Tras la victoria electoral de Lula da Silva, son millones de almas las que vuelven a latir esperanzadas en una Iberoamérica que se resiste a ser tapizada por la ola expansiva de una creciente ultraderecha autoritaria que amenaza con socavar los derechos fundamentales en la región.
El halo de efusividad traspasó fronteras y se sintió en España; no solo dentro de la comunidad de brasileños, muchos de los cuales compartieron su nerviosismo, entre cantos y bailes, sino también en el cruce de miradas de distintas nacionalidades. “Súper contento porque hemos llegado a tal punto de control con la ultraderecha que me planteo: ¿la gente no es capaz de entender el mal en el que se están metiendo?”, se preguntaba un español, con ascendencia de Cabo Verde. Los ojos miel de una colombiana, habitante en Madrid, expresaban el alivio en sus palabras: “Se me saltaron las lágrimas del corazón”.
En España, a tan solo unas semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, y frente a la alianza de las derechas PP-VOX, miles de ciudadanos de las distintas ramificaciones o colores del progresismo, hallaron eco en el entusiasmo del todavía presidente de Gobierno, Pedro Sánchez: “Si Brasil pudo, España puede”.
La sistemática criminalización en Iberoamérica contra la izquierda nos remite a la vieja estrategia narrativa del “enemigo interno” y de la supuesta conspiración de los “subversivos”, excusa que justificó la voraz persecución contra el adversario político, aquella que recubrió de luto el rostro visible de una parte de la humanidad, y ocultó el rostro de otra parte cómplice e indolente. En sintonía a esta violencia verbal histórica, Milei expulsó recientemente en tierra española un huracán de discursos de odio contra “los zurdos”, calificando al Presidente de “dictador” y al Gobierno de ser una mezcla de “anarquía y tiranía”. Si bien, se vanaglorió del apoyo de políticos de la ultraderecha española como Abascal y Ayuso, ambos aludidos en su día por la Presidenta Claudia Sheinbaum ante la manifiesta hostilidad y el desprecio que mostraron hacia las culturas prehispánicas.
Inmersos en una drástica polarización y ante un autoritarismo que amenaza con contaminar las relaciones diplomáticas, la XXX Cumbre Iberoamericana que tendrá lugar en Madrid el 4 y 5 de noviembre, plantea un reto sobre cómo lograrán estrechar las manos y ensamblar acuerdos dirigentes que no comparten los mismos criterios en torno a los valores democráticos y a la soberanía nacional; pilares sin los cuales la Cumbre Iberoamericana quedaría en un sueño roto, en una solemne puesta en escena, de alma vacía. No tiene que ser el caso. Cristina Manzano, directora de Relaciones Externas de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), subrayó en unas Jornadas Iberoamericanas de Paz y Seguridad, celebradas en España como antesala a la Cumbre, la necesidad de fortalecer el Estado de Derecho dentro de una cooperación simétrica donde no sea impuesta la visión occidental.
Escribía Jean Paul Sartre: “No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado”. La Cumbre Iberoamérica cobra sentido cuando, a ambos lados del Atlántico, se recupera la autonomía del Verbo, la libertad de expresión, y de pensamiento. En 1991 fue inaugurada en México, embarcándose en un horizonte de fortalecimiento entre los Estados, una vez desprendidos de sus anclajes: la transición española dejaba atrás la dictadura, los militares portugueses habían repuesto la democracia a través de la Revolución de los Claveles, y el fin de la Guerra Fría parecía apagar la cruda represión en América Latina.
Frente a la actual coyuntura geopolítica, la Cumbre Iberoamericana constituye un potencial para aumentar la protección y solidaridad hermanada contra la injerencia extranjera y el autoritarismo. En las Jornadas de Paz y Seguridad que anticiparon a la Cumbre, ambas prioridades fueron defendidas, por profesionales de la sociedad civil –politólogos, expertos en relaciones internacionales, juristas– y militares especializados en distintas áreas de Defensa: un encuentro de diálogo en el que se reconoció la ineficacia de aquellas políticas que transforman la Seguridad en un instrumento de control al ciudadano, sin respetar los principios de proporcionalidad y transparencia.
Desató especial preocupación el modelo carcelario de Bukele, admirado por los dirigentes de Argentina, Ecuador, Chile, Colombia, Costa Rica, Bolivia, Perú, Honduras y Paraguay, así como la suma de adhesiones inducidas por EEUU al Escudo de las Américas, a la cual se refirió el escritor, Sergio Ramírez, como “un bloque ideológico, una entente militar”.
Respecto a la Seguridad, matizaba Cristina Manzano, la necesidad de no limitar su significado al ámbito de la Defensa, teniendo en cuenta queabarca: la cohesión social, el rol del Estado, el respeto a los Derechos Humanos, la seguridad económica, medioambiental… En armonía, fuentes de la Guardia Civil, especializadas en la lucha contra el crimen organizado, realzaban la colaboración interdisciplinar para combatir al narcotráfico con órganos competentes en sanidad, asuntos sociales y cultura, a fin de prevenir y atacar sus causas. De lo contrario, a pesar del éxito que puedan tener los operativos policiales o militares, la demanda seguirá alimentando a los narcotraficantes.
Frente al abanico de retos sociales y cooperación trasnacional; el respeto taxativo a los Derechos Humanos, a la soberanía nacional y al Estado de Derecho, serán vitales para abrazar la seguridad de los habitantes del planeta. Esperemos que la XXX Cumbre Iberoamericana ayude a relanzar la llama de esperanza en el rostro de la humanidad.


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