Las luchas de nuestros pueblos se unen con lazos invisibles en el tiempo y el espacio. La rebelión comunera es continuación de cientos de luchas anteriores de indígenas y negros, y, más cercanamente, de la gran Rebelión de Túpac Amaru en Perú.
Los grupos sociales
Para comprender en mejor forma las contradicciones que llevaron a
Desde la invasión y con el correr de los años, se fueron mezclando los españoles con las indígenas y las negras, y entre sí, surgiendo nuevos grupos mestizos, mulatos, zambos. En el seno de la cambiante población, también fueron surgiendo grandes diferencias económicas y de poder. Para la época (1775-1782), en una población aproximada de un millón de habitantes, los principales grupos raciales y sociales (las clases estaban en proceso de diferenciación y formación) eran los siguientes:
Indígena. La mayor parte, confinados en resguardos, trabajaban como ‘siervos’ en las haciendas de grandes propietarios blancos y unos pocos mestizos, en construcción de caminos, y transporte a hombro de pasajeros y mercancías. Otros más eran muy pequeños y medianos comerciantes. Por último, amplios grupos confinados en zonas selváticas, con una vida muy primitiva y de casi total aislamiento de la vida nacional.
Negros o afrodescendientes. La mayoría, esclavos en la minas de oro, bogas, trabajadores en ganadería, transportadores de pasajeros y carga, obras públicas y oficios domésticos. Unos pocos ‘libres’ en mínimas labores artesanales y comerciales.
Mestizos. Hijos de indígena y blanco, el grupo social de mayor crecimiento, más dinámico. Algunos con mediana capacidad económica, desarrollaban actividades de comercio, ganadería y artesanía.
Mulatos. Hijos de negra y blanco; muy escasos, de blanca y negro. Algunos, también esclavos o en condiciones equivalentes. Otros, asalariados en oficios domésticos, ganadería, puertos. Unos pocos, ‘independientes’, trabajadores artesanos y de comercio.
Blancos: españoles ricos y pobres: criollos, ricos y de mediana capacidad económica. Eran funcionarios públicos, comerciantes, ganaderos, agricultores.
Los cargos públicos se compraban por los criollos mediante dinero. En la misma forma se adquirían títulos de nobleza.
La sociedad en su conjunto estaba llena de contradicciones, una de las cuales separaba a españoles y criollos ricos. Éstos fomentaban sus enlaces familiares y con ellos su fortalecimiento económico, iniciándose la formación de la burguesía colombiana, que aspiraba al poder político.
En las zonas donde habría de iniciarse
En 1779 había en nuestro país 15 diferentes alcabalas o impuestos que todo lo gravaban: las mercancías importadas de España, las pequeñas artesanías del país; el comercio de pulperías o tiendas, carnicerías y almacenes; la molienda de caña y las actividades agrícolas y ganaderas en las haciendas o pequeñas propiedades, las operaciones de finca raíz y otras más. Otro impuesto se hizo sentir con especial fuerza en la región socorrana, de desarrollada artesanía textil: el impuesto al algodón hilado, especie de moneda para intercambio de productos. Los indígenas, principales artesanos, veían gravada su producción de algodón hilado y los productos elaborados.
La Rebelión de los Comuneros
Informados y despiertos habitantes del Nuevo Reino seguían con atención los acontecimientos, uno de ellos Juan Francisco Berbeo, vinculado en diferentes formas a
Estallido del conflicto
En la mañana del sábado 16 de marzo de 1781, día de mercado y afluencia de gentes de las montañas vecinas, a sabiendas de que se fijaría en las paredes un nuevo edicto sobre impuestos, se organizó un grupo de protesta que, a tambor batiente, desembocó en la plaza de Socorro lanzando gritos desafiantes contra los tributos, y contra las autoridades y “el mal gobierno”. En la ‘subversiva’ movilización, sin antecedentes, participaron tejedores y comerciantes en mantas, expendedores de carne y poderosos del pueblo, dada su capacidad económica. Gozaban de influencia en la población, en la misma medida en que Berbeo la tenía, incluso sobre ellos. A los amotinados se sumó la aguerrida tabacalera Manuela Beltrán, voz cantante en la manifestación que tuvo el feliz y revolucionario gesto de arrancar y despedazar el edicto de “su majestad”, aumentando la decisión y el valor de los manifestantes y espectadores.
El gesto de Manuela comunicó su propia audacia a la ira contenida de la multitud, y millares hicieron sentir el terrible poder de un pueblo enfurecido. Ese 16 de marzo ocurrieron en Socorro varios actos revolucionarios que fueron preludio del definitivo desencadenamiento del furor popular. Mientras crecía la expectativa y la posición de alerta, hubo nuevos amotinamientos el 30 de aquel mes, en los que la valerosa mulata Magdalena se enfrentó airada a un sacerdote realista que trató de encabezar una procesión para pedirle al pueblo que se pacificara y respetara la autoridad.
Al conocerse en Santa Fe lo que acontecía en Socorro, no se le dio mayor importancia; pero, ante noticias de que el movimiento comunero se extendía, se enviaron 50 alabarderos (soldados), bajo el mando de un capitán, al sitio Puente Real de Vélez, cruce de caminos hacia la capital. Pronto los comuneros de Socorro supieron del avance de tropas realistas y Berbeo ordenó la marcha sobre el Puente Real, iniciándose la enorme movilización que llegaría hasta las puertas de Santa Fe.
El ejército del común tenían una jerarquía de mandos: un estado mayor general, al frente del cual estaba el ‘generalísimo’ Juan Francisco Berbeo, investido de máximos poderes en lo político-militar. Puente Real constituyó la primera victoria militar de los rebeldes. Armas, pertrechos y dineros pasaron a su poder, además de producir pánico enorme en la capital cuando llegó la noticia.
Movilización y conflictos
La organización económico-social de Tunja era muy diferente de la de Socorro y las poblaciones vecinas. Primaban los grandes latifundios y haciendas en manos de unos pocos criollos ricos que explotaban la mano de obra nativa en condiciones de sumisión. Para el momento, en la zona (Tunja, Duitama, Sogamoso) aún vivían unos 50 mil indígenas. El proceso de mestizaje había sido inferior al de otros sitios: eran casi ausentes la población negra y la mulata; la actividad artesanal comercial casi no existía, y la vida económica giraba en torno a las grandes haciendas, imprimiéndoles a sus habitantes una actitud pasiva, resignada y conformista en cuya formación jugaron rol especial los curas doctrineros.
La presencia comunera fue vista con temor y prevención por hacendados gamonales, y con simpatía por los sectores ‘libres’ y algunos indígenas. En Sogamoso y Tunja, varios capitanes comuneros hicieron contacto con grupos populares, invitándolos a rebelarse, pero hubo un desacierto: muchos de estos jefes fueron elegidos entre gente acomodada, sin raigambre popular y sin que el pueblo indígena comprendiera de qué se trataba aquello… Ambrosio Pisco, indígena rico y descendiente de autoridades chibchas y cacique (jefe) reconocido, consiguió movilizar a 4.000 indígenas, aportados por los resguardos de la región.
Enormes multitudes con abundancia de machetes, palos, hondas y horquillas se fueron reuniendo en Nemocón y el Mortiño, antes de Zipaquirá, camino a Santa Fe. Estas tropas, tal vez de unas 15 mil personas (¡15 mil!), acamparon ordenadamente durante unos 20 días, en época de lluvias. Durante este tiempo durmieron a la intemperie, se alimentaron, atendieron a sus enfermos, se apoyaron mutuamente y se divirtieron.
José Antonio Galán, líder popular
Y hasta ese sitio, Nemocón, llegó el 24 de mayo el capitán charaleño José Antonio Galán encabezando las tropas que durante meses él venía organizando y entrenando. Su familia era pobre, vivía en el campo y cultivaba la tierra, vendiendo productos en Socorro, adonde Galán viajó con frecuencia para sentar relaciones. Fue su padre un español gallego pobre; su madre, una campesina mestiza, pobre, sencilla. Los tres hermanos de José Antonio, el mayor, eran Juan Nepomuceno, Hipólito e Hilario, quienes lo acompañaron.
A Galán se le recuerda de estatura elevada, fuerte, acostumbrado desde niño al trabajo físico. Entusiasta, decidido, levantisco, arrojado, convincente por su acción y su palabra. Un hecho decisivo en su vida sucedió en 1779: es reclutado para el servicio militar. ¡Tenía 30 años! ¿Qué motivó tal reclutamiento con tan ‘avanzada’ edad para ese servicio y cuando el Regimiento en Cartagena, adonde fue destinado, se integraba casi en su totalidad por negros, zambos y mulatos, llevados de las zonas litorales? Tal reclutamiento equivalía a castigo y destierro. Para la rebelión sería útil la experiencia de Galán en Cartagena. Lo encontramos en Puente Real de Vélez el 7 de mayo frente a la tropa charaleña, la más disciplinada y entrenada. Berbeo fija una misión: avanzar sobre Chiquinquirá, Fúquene, Ubaté y Tausa para levantarlos e incorporarlos a la lucha, lo que Galán hace con eficiencia, a tiempo que otros capitanes y el propio Berbeo hacen lo propio por donde pasan: nombran capitanes, eliminan impuestos, declaran libre el cultivo del tabaco y la venta de aguardiente, y se apoderan de los dineros del Gobierno para financiar el movimiento.
En el seno comunero había contradicciones. Una, el modo de ser del santandereano (rebelde, independiente, inquieto), distinto del boyacense, cuyos jefes, manipulados por los latifundistas, de quieres dependían, se oponían a marchar; no querían enfrentarse a la autoridad española. Incluso Berbeo, máxima autoridad de los rebeldes, dio órdenes a sus subalternos: “Con todo vigor contendrán las gentes que pretendían entrar a la ciudad a insultar y robar”, y consigue que Pisco y sus 4.000 indígenas se sitúen a la salida de Zipaquirá, taponando la entrada a Bogotá. Berbeo y Pisco coinciden como tenderos y comerciantes en grande. Pisco tiene un gran almacén en Bogotá, donde vende artesanías indígenas y productos de la tierra.
El movimiento de Galán por varias regiones le había dado prestigio y crecimiento. Se calculaba que 20.000 las personas se sumarían a las tropas de Galán, y se sabía que los artesanos y gente santafereña harían causa común con él. Al frente del Virreinato estaba el arzobispo Antonio Caballero y Góngora, político veterano, astuto e inteligente que comprendió lo que se avecinaba. El único camino era negociar, para lo cual se reunió con Berbeo en Zipaquirá. Puede decirse que entre los dos hubo un mano a mano, un “toma y dame”. El éxito del Virrey consistió en que logró impedir la toma de Bogotá, utilizando las contradicciones entre los comuneros; el de Berbeo, que en las Capitulaciones (nombre de las negociaciones) él y su grupo lograron grandes beneficios económicos, no para los artesanos pobres y los indígenas.
La misión de Galán
La orden dada a Galán por Berbeo y la actitud de éste indican la escisión definitiva entre la élite terrateniente que tenía la dirección político-militar del movimiento y el sector revolucionario del común: el primer grupo, comandado por Berbeo, a fin de conjurar el peligro de la revolución social, se sentaba en el sitio de Mortiño para negociar el tratado de paz, buscando mayores ventajas y evitar hechos que les hicieran perder el control de la situación.
Fue opuesta la posición del segundo grupo, el personificado por José Antonio Galán, que, al desobedecer la orden de Berbeo, aspiraba a expandir y articular el movimiento insurreccional e imprimirle directrices revolucionarias, lo cual manifiesta con su conducta por el río Magdalena, al agitar la liberación de los esclavos, la proclamación del inca Túpac Amaru y la acción favorable a los trabajadores sin tierra frente a los grandes hacendados. Salió con su tropa rumbo a Honda el 25 de mayo por la ruta Facatativa-Villeta-Guaduas, con su experiencia en sublevar y organizar pueblos. Las autoridades de Santa Fe, informadas de la marcha de Galán, enviaron tropas para oponérsele, dando ello lugar a un encuentro el día 27, cerca de Facatativá, donde fueron desarmados los hombres del Gobierno, que mostraron pocos deseos de pelear.
Galán movilizó a la población, depuso a las autoridades, designó capitanes del pueblo y nuevas autoridades, y liberó a los presos. Su estandarte llevaba ya la consigna “Unión de los Oprimidos contra los Opresores”. Se hallaban cerca de la rica región minera de Mariquita, explotada por negros esclavos, lo que hacía más evidentes las contradicciones en el puerto, donde pululaban los mulatos sin trabajo. Allí Galán hizo avanzar la proyección político-social del movimiento comunero, pues declaró la libertad de los esclavos de la mina de Mal Paso, noticia que voló y se irradió en dos direcciones: hacia las zonas mineras de trabajo esclavo en Antioquia, donde se produjo el levantamiento de los Comuneros de Guarne, y hacia las zonas indígenas (caribes) de Coyaima, Chaparral, Purificación, Natagaima y Neiva.
Dispersión comunera y desmovilización de Galán
En Zipaquirá, cientos de comuneros, por orden de Berbeo, se dispersaron rabiosos y apesadumbrados por no haber marchado sobre Santa Fe y por presentimientos negativos. La desmovilización y la comunera facilitaron el pronto desconocimiento de las Capitulaciones, para la cual los pérfidos gobernantes alegaron múltiples razones.
La rebelión de Galán
El día 14 de junio, Galán hace llegar a múltiples partes una carta mensaje de invitación a reanudar la lucha, en la que dice, entre otras cosas: “Veamos si a costa de nuestras vidas atajamos ese pernicioso cáncer que amenaza nuestra ruina”. ¿Cuál cáncer? “El malogrado avance de la vez pasada que no ha dejado vendidos, a lo que no encontramos otro remedio que volver a acometer”. Se refería a las Capitulaciones.
En los días siguientes, Galán no sólo pasa a diversas poblaciones sino que además se esfuerza, mediante cartas claras y sencillas, en levantar de nuevo la rebelión popular. Y para estas fechas se le atribuye el siguiente juramento: “¡En nombre de Dios, de mis mayores y de la libertad, ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que fuere menester… sea!”. Su correspondencia lleva un lenguaje clasista: “unión de los oprimidos contra los opresores”.
Pero en esta nueva etapa el héroe encuentra incomprensión, pues mucha gente se cree beneficiada con las Capitulaciones; por la desconfianza y el temor por las traiciones de tantos; por el desconcierto ante sucias ofertas de Salvador Plata, terrateniente poderoso de la región, y por la posición de Berbeo, que no respalda el movimiento del charaleño. Sin apoyo, con deserciones en sus filas, sin recursos, Galán es capturado el 13 de octubre por gente de Salvador Plata, a la que se han unido tropas del Gobierno, después de un corto combate en el que muere Nepomuceno Galán y José Antonio mismo es herido. El 9 de noviembre, con 25 compañeros, llega preso a Santa Fe.
Sentencias de Galán y compañeros
En un juicio completamente parcializado, sin mínimas condiciones de defensa, adelantado por los propios afectados, es decir, los gobernantes españoles que se convirtieron en juez y parte, Galán y tres de sus compañeros fueron condenados a la pena capital, y otros a prisión perpetua y destierro, el 30 de enero de 1782. La sentencia de muerte se cumplió espectacularmente en Santa Fe el 1º de febrero.
La decisión contra Galán merece leerse y recortarse. En ella se refleja la desfachatez de todos los gobernantes opresores, su cinismo, su crueldad y su odio contra quienes luchan contra el poder y los privilegios de los peninsulares.
Parte de la sentencia dice: “Condenamos a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio, donde sea puesto en la horca hasta cuando naturalmente muera; que, bajado, se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado por la llamas (para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo); su cabeza será conducida a Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del Socorro, la izquierda en la villa de San Gil; el pie derecho en Charalá, lugar de su nacimiento, y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes; declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esa manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que la del odio y espanto que inspiran la fealdad y el delito”. Sentencias iguales contra Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz, compañeros en la rebelión.



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