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La política del amor y la educación

La política del amor y la educación

Si no cambiáis y os hacéis
como los niños, no entraréis
en el reino de los cielos.

Jesús

En Bogotá, la ciudadanía escogió: cerebros y no cemento. Una educación no carcelaria. Una educación que erradique la brutal segregación que establece la presencia o la ausencia de la nutrición y el afecto iníciales. Una escuela pública de calidad que cierre los abismos sociales de una educación privada de élite que puede invertir 15.000.000 por estudiante al año y una escuela oficial que destina en igual periodo de tiempo 1.700.000. Sin contar capitales culturales, tejidos relacionales, viajes, e infraestructuras y artefactos que estimulan la esencia creadora y potencian la capacidad de aprender.

Se trata de estructurar una escuela oficial que se inicie jugando, guiada por una cadena de afectos que construyan una atmósfera placentera que a la vez garantice la pasión por el saber, y que corresponda con la vocación singular y la evolución ética que torne superflua la vigilancia externa, los castigos y el miedo a los mismos.

Pero entre la opción ciudadana y las variaciones imprescindibles para que el sueño transmute lo que sucede en el día a día en los escenarios de la educación institucional, aun hay un vasto trecho. La tarea es colosal y exige un tiempo generacional, además de un rumbo claro que todavía no ha irrigado la escala molecular: cada institución y cada comunidad educativa precisa una determinación irrefrenable para variar el modelo imperante: el modelo de la ausencia de ideales y elevación espiritual, de la abundancia del tedio y el temor. Es imprescindible la presencia sostenida de una energía colectiva entusiástica, ejemplar, capaz de abordar con igual respeto y devoción la respuesta a la más humilde iniciativa ciudadana, y la imprescindible demolición del sentido instruccional de una educación desligada de la vida y sus necesidades inaplazables.

Si una niña o un niño en las localidades de Ciudad Bolívar o en Santafé han sido estragados por el hambre, padecen la violenta angustia de la necesidad inaplazable del dinero en casa, la violencia del patriarcalismo, el alcohol y las adicciones, el terror a ser arrojados a la calle, la estulticia y la perversión de una televisión concebida por brillantes cerebros en el arte de entretener (y distraer) y manipular; si esa niña o ese niño llegan al colegio y encuentran la obligación de responder, bajo la férula de la nota o la humillación en público, por el Imperio Carolingio, el pretérito pluscuamperfecto y la estructura de las dicotiledóneas, es imposible que la educación acontezca con la luz del entusiasmo, que brote con el signo salvador del juego, el deleite de descubrir, el goce de comprender, las ganas de perfeccionar capacidades para desenvolverse en una vida social que ha devenido inhumana y feroz por el extenso tiempo que han imperado la ignorancia y el ciego egoísmo.

En esta desconexión entre la educación y la vida, no desconocida pero tampoco remediada, están las raíces que explican en buena parte que de 983.416 estudiantes matriculados en 2011en la educación oficial, 37.000 de ellos hayan abandonado el sistema educativo, y que los que permanecen se resientan –no en su minoría– por las consecuencias adversas de un sistema que permanece atrapado en lógicas que limitan, aplastan y reducen, en lugar de ampliar horizontes, halar y potenciar.

Somos un pueblo que ha afrontado durante siglos el sometimiento y el escarnio, la experimentación de métodos desnudos y encubiertos de dominación. Se requieren mucho reconocimiento y mucho aliento al mérito humilde. La educación no es únicamente un tema de pedagogos o expertos sesudos; es ante todo, como lo señaló José Martí, una obra de infinito amor. ¿Y qué es el amor, en este sentido, si no atención plena, el cuidado insomne, la ternura, anticipación para cubrir necesidades, paciencia y tiempo para observar, escuchar, conversar, brindar la palabra balsámica, la que sostiene, la palabra que impulsa, la que incita a revisar, la que decide en un instante el curso de una vida, la que nos alienta?

El tiempo no es oro pero es precioso, recordó una vez Andrés Rábago –El Roto– Y es el tiempo precioso el que más se dilapida en reuniones profesorales insulsas, en encuentros entre maestros y estudiantes carentes del amor reflexivo y creador; del amor capaz, después de construir confianza –porque los estudiantes no ignoran quién les respeta y les quiere–, de espigar espíritus, encender almas, revelar vocaciones, pulir caracteres, perfeccionar aptitudes, generar capacidades.

Pero nadie puede transmitir lo que no lo habita ni brindar la luz que no ha cultivado. La conformación de un cuerpo social de maestros capaz de transformar nuestro organismo social en una generación exige un esfuerzo descomunal, claro y decidido, fusionado en el anhelo emancipador de tanta lacra moral y tanta cadena mental que nos aprisiona; un emprendimiento conjunto, orientado a crear las condiciones estructurales y moleculares que permitan convertir a los profesores en maestros. Este proceso exige crear condiciones para repensar lo que se está haciendo en la educación, y aprender a favorecer el pensamiento. Todo lo contrario de lo que exigen los poderes nefastos para intentar la perpetuación de su dominio en el país: que no seamos capaces de pensar; que nos mantengamos enredados, incapaces de reaccionar ante el absurdo, el atropello o la amenaza, creyendo ingenuamente que estar informados o aturdidos por los medios masivos significa haber aprendido a discernir, a valorar lo valioso y no valorar lo no valioso, a movilizarnos para defender lo que, no siendo propiedad privada de nadie, significa la vida digna de todos.

Las condiciones que es preciso construir tienen que ver con la liberación del tiempo de maestros y estudiantes, fundamento indispensable para ofrecer tiempos más fértiles en los encuentros que los reúnen, al estar precedidos de preparación, reflexión y labor conjunta. Tienen que ver con una sutura vital, la que reúna de nuevo lo que ha sido escindido: la naturaleza misteriosa de la cognición y la pasión de saber, con los métodos educativos que se utilizan.

Tienen que ver con el quebrantar sin contemplaciones los ritmos endemoniados de obligaciones estériles, que agotan y no conducen a parte alguna, y con purificar las atmósferas enclaustradas, contaminadas con prácticas cotidianas de los micropoderes que favorecen en cada instante las conductas escolásticas, los celos rinconeros, las intrigas destructoras, los ambientes despotenciadores que no permiten el florecimiento del amor creador.

Tienen que ver con suscitar la imaginación cooperadora y la voluntad de coordinar para ofrecer bienes comunes y crear posibilidades para liberar tiempos y salarios de maestros, y ofrecer labores dignas a los estudiantes que les permitan la continuidad de la formación en sus vocaciones: un espectro amplísimo de emprendimientos ligados a la nueva economía de vida de base cooperativa, de trueque, de bancos de tiempo, de monedas locales y culturas libres, que generan más energía que la que consumen y comprenden que hay infinitas formas de vivir bien sin ser cautivos de la búsqueda frenética de consumos que nos arrojan al atropello de los otros, de las generaciones venideras y de la naturaleza. En este sentido, se trata de construir una educación ambiental que comprenda que, en estos tiempos que nos urgen, es imposible una educación que no sea ambiental.

Tienen que ver con el hacer mucho con poco y no poco con mucho. Las diferencias abismales de inversión en la construcción de capacidades deben ser enfrentadas con el valor infinito de la sabiduría (no podemos permitirnos el lujo de despreciar los yacimientos de sabiduría), la imaginación audaz; la cooperación sincera, pronta, eficaz, puntual o sostenida; y la coordinación que permita aprovechar cuantiosos recursos, privados y públicos, corporativos y oficiales, despilfarrados en la abulia del día a día, en las trabas institucionales; en el desfile de vanidades, en ocupar la mente en la política entendida como juego de poder y no como arte superior de hacer felices a los seres humanos, en la comodidad parsimoniosa al momento de acudir con los recursos de todos –que se administran– a atender a quienes necesitan con urgencia.

Bibliotecas, videotecas, pinacotecas, musitecas selectas dotadas con base en las posibilidades digitales, espacios naturales; lugares sencillos y aptos para el estudio, la reflexión y la creación de estudiantes y maestros; acceso a la vanguardia tecnológica en información y comunicación, posibilidad de contacto con las mejores expresiones del espíritu, sensibilidad ante las diferencias en las necesidades de los ciclos biológicos –no es la misma infraestructura y videoteca, por ejemplo, lo que precisan los niños de quinto grado, y los adolescentes de décimo y once– y, sobre todo, tiempo, tiempo precioso, tiempo liberado del modo instruccional esquizofrénico y desligado de la vida, tiempo para jugar a descubrir, a conocerse mejor, a comprender, a emprender, a sembrar, a cuidar, a cooperar, son condiciones invaluables para cambiar el modelo educativo.

Revisión serena y no condescendiente de los exámenes de Estado como referente que condiciona el proceso educativo, enclaustrándolo en la lógica que lo separa de preparar a niños y jóvenes para desenvolverse con decoro en la tierra en que nacieron y en la que han de vivir. ¿Cuántos niños y jóvenes de la escuela pública –para el caso de Bogotá– conocen dimensiones esenciales de la cultura muisca-andina que ha habitado la sabana durante más de 12.000 años o han respirado lugares como Guatavita, Siecha, Chingaza o Sumapaz, o saben de las potencias de los cultivos ancestrales en una nutrición para la vida y la armonía comunitaria? Y no se trata de acudir a los lugares de poder del territorio con una guía previa de observación y actividades, y un examen posterior que impida experimentar el éxtasis que suscitan las atmósferas, o gozar aprendiendo a seleccionar una semilla, y vivenciando el significado de sembrar o descubriendo la alquimia que se esconde en la preparación de los alimentos y las alas que brindan los oficios.

Francesco Tonucci, el maestro de Fano, que emprendió la causa visionaria de una ciudad recreada en torno a las niñas y los niños, y que ha revelado con sus dibujos certeros la maquinaria de destrucción normalizada de una escuela controladora e insensible a la magia de la niñez y la diversidad primigenia, ha esclarecido el significado del juego en los aprendizajes: “Un niño, por jugar, puede olvidarse hasta de comer. El juego libre y espontáneo del niño se asemeja a las experiencias más elevadas y extraordinarias del adulto, como la investigación científica, la exploración, el arte, la mística. Son experiencias precisamente en las que el hombre se encuentra frente a la complejidad, en las que encuentra de nuevo la posibilidad de dejarse conducir por el gran motor del placer”.

***

Bogotá Humana Ya puede ser comprendida por sus ejecutorias como intento inédito de poner la administración de los asuntos colectivos, de verdad y no de labios para fuera, lejos de las manos de los que negocian sus fortunas o ambiciones personales de poder con lo público. Un vasto proceso de pedagogía ciudadana dirigido a recuperar la cordura extraviada; aprender de nuevo a valorar la vida, la virtud, la honestidad y la consagración entera al servicio en los escenarios públicos. El acento en el “Ya” ni es gratuito ni es adjetivo. Nos recuerda, como brasa en el pecho, que proceder con demora en las tareas vitales significa de alguna manera sostener las realidades aberrantes que no dan espera.


En Bogotá, en 2011, el 24,3 por ciento de la población se encontraba en condiciones de inseguridad alimentaria. Dentro de este grupo, el 0,9 estaba en inseguridad alimentaria severa, el 5,2 moderada y el 18,2 leve. En Ciudad Bolívar, la inseguridad alimentaria alcanza el 35,8, sólo superada por Bosa, San Cristóbal y Sumapaz. Estas pavorosas cifras no alcanzan por sí mismas a abrir la conciencia a la angustia y el sufrimiento humano que se esconde tras ellas.

Los comedores populares han aliviado el hambre pero no han podido resolver la desnutrición y sus estragos. No han podido hacerlo porque han interpretado la desnutrición como un problema de ausencia de alimentos que se resuelve comprando alimentos a mayoristas y llevando durante años la comida a los comedores populares. De manera similar a la forma como funciona el capitalismo de desastre se ha considerado el hambre como una oportunidad de contratación, y se han ofrecido productos y servicios que palian el hambre pero ni comprenden ni resuelven la desnutrición. Mientras tanto, prevalece la ausencia de una cultura nutricional, la ausencia de antídotos contra las letales publicidades que condicionan los consumos nocivos, la ausencia de respuestas comunitarias a la oferta mayoritaria de comida insalubre y la absorción de sus recursos escasos por parte de la malla corporativa, y predomina la ausencia de los aprendizaje en la tierra, con la tierra, con las semillas, con los cultivos ancestrales apreciados en otras latitudes.

Los profesores, ocupados en enseñar unas ciencias que pocas veces logran entusiasmar con la magia de los hallazgos y las potencias del pensar científico; unas artes lejanas de la expresión de lo que bulle dentro y de los colores y las melodías de la vida, o unas historias que no enciende el amor al pueblo sufrido, laborioso y escarnecido en el que se ha nacido, no consideran el hambre, la desnutrición, como una realidad atroz y clamorosa que amerite su atención, su lucidez, su energía coordinada, su capacidad de vencer obstáculos institucionales que impiden participar en la tarea de humanizar la vida ya.

Ciudad Bolívar tiene 13 mil hectáreas aproximadas de extensión, y el 73,5 por ciento corresponde a zona rural. Sus tierras y sus aguas se constituyen en un enorme potencial educativo y nutricional. En esta localidad se reúnen culturas y tradiciones campesinas provenientes de mil destierros. Y, sin embargo, prevalece la inseguridad alimentaria y una educación que arroja cada año a miles de jóvenes a la angustia del desempleo, los oficios indignos y la ausencia del amor propio que se deriva de la falsa creencia de que sus circunstancias están ligadas a la incapacidad personal.

* Gracias a las niñas y niños del Taller Más Colegio más Diversión del Gimnasio Sabio Caldas por sus luces y su corazón. A Juan Carlos Bayona, por los ensayos esclarecedores, a Alejandro Sanz por la Escuela Itinerante y a Ember Esteffen por las conversaciones sobre el modelo educativo.


¿Qué diablos puede hacerse con los niños? En estas cuestiones prácticas no hay ninguna respuesta clara […] Desde luego, una condición que nos libraría de hacer tan perfectamente el papel de Herodes sería respetar. Respetar de veras. Respetar, admirar el misterio que hay en los niños, a todo lo que traen de eso que no se sabe. No imponerles nuestras ideas, no creer que sabemos […] no pretender que sabemos, No pretender aplicarles nuestros esquemas. Tener una, sí, admiración por ese misterio de lo que viene de abajo, y entonces dejarse llevar en la medida en que uno es capaz todavía gracias a sus imperfecciones, en la medida en que uno es capaz de dejarse llevar por ellos, porque ellos son quienes tienen que enseñarnos, quienes tenían que enseñarnos vida y gramática común. Serían ellos quienes tendrían que enseñarnos.
[…] siempre se puede hacer menos mal, […] por mucho que uno se sienta obligado a imponer saberes o creer que sabe y hacer que los niños sepan y cosas de esas, siempre se puede hacer un poquito peor, con un poco más de descuido, con un poco más de desgana, con un poco más de respeto y admiración por lo que está debajo. Es decir, siempre cabe hacer algo menos de mal. No puede uno aspirar a grandes cosas, como a dejarse del todo llevar por ellos, porque ya nos hubiéramos liberado de la Realidad, llevados de la manita de los niños, de una vez para siempre y de repente. No puede uno pensar en estas cosas que en seguida se llamarían utópicas, pero lo que sí es realista e inmediato es que siempre se puede hacer algo menos de daño. Y hacer algo menos de daño quiere decir estar algo menos convencido, saber algo menos, tener algo menos de creencias en este orden de cosas.

Qué sabe un niño
Agustín García Calvo

Los niños son la única esperanza de salvación, de escapar a la fatalidad de este sistema mortífero. Sólo ellos pueden traer la liberación a los adultos. A los niños no habría que inculcarles “respeto” y “obediencia”, ni habría que tenerles miedo; hay que decirles y mostrarles lo maravillosos, lo hermosos y lo capaces que son. ¡Hay que darles en lugar de quitarles!

¡Imaginemos: en la escuela una de esas… maestras les dice a los niños el primer día de clase: “Se acabó la época de los sueños! y empieza la época de la responsabilidad… ¿Qué es lo que se acabó? ¿La época de la fantasía fantástica? ¿El mundo fabuloso del alma? ¿Y por qué se acabo? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de la atrofiada diarrea mental de unos ‘adultos’ cerebros escleróticos? ¿En lugar de los sueños? ¿De las visiones? ¿De la inagotable fuerza creadora que sólo los niños poseen?

¡Todos pudiéramos fijarnos en los niños para aprender a soñar! ¡Todos debiéramos alegrarnos cada vez que vemos un niño! Estar agradecidos, sonreírle, hacerle ver lo importante que es encontrarse con un niño. ¡Así lo hacen los animales y las plantas cuando se encuentran con un niño, y los hacen los niños cuando se encuentran con los animales y las plantas! Podemos aprender de los niños a dejarnos hechizar por los misterios y prodigios de la vida, y aprender a hechizar a otras personas. Dejarnos hechizar por el azul del cielo. Por un arco iris. Por una hoja de árbol. Por una nube. Por el viento. Por una gota de agua. Por una diminuta piedrecilla. Dejarnos transportar al infinito. ¡Soñar! Libres de todas las hueras banalidades de los adultos.

El monstruo necesitaba amor
Klaus Kinski

Casitas

Le vamos a regalar a los pobres en este gobierno unas cajitas de fósforos para que, a lo japonés, se oculten allí a ratos, y no le muestren a los turistas ese espectáculo triste de dormir en los parques. Cien mil cajitas, más otras cuantas: los dos mil colombianos que “ganan” dos millones diarios, dos casitas; los quinientos que ganan tres millones, tres cajitas, y así sucesivamente. Por fin se acabó en este país el privilegio de tener tugurio o de amanecer tirado en la acera encima de un cartón. Prosperidad para todos.

Mario Mejía Gutiérrez

Información adicional

Bogotá
Autor/a: Héctor Arenas
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