
Cualquier proyecto social que quiera ser duradero debe pensar en el relevo generacional. Y en el contexto cooperativista esta preocupación incluye también la pregunta por el papel que este sector está dándole a los y las jóvenes, la formación que les ofrece y la línea de acción que les propone.
Cuando se habla de cooperativismo hay que tener en cuenta que esta palabra en sí misma no alberga la garantía de una realidad diferente o no se constituye por principio en un agente de cambio del modelo económico capitalista. El cooperativismo puede adoptar –y así lo ha hecho– diferentes caminos que lo pondrán de cara a una función particular dentro del entramado social, político y económico en que se desenvuelve. Por un lado puede convertirse en una empresa entregada de lleno a la rentabilidad adscribiéndose muy bien a la lógica mercantil y olvidando por completo cualquier nexo con la sociedad. Por otro lado puede constituirse en un proyecto de modelo alternativo al capitalista, una fuerza de cambio efectiva que no juegue con las reglas que este modelo establece sino que tiene en la mira subvertir el orden establecido acompasándose a uno de cara a la sociedad, en procura de un mundo más justo y humano, y no simplemente por una mayor rentabilidad.
Precisamente el 2012 fue el año internacional de las cooperativas, y a ello habría que sumarle que a mitades del mismo año se cumplieron los cuarenta años de la Cooperativa Financiera Confiar y los quince años de su Fundación, además de haberse llevado a cabo la Reunión de Juventudes Cooperativistas, evento organizado por Cincop. Todo lo cual no podía sino redundar en el reconocimiento del 2012 como un año en que se pusieron en la mesa un amplio abanico de temas, preocupaciones y retos para el sector cooperativo.
No es nada trivial la exaltación que hace esta época de la juventud; es común aducir a quienes se reconocen bajo tal denominación una especie de actitud rebelde y una fuerza transformadora por principio, pero lo que la realidad nos muestra es que tal exaltación puede llegar a ser una gran falacia si un joven o una joven, en el espectro de posibilidades para hacer su vida, no logra ver sino las pautas que el capitalismo propone. Si es así, no encontraremos ninguna actitud renovadora en la condición de ser joven, sino, por el contrario, una acción perpetuadora de nuestro presente.
Esta pregunta por las juventudes y por su lugar en el movimiento cooperativista fue tema de notable importancia en las discusiones llevadas a cabo por diferentes colectivos, comunidades y agentes del sector cooperativo el pasado año. Si existe un cooperativismo que no desea ser un asunto efímero sino que quiere lograr establecerse como un proyecto duradero, ha de pensar la integración de un sector joven a sus líneas de acción, y ha de hacerlo sin caer en la falacia mencionada, y no creer que el hecho de ser joven aporta por principio nuevas fuerzas u horizontes del cooperativismo.
Ahora bien, supongamos un joven cuya subjetividad presenta una sensibilidad hacia lo humano y desea ser parte activa de un proyecto cooperativo, es de obligación preguntarse: ¿cuáles son los mecanismos bajo los cuales ese ser humano capaz de ser militante por una causa social puede llegar en efecto a incorporarse en un proyecto cooperativista? ¿Qué formación requiere y cuáles son los medios para hacerse a ella?
Preguntas así son el quid del asunto. Para propiciarlas, es menester la creación de escuelas y centros de formación surgidos de las necesidades sociales que el mismo cooperativismo identifica; éste no puede seguir esperando que quienes en un futuro se constituyan en la fuerza cooperativista sean los graduados del aparato universitario, pues éste se ha dedicado precisamente a engrosar las filas del aparato empresarial tradicional, graduando hombres y mujeres con poco o nada de sensibilidad por lo social, incapaces de pensar que otro mundo es posible. El sector cooperativo debe hacerse a su propia educación, pero una diferente a la universitaria, una que nazca y se configure bajo la bandera de la búsqueda de un presente más justo, más humano, una formación que pueda aportar a un ser las herramientas necesarias para entender la complejidad del mundo en que vivimos, para tomar posición crítica frente a él. La juventud cooperativista requiere una formación política, ética, social, filosófica, en comunidad, que no caiga en la metodología, muy en boga actualmente, que asegura que un joven no puede formarse por fuera de la recreación y la lúdica, cambiando la lectura y la discusión por jornadas de juegos e “integración”.
Las nuevas generaciones tendrán sobre sus espaldas, si así lo aceptan, el reto de ser dirigentes de los proyectos cooperativos. Es bastante obvio que quienes son dirigentes hoy no “cayeron del cielo”, sino que han tenido una formación que les ha posibilitado entender la complejidad de esta época y el papel desempeñado por el cooperativismo.
Es justamente este conocimiento y esta formación la que ha de ofrecerse sistemáticamente a otros. Un dirigente cooperativista debe transmitir los saberes o pensadores a los que acude, los libros que leyeron, las experiencias cooperativistas por las que transitaron, las reflexiones sobre proyectos que encontraron, el fracaso o el éxito, etcétera.
Ellos deben transmitir este saber a una juventud doliente y sensible respecto a la sociedad, que tengan dentro de sus intereses la organización y la lucha por derechos que todo un país reclama, y no esperar, bajo ninguna circunstancia, que la universidad sea quien cumpla el papel de formación que el sector cooperativo requiere, pues, vale la pena repetirlo, el aparato universitario forma a los capitalistas, aquellos que saldrán al mundo a crear empresas rentables de espaldas por completo a la gente del común.
No son pocas las cooperativas que piensan desde ya en el relevo generacional. Bienvenidas aquellas que abren sus puertas con propuestas serias y líneas de estudio y acción a los jóvenes que sienten la necesidad de desplegar un quehacer en lo social. Si el cooperativismo no logra “pasar la batuta”, si no llega a transmitir su quehacer y su pensar cooperativista a otros que puedan continuarlo, estará condenado a la muerte, lenta, pero inevitable.
* Corporación Cultural Estanislao Zuleta Asociado CONFIAR



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