Europa: microfísica de la rebelión
La crisis en Europa detona huelgas y movilizaciones de estudiantes ante el colapso del Estado de bienestar. Foto Afp

Hay una interrogante que entrecruza a la actual crisis europea y escapa a respuestas fáciles. Lo que se escucha en las calles no es un catálogo de demandas disímbolas, ni tampoco un simple pliego petitorio; es acaso algo más inasible y radical: la activación de una conciencia. Los regímenes que durante más de medio siglo garantizaron las condiciones del Estado de bienestar han devenido su opuesto: parásitos de ese bienestar. El catálogo de agravios es abundante: en los últimos cinco años, la inflación degradó la calidad general de la vida; la educación pública está siendo abandonada por el “interés público”; los sistemas de salud social se encuentran sobresaturados y, no menos relevante, el costo de la vivienda la vuelve inalcanzable. ¿Qué es lo que reúne a las exigencias que se derivan de este declive general? Ya no el reclamo de la mejoría de las expectativas sociales y profesionales, sino la alarma frente a la posibilidad (o la realidad) de que se cruce la línea de la pauperización. 

El comité portugués de organizaciones civiles y de trabajadores que llamó a movilizarse en los primeros días de octubre, lo hizo bajo una consigna que delata algo más que un estado de ánimo: “Nao dá mais pare vivir assim (Ya no se puede seguir viviendo así)”. Ese algo es el punto en el que las técnicas de gestión de la población han vuelto intolerable el precio de la vida. Hoy las mismas organizaciones –junto con sus contrapartes en España– convocaron a una huelga general ibérica (es decir, en toda la península) el 11 de noviembre. La misma que los comités civiles y de trabajadores realizaron el 30 de octubre en Italia, con el plan de emprender otro paro nacional el 20 de noviembre. Es decir, no se trata de un debate presupuestal, ni de negociar los límites de las rentas o las partidas para la educación. Se trata de la crisis de una forma de sociedad: aquella que debe sustituir a los restos del Estado de bienestar. Cuando lo que está a discusión es el ingreso, la educación, la salud, la vivienda y el trabajo, lo que está en juego es el tejido de las formas de vida que sostienen a una sociedad. El presupuesto es sólo la forma calculable, la superficie visible, de una pregunta más grave: qué relaciones deben mantener, transformar o destruir los dispositivos que distribuyen la riqueza, organizan las oportunidades, administran el cuidado de sí, delimitan el último recinto de la soberanía individual y codifican el régimen de alienación del trabajo. 

Pero vayamos a los comienzos, a lo más elemental, tal y como se inicia toda crisis política sustancial. Cuando se inician, en los primeros días de octubre, las protestas de los estudiantes franceses para exigir escuelas dignas, suficientes profesores y una formación que les permita llegar a la universidad, los liceístas italianos vindican la consigna “soldi a la scuola, no alla guerra (Dinero para la escuela, no para la guerra)”. No es un lema menor. Desde 2022, con el estallido de la guerra en Ucrania, los gobiernos inscritos en la OTAN justificaron los recortes sociales con la excusa de que Europa requiere su propio sistema de seguridad (en rigor, sólo Alemania tomó en serio el cambio de rumbo). La ironía es que las deudas de estos estados ya son mayores que el PIB local (Francia), o están a punto de superarlo (Italia, Bélgica…). ¿Dónde quedó el dinero? “Dinero de todos”, como acostumbra definirlo la retórica oficial. 

Cierto, con el envejecimiento de la población, las pensiones han cobrado un peso mayor en el erario público. Pero aun así, el resto representa una cifra monumental. No se invirtió en tecnología. Tampoco en subvencionar la gasolina y el gas (la escalada de precios, provocada por las guerras de Ucrania e Irán, la pagan los ciudadanos). Sí en cambio, desde la pandemia, se destinó a refinanciar a un empresariado que es el único que reporta utilidades sin haber realizado un esfuerzo realmente tecnológico. Un empresariado parasitario. También se invirtió en reforzar los aparatos de represión y contención internas. El 24 de octubre, cuando los estudiantes convocaron a nuevas marchas –y el bloque negro hizo también un llamamiento– 80 mil policías ocuparon las calles de París. ¡80 mil!, sólo en París. La respuesta oficial ha sido la violencia, para después acusar a los estudiantes de violentos. 

Para los estudiantes, la crisis se debe a la degradación del Estado de bienestar; para los círculos financieros de Bruselas es resultado de lo que llaman ”su gigantismo”. He ahí la interrogante. 

El 17 de octubre las tiendas más arquetípicas de Paris, Milan, Como y Zürich fueron asaltadas por una turba en la que se conjugaba la ultraizquierda con los habitantes de la pobreza de los cordones urbanos, espacios ya racializados. Hay quien comparó el saqueo de octubre con la revuelta de Los Ángeles en 1992. París no necesita antecedentes al respecto. Todas sus grandes conmociones sociales (1790, 1848, 1871, 1934) han sido precedidas por motines de esta naturaleza. El “no a la guerra” dice muchas otras cosas. Entre ellas, la oposición de los jóvenes al reclutamiento obligatorio, base de las movilizaciones estudiantiles en Alemania. 

Una última pregunta. En agosto, el presidente Macron promulgó una ley que prohíbe el uso de celulares en los liceos y escuelas preparatorias. ¿Qué sucede cuando se prohíbe el soma de las redes a adolescentes? Seguramente, provoca un detenté en sus relaciones. Tal vez, entonces, la calle es el lugar del rencuentro.

05 de noviembre de 2026

Información adicional

Autor/a: Ilán Semo
País:
Región: Europa
Fuente: La Jornada

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