina Sviridok.
En Ucrania, los repetidos ataques del ejército ruso contra las instalaciones eléctricas y de calefacción hacen temer, de hecho, una gran crisis sanitaria. En octubre de 2025, los cortes de electricidad debidos a estos ataques perturbaron el suministro de agua de 2 millones de personas. El mismo invierno, Unicef, la agencia de la ONU encargada de la protección de la infancia, compartió sus temores: “La contaminación del medio ambiente, la escasez de energía y el empeoramiento de la pobreza en los hogares con niños”, tres consecuencias de los ataques rusos a Ucrania, “aumentan el riesgo de epidemias de enfermedades transmitidas por el agua”.
Armas nuevas y abundantes
“La estrategia rusa prevé desde hace más de diez años lo que estamos presenciando hoy en forma de ataques” contra Ucrania, explica Dara Massicot, investigadora del programa “Rusia y Eurasia” de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional: “Los rusos tienen directrices y cálculos muy precisos sobre la elección de objetivos destinados a infligir sufrimiento y provocar catástrofes humanitarias para lograr un objetivo militar”.
Esta campaña se ha intensificado en los últimos meses, no en respuesta a las operaciones ucranianas, sino porque “Rusia tiene más medios para infligir más sufrimiento y daño”, continúa la investigadora.
“Lo que está sucediendo en Kiev en este momento no se debe al hecho de que, de repente, los rusos lloran la pérdida de sus depósitos comerciales. Lo que les ha frenado hasta ahora no ha sido la moderación frente a los ucranianos: eran sus límites técnicos, de capacidad y cuantitativos”, dice Vincent Tourret, investigador del Centro de Estudios de Seguridad del Ifri y especialista en cultura estratégica soviética y rusa.
Entre las limitaciones encontradas por el ejército ruso hasta ahora: el hecho de que aún no tenía suficientes drones y misiles para atacar no solo las grandes ciudades y el campo de batalla, sino también el “nivel intermedio” (puentes, gasolineras…). Este límite está siendo cubierto por el desarrollo de nuevas armas en grandes cantidades, incluidos los Geran-4 y 5, unos drones de ataque a reacción cuyo uso se disparó en septiembre, o el Banderol, un pequeño misil de crucero utilizado por el ejército ruso desde la primavera de 2025.
Si bien los drones de ataque son cada vez más baratos, los medios para interceptarlos siguen siendo extremadamente costosos económicamente.
“Los ritmos de producción se están disparando”, en particular gracias a la venta masiva de motores (especialmente turborreactores) por parte de China, detalla Vincent Tourret, que regresa de una estancia de estudios en Ucrania. “Por el momento, todo el mundo está concentrado en los drones Geran y sus nuevas capacidades, pero eso no es nada comparado con los nuevos misiles que vendrán después”, predice.
Las defensas antiaéreas ucranianas son cada vez menos operativas frente a estas salvas. Kiev carece de misiles para sus sistemas de defensa Patriot desde que Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, casi dejó de entregarlos. El comando ucraniano también ha tardado en desarrollar sistemas para interceptar los drones de ataque a reacción.
Más en general, la revolución de los drones hace que sea dificil, tanto para Ucrania como para cualquier otro país, “imaginar un sistema de interceptación que sea a la vez eficaz y sostenible industrial y económicamente”, afirma Vincent Tourret. Porque, esta es una de las lecciones de la guerra en Irán, si bien los drones de ataque son cada vez más baratos de producir, los medios de defensa antiaéreo utilizados para interceptarlos siguen siendo extremadamente caros.
Al no poder interceptar las flechas (las salvas rusas) cada vez más numerosas, Ucrania se ve obligada a apuntar a los talleres que las fabrican, el propio arco, incluso el arquero que las dispara, apuntando a las fábricas rusas que fabrican estas armas, las bases militares desde las que se lanzan y, en general, a la economía del país.
Esta era toda la lógica de la campaña ucraniana de ataques llamados “en profundidad”. Sin embargo, después de demostrar sus efectos, alcanza un techo de cristal, diagnostica el investigador del Ifri. Los drones utilizados por Ucrania para llevar a cabo la mayoría de estos ataques, los Fire Point FP-1 y los Lyutyi de Antonov, son “bastante frágiles”, mucho menos potentes que los misiles balísticos utilizados por Rusia (llevan una carga explosiva unas diez veces menor), y relativamente voluminosos, por lo tanto, “visibles y detectables”.
Después de haber sido tomado por sorpresa durante un tiempo, el ejército ruso los intercepta “ahora bastante bien: ya casi no tienen efecto”, observa Vincent Tourret. Para Ucrania, en el campo del combate de salvas de largo alcance, “el panorama es bastante oscuro”, señala. Lo es menos en el frente, donde el ejército ucraniano logra recuperar terreno. En Kiev, el invierno puede ser más largo que nunca.
11/10/2026
Traducción: Faustino Eguberri


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