Brasil: la batalla acaba de comenzar

¿La jaula como negocio? (El Tábano Economista)

Luiz Inácio Lula da Silva es una de las figuras más influyentes de la política latinoamericana desde hace cuarenta años. Hace apenas tres semanas se habían escrito todos los obituarios políticos del presidente brasileño. No fui la excepción. El hijo del expresidente encarcelado, Flávio Bolsonaro, había salido de la primera vuelta con una ventaja de más de dos millones de votos que parecía irreversible.

Lula, a los ochenta años, parecía destinado a una retirada silenciosa después de cuatro décadas en el centro de la vida pública brasileña. El domingo, sin embargo, el viejo metalúrgico ejecutó otra de sus improbables resurrecciones: transformó una derrota de primera vuelta en una victoria de segunda, y se convirtió en el primer presidente de la era democrática brasileña en lograrlo. Será el mandatario con más años de gobierno electo en la historia del país.

Pero la euforia de las calles no debe confundirse con una victoria estratégica. Lo que las urnas entregaron es un equilibrio de fuerzas casi quirúrgico: Lula conserva el Ejecutivo; el Partido Liberal, la mayor bancada individual de la Cámara desde la redemocratización y la más numerosa del Senado; y el bloque conservador la capacidad real de bloquear presupuestos, reformas y nombramientos. La legislatura que lo mantuvo como rehén durante los últimos cuatro años no se ha suavizado: se ha vuelto más hostil. Cada partida del presupuesto, cada reforma tributaria o social, cada designación de ministro o juez, será objeto de una negociación dura, con la amenaza de un juicio político flotando como espada de Damocles. Lula no debería confundir la supervivencia con la reivindicación. Acaba de ganar el derecho a gobernar dentro de una jaula.

Aquí reside la hipótesis central de este análisis. El resultado no es accidental ni puramente ideológico. Es funcional a un conjunto de intereses que, sin necesidad de un plan secreto centralizado, convergen en preferir un Lula contenido a un bolsonarismo con poder pleno. La élite económica y política brasileña —y ciertos sectores de la estadounidense que priorizan la estabilidad de contratos y mercados— no necesitaba “querer” a Lula.

Necesitaba un resultado que le permitiera seguir acumulando, desregulando selectivamente, exportando y evitando rupturas mayores. Ese resultado exige, precisamente, que el presidente no tenga mayoría propia, que deba negociar permanentemente con el Centrão, el agronegocio, las financieras y los grandes grupos exportadores, y que su política económica se mantenga lo bastante ortodoxa como para no desatar una crisis cambiaria, fiscal o inflacionaria.

La primera vuelta cumplió la primera parte del diseño. El mapa congresional que quedó configurado el 4 de octubre entrega al Partido Liberal la primera minoría en ambas cámaras y refuerza un bloque de derecha y centroderecha capaz de imponer costos elevados a cualquier iniciativa del Ejecutivo. No se trata de una conspiración del “Estado profundo” en el sentido hollywoodense, sino de la lógica profunda del presidencialismo de coalición brasileño: un sistema que premia la fragmentación del poder y castiga a quien intente gobernar sin repartir. Las élites no necesitaban inventar ese mecanismo, solo aprovecharlo.

La segunda vuelta invita a una especulación más fina. ¿No sería, en realidad, más conveniente que ganara Lula bajo estas condiciones? Un Flávio Bolsonaro con mayoría congresional y alineamiento estrecho con la Casa Blanca de Trump habría concentrado poder, acelerado una agenda potencialmente disruptiva —posible debilitamiento o salida de los BRICS, realineamiento hemisférico más rígido, riesgos de ruptura institucional— y generado mayor incertidumbre para los sectores que viven de la previsibilidad.

Lula, cercado por un Congreso hostil, sin mayoría propia y en un país más polarizado que nunca, es, paradojalmente, más previsible. Necesita repartir cargos, presupuestos y vetos. Es más fácil desgastarlo, desprestigiarlo y, llegado el caso, sacarlo de la gobernanza si la crisis económica o la parálisis legislativa se agravan. Las élites brasileñas —y parte de las estadounidenses que privilegian la estabilidad de mercados y contratos— han preferido históricamente gobiernos progresistas “domesticados” a radicalismos de derecha que puedan producir crisis o aislamientos. Esto no implica que todas las élites desearan exactamente este desenlace. Implica que la secuencia resultante es funcional a muchos de sus intereses.

La secuencia biográfica de Lula ofrece un precedente revelador. La condena, la prisión de 580 días, la inelegibilidad, la anulación de las sentencias por el Supremo Tribunal Federal y la restitución de derechos políticos pueden leerse, más allá de los debates jurídicos, como un mecanismo de disciplinamiento político. No necesariamente ordenado por un centro único, pero sí funcional para debilitar al principal rival de la derecha y reconfigurar el tablero. El uso selectivo del sistema judicial no es una teoría conspirativa: es una observación empírica sobre cómo operan, en Brasil, las fronteras entre derecho y política cuando están en juego proyectos de poder de largo aliento.

Ahora Lula enfrenta tres problemas que trascienden la disputa partidaria. El primero es la gobernabilidad misma. La violencia política en las calles ha aumentado y el discurso de odio circula con libertad en las redes. El segundo es la reparación institucional. Un Tribunal Supremo que alguna vez fue garante del orden democrático ha visto erosionada su legitimidad por el escándalo financiero del Banco Master. El presidente no puede “reparar” una corte, pero sí puede negarse a tratar la crisis como un problema ajeno. El tercero es el más decisivo: ¿utilizarán Lula, el Partido de los Trabajadores y las fuerzas democráticas, este respiro para renovar la política brasileña, o se limitarán a administrar la supervivencia?

Eso exigiría nuevos liderazgos más allá de las figuras que dominan la izquierda desde hace cuarenta años, nuevas formas de participación popular que no dependan de un solo carisma, y una narrativa capaz de hablar a los trabajadores precarios, a las familias religiosas y a los votantes enfurecidos que se han desplazado hacia la extrema derecha.

En el plano regional y global, la victoria de Lula tiene un significado que desborda Brasil. Desafía la llamada “maldición del reconocido” que ha derrotado a casi todos los gobiernos latinoamericanos en la última década. La economía brasileña estaba en una situación razonable, aunque sus logros fueron modestos y desigualmente distribuidos. Todo apuntaba a una derrota; Lula la evitó. Más importante aún, el resultado frena, al menos temporalmente, el proyecto de subordinación hemisférica que críticos han denominado “Doctrina Donroe”.

Brasil no deja de negociar con Estados Unidos, pero conserva autonomía para dialogar con China, la Unión Europea, India, Rusia y el resto del Sur Global. La Administración Trump, con lazos estrechos con el bolsonarismo, prefería un resultado que debilitara a Lula y, por extensión, al peso de Brasil dentro de los BRICS. La victoria del petista es, en ese sentido, un respiro para el bloque y para cualquier pretensión de integración latinoamericana soberana. Pero la propia debilidad interna de Lula limitará su capacidad de liderazgo en estos foros. Gobernará un país más aislado ideológicamente en una región que se ha desplazado a la derecha, y deberá hacerlo con un Congreso que le niega margen de maniobra.

La hipótesis de la jaula no es una teoría de la conspiración. Es una lectura de la convergencia de intereses y de la explotación de las reglas del juego por múltiples actores: élites económicas, oposición política, activismo judicial, mercados financieros. La evidencia no apunta a un plan secreto unificado, sino a un resultado estructural que beneficia a quienes priorizan la previsibilidad sobre la ruptura.

Lo verificable es que Lula gobernará en una caja de hierro. La hostilidad del Legislativo, la presión por el impeachment y la fragilidad fiscal son hechos documentados. Lo especulativo es atribuir a una élite omnisciente el diseño deliberado de ese escenario. Más realista es reconocer que el sistema político brasileño, tal como está configurado, produce con regularidad este tipo de equilibrios: presidentes fuertes en el discurso y débiles en la capacidad de imponer.

La historia de Brasil en los próximos cuatro años será, muy probablemente, la de un presidente luchando por sobrevivir políticamente en un entorno institucional diseñado para limitarlo. Lula ha vuelto a realizar un milagro. Su última tarea es asegurarse de que el país no necesite otro. La batalla, en realidad, acaba de comenzar.

30/10/2026

Información adicional

Autor/a: Alejandro Marcó del Pont
País: Brasil
Región: Suramérica
Fuente: Rebelión

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