Unidad transformadora o voracidad trepadora
La democracia interna y la participación colectiva son elementos centrales para la continuidad de los proyectos políticos de izquierda. Foto Cuartoscuro / Archivo

Es de conocimiento general que la historia de numerosas derrotas políticas en las izquierdas está impregnada de una paradoja dolorosa: las fuerzas que han logrado resistir décadas de persecución, sacrificios, clandestinidad, cárcel, exilio y privaciones pueden concluir destruyendo desde el interior aquello que el adversario no logró vencer desde el exterior. No siempre es la preponderancia económica de la burguesía, ni la violencia ejercida por el Estado, ni la efectividad de los instrumentos ideológicos del capitalismo lo que precipita una derrota; en ocasiones, el desastre se inicia cuando una organización deja de ser reconocida como un instrumento colectivo de emancipación y se transforma en un escenario de disputa entre pequeñas tribus políticas que confunden sus intereses particulares con el destino histórico de la clase obrera.

Entonces aparecen los caudillismos de bolsillo, las camarillas, las susceptibilidades elevadas a principios, los personalismos disfrazados de conciencia revolucionaria y los berrinches infantiles presentados como profundas diferencias ideológicas. Lo que debería ser una escuela de organización consciente termina convertido en un mercado de vanidades donde cada facción pretende monopolizar la pureza doctrinaria, distribuir certificados de revolucionario y expulsar simbólicamente a quienes no se someten a su particular interpretación de la verdad. Marx comprendió que la emancipación de los trabajadores no podía depender de la buena voluntad de individuos excepcionales, sino de la capacidad histórica de una clase para constituirse en sujeto político.

Es la inversión completa de los medios y los fines: el instrumento construido para transformar la sociedad termina sacrificando su razón de existir para conservar el dominio de quienes lo administran. 

Sería un error atribuir este fenómeno únicamente a la inmadurez sicológica de determinados militantes. 

Además, se encuentran condiciones materiales que lo sustentan: la burocratización de las estructuras, la concentración de información y recursos, la falta de controles efectivos, la competencia por posiciones de representación, la precariedad de la formación política y la sustitución de la deliberación colectiva por lealtades individuales.

Dado que la democracia revolucionaria no implica que todos impongan perpetuamente su voluntad, sino que todos tengan la capacidad de participar de manera efectiva en la formulación de las decisiones, comprendan sus fundamentos, supervisen su implementación y acepten procedimientos comunes para la resolución de desacuerdos. La mayoría no adquiere por ello un derecho de propiedad sobre la organización, ni la minoría puede convertir su condición minoritaria en una licencia permanente para sabotear toda resolución. Ambas tienen responsabilidades: la mayoría debe evitar la prepotencia y la minoría debe ejercer la crítica sin destruir las condiciones que hacen posible la acción común. Lenin puso énfasis en las dificultades de la organización, Gramsci comprendió la necesidad de establecer hegemonía y Rosa Luxemburgo defendió la vitalidad de la iniciativa popular en contraposición a la burocratización. Las diferencias entre ellos, en lugar de justificar el sectarismo, evidencian que la tradición marxista alberga un debate profundo sobre cómo articular dirección, participación, autonomía y capacidad de cambio.

Ninguna cita de estos pensadores puede sustituir el análisis concreto de las relaciones de poder que operan dentro de una organización. Tampoco existe unidad revolucionaria auténtica cuando se exige silencio frente a los errores, se encubre la corrupción o se utiliza la disciplina para proteger privilegios. La crítica es indispensable; la autocrítica, todavía más. 

Sin embargo, ambas pierden su sentido emancipador cuando se convierten en armas de facción, en espectáculos de humillación o en mecanismos para liquidar adversarios internos. La crítica revolucionaria debe esclarecer, corregir y fortalecer la capacidad colectiva, no satisfacer el resentimiento de quien necesita una derrota ajena para experimentar una victoria propia. Décadas de trabajo pueden desmoronarse en pocos meses cuando las organizaciones olvidan que cada militante representa mucho más que su nombre, su corriente o su cargo: representa también el tiempo de quienes entregaron años de su vida a una causa, la confianza de comunidades enteras y las expectativas de generaciones que todavía esperan una alternativa al orden capitalista.

Destruir ese patrimonio por rivalidades mezquinas no es radicalismo; es irresponsabilidad histórica. Nada hay de revolucionario en incendiar la casa común para demostrar quién tenía razón sobre la distribución de las habitaciones. La burguesía conoce perfectamente el valor político de la fragmentación de sus adversarios, aunque no necesita dirigir cada conflicto para beneficiarse de sus consecuencias. Una izquierda dividida, ensimismada y ocupada en sus querellas puede conservar toda su retórica anticapitalista mientras pierde la capacidad material de disputar el poder, organizar a los trabajadores y construir instituciones populares. 

Por eso, la madurez política comienza cuando se comprende que la organización no existe para satisfacer las necesidades emocionales de sus dirigentes, sino para servir a un proyecto colectivo de emancipación. Exige formación teórica, procedimientos transparentes, rendición de cuentas, distribución responsable del poder, mecanismos de resolución de conflictos y una cultura militante capaz de distinguir entre principios irrenunciables y diferencias legítimas.

Y cuando eso ocurra, no bastará con invocar a los mártires, desempolvar los documentos fundacionales ni pronunciar otra vez la palabra unidad. La confianza destruida no se recupera mediante consignas, sino mediante conductas, responsabilidades y resultados. La izquierda necesita comprender, de una vez por todas, que la fraternidad política no significa ausencia de conflicto, sino capacidad organizada para atravesarlo sin perder el horizonte emancipador. Porque ninguna revolución puede edificarse sobre la fantasía de que sus protagonistas están libres de miserias humanas; sólo puede avanzar cuando desarrollan instituciones, conciencia y prácticas capaces de impedir que esas miserias gobiernen el destino colectivo. 

Allí donde cada tribu se considera más importante que la clase, cada dirigente más importante que el proyecto y cada victoria interna más valiosa que la emancipación de los explotados, el capitalismo no necesita ser derrotado: basta con esperar a que sus adversarios terminen el trabajo por él.

08 de noviembre de 2026

Por, Fernando Buen Abad Domínguez, Doctor en filosofía

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Autor/a: Fernando Buen Abad Domínguez
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Fuente: La Jornada

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