Hoy por hoy en el mundo de la ciencia, el tema de la interdisciplina se ha vuelto un lugar común. La interdisciplina “…es un campo de estudio que cruza los límites tradicionales entre varias disciplinas académicas, o entre varias escuelas de pensamiento, por el surgimiento de nuevas necesidades o del desarrollo de nuevos enfoques teóricos o técnicos” (Wikipedia).
La interdisciplina es esencialmente un acto de transgresión. Esta acción se realiza a contracorriente de la especialización y aboga por la integración, no la fragmentación, del conocimiento, y constituye una de las principales tesis del llamado pensamiento complejo. En su monumental obra La estructura de las revoluciones científicas (1962) Thomas Kuhn fundamentó la idea de que el conocimiento científico avanza como una sucesión de paradigmas que van mutando a lo largo del tiempo. Un estado de “ciencia normal” presenta anomalías, enseguida entra en crisis, hasta que su paradigma es sustituido por uno nuevo. Hoy la ciencia vive una crisis y un cambio de paradigma.
La interdisciplina obedece a la necesidad de articular conocimientos más integradores o generales tras muchas décadas de especialización, es decir del dominio de las monodisciplinas. La interdisciplina es hoy pregonada por las principales contracorrientes científicas tales como el pensamiento complejo (E. Morin, 1990 y F. Capra, 1998), los sistemas complejos (R. García, 1996), la complejidad ambiental (E. Leff, 2000), la ciencia posnormal (Funtowicz y Ravetz, 1993), las epistemologías del sur (De Sousa Santos, 2000), y la ciencia acción participativa.
Debemos a C. S. Holling (1930-2019) una reflexión iluminadora sobre la interdisciplinariedad en su tratamiento sobre las dos visiones que han puesto a la ciencia en plena transición. En un ensayo seminal sobre los dos enfoques de la ecología, Holling (1998) deja claramente definidas las dos visiones que hoy enmarcan el trabajo de los científicos contemporáneos. Por un lado está el enfoque analítico, que él denomina la “ciencia de las partes”, y por el otro el enfoque integrador al que llama la “ciencia de la integración de las partes”.
El primero aporta los ladrillos y el segundo el diseño arquitectónico. El primero es analítico y esencialmente experimental, reduccionista y monodisciplinario. Normalmente trabaja a una sola escala. El segundo enfoque es integrador, sistémico, multiescalar, fundamentalmente interdisciplinario y capaz de combinar múltiples fuentes de evidencias. Integra la incertidumbre y la sorpresa como parte de las posibles respuestas.
Holling establece este brillante principio: “Tanto la ciencia de las partes como la ciencia de la integración de las partes son esenciales para la comprensión y la acción. Aquellos investigadores que se sientan más confortables trabajando en solo uno de los dos enfoques tienen sin embargo la responsabilidad de aceptar y comprender la existencia del otro. De lo contrario se corre el peligro de que la ciencia de las partes caiga en la trampa de ofrecer respuestas precisas a preguntas equivocadas, y la ciencia de la integración de las partes a formular respuestas sin sentido a preguntas correctas”.
Pero, aún más, la transdisciplina da un paso adelante ya que busca la integración de la ciencia, el arte y las humanidades. Hoy tenemos ejemplos de que esto es posible. Y ello expresa un estado de evolución más avanzado del pensamiento humano.
20 de octubre de 2026


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