
Recorría el camino de tierra con apuro y algo de dificultad por la gran mochila que llevaba encima. Me iba acercando al lugar indicado por el Comité Clandestino Indígena Revolucionario del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (ezln) en la misiva de invitación que me llegó hace poco más de cinco meses. Un centenar de carros, buses, camiones y camionetas, todos con banderas u otras insignias con la estrella roja y las cuatro letras características me ponían algo emocionado. Caminaba. En la puerta de entrada me topé y casi choco con él; era el comandante Tacho. Le hago una señal tímida pero respetuosa de saludo y recibo una mirada profunda y digna que no olvidaré. Su labor era justamente la de coordinar la llegada y distribución de los más de 1.700 personas venidas de todos los rincones del planeta. Estábamos en San Cristóbal de las Casas, punto central, corazón urbano de la lucha zapatista. Veníamos para asistir al primer nivel de la “Escuelita zapatista”. La expectativa era enorme, así como la organización y disciplina que mostraban los y las compañeras encapuchadas que formaban el equipo encargado de todos y todas nosotras.
Al parecer todo era caos y desorden, pero la realidad era diferente. Cada estudiante hacía fila para registrarse, a cada uno nos entregaban nuestro material: cuatro libros y dos dvds, y nos asignaban nuestro respectivo Caracol, es decir, la región del territorio zapatista donde pasaríamos una semana, que era el tiempo estipulado como duración para este primer nivel. A cada uno se nos entregaba, además, nuestra identificación con el color respectivo de cada uno de los cinco Caracoles, identificación que era la entrada a ese otro mundo posible del cual mucho se habla pero poco se sabe de manera directa.
Todos y todas nos íbamos juntando gracias al color de nuestra identificación, esperando indicaciones de los y las compas. Así, cada grupo de cada Caracol se iban poniendo en fila para subir al respectivo medio de transporte que nos llevaría al respectivo Caracol. El más cercano de estos estaba a dos horas de San Cristóbal y el más lejano a ocho horas de caminos sinuosos y pedregosos.
La caravana
La Garrucha era el nombre del Caracol a donde me tocó ir. Más de treinta carros formaban la gran caravana que recorría las carreteras de esta región que han estado asediadas por policías y militares desde que las comunidades zapatistas decidieron levantarse en armas un primero de enero de 1994.
En mi mente, mientras el camión seguía su camino, recorrieron muchos episodios de los casi veinte años que han transcurrido desde ese primero de enero. Episodios que traducen una tenacidad frente a tanta adversidad. Intentos legítimos de diálogos con las autoridades nacionales, frustraciones por verse nuevamente engañados, humillados y pisoteados por parte de estas mismas autoridades. Intentos verdaderos de escuchar a los otros de manera humilde y sincera. Juntar solidaridades y simpatías alrededor de todo el planeta. Compartir la palabra verdadera de manera clara y directa.
No tardaron las críticas a este movimiento indígena zapatista, ya sea por no querer tomar el poder, ya sea por no creer en ningún partido político y en ninguna jerarquía o líder, ya sea por hacer de la palabra algo sagrado, ya sea por intentar crear autonomía y verdadera libertad dentro de su territorio, amenazas directas al poder económico y político establecidos.
Son críticas y comentarios que no dejan de pulular. Como el que daba por aniquilado –o por lo menos en vías de desaparición– a este movimiento. Muchos daban por hecho que sus autoridades militares y civiles habían sido compradas o cooptadas. No habían entendido que el silencio de los últimos años era otra de sus formas de resistencia y de existir.
Los pensamientos iban y venían, y los carros mantenían su rodar. A nuestra llegada al Caracol nos esperaba un recibimiento inesperado, valga la contradicción. Cientos de encapuchados y encapuchadas nos hacían un camino de honor aplaudiendo al son de la música de fondo. No era necesario ver sus sonrientes y emocionados rostros para sentir esos corazones llenos de humildad y sinceridad.
En un acto digno de una ceremonia especial nos ponemos en fila al ser llamados por nuestro nombre, para presentarnos a continuación a nuestro respectivo Votan Guardián o Guardiana quien nos acompañará las 24 horas de cada día como intérprete y como confidente durante los días que durará la escuelita. Será nuestro guía dentro del municipio y de la comunidad que nos asignen. Y sí, cada Caracol está formado por varios municipios autónomos y cada municipio por varias comunidades autónomas que en un entretejido complejo van conformando el territorio rebelde zapatista. Las familias de las comunidades son las bases de apoyo de este movimiento, y quienes ejercen todo su derecho a decidir de manera colectiva. Eligen sus autoridades comunales, municipales y de la Junta de Buen Gobierno de cada Caracol. Estos son los tres niveles de organización y de decisión ejercida de una manera que “el que manda, manda obedeciendo”.
Las sesiones
El primer día de escuelita fue con los casi más de trescientos alumnos designados a este Caracol y con los y las profesoras de todos los municipios de esta región. Nos dieron las indicaciones generales y algo de historia del movimiento. Nos explicaron a breves rasgos los tres temas a tratar en este primer nivel: Gobierno autónomo (libro 1 y 2), resistencia autónoma (libro 3) y participación de las mujeres en el gobierno autónomo (libro 4). Nuestro Votan, siempre a nuestro lado, nos ayudaba a ubicarnos.
Ya por la tarde, luego de la comida, nuevamente nos subimos al respectivo medio de transporte que nos llevará a nuestra comunidad designada. Junto a nuestros Votan éramos doce las personas que fuimos designados a esta comunidad. Llegamos ya por la noche donde nuevamente nos esperaba toda la comunidad con otro recibimiento conmovedor.
Alrededor de una treintena de familias conforma esta pequeña comunidad asentada en estas tierras recuperadas en el levantamiento de 1994. Tierras que antes el terrateniente o hacendado dedicaba únicamente a la ganadería y monocultivos para la exportación y donde trabajaban en condiciones deplorables la población local, la misma que ahora –luego de casi dos décadas– esta misma población maneja de manera que les provee su maíz, fréjol, calabaza, una variedad de hortalizas y de frutas así mantener algunas cabezas de ganada vacuno y porcino de donde sacan las proteínas necesarias para su diaria alimentación.
Cotidianidad
Esta labor agrícola y construcción económica lo afrontan de manera familiar y comunitaria. No reciben nada del gobierno y han logrado demostrar que se puede vivir dignamente sin depender del asistencialismo oficial o de sus limosnas, algo que es extremadamente lejano en muchos de países de donde procedemos. Además, algo ejemplar fue su respeto para con los que no compartían sus ideales, sus modos. Las familias partidistas, así les decían, eran acogidos con total igualdad en todos sus espacios comunitarios, como el centro de salud o la escuela. Decían que ellos, los no zapatistas, tenían cosas materiales pero que carecían de lo esencial, del sentido comunitario, sin el cual no se puede vivir con dignidad, dicen los y las zapatistas.
La “escuelita zapatista” consistía en compartir la cotidianidad de las familias zapatistas, ser parte de sus quehaceres, de sus reflexiones, de sus preocupaciones, de sus anhelos, de sus sueños. Pero a la vez también era para compartir nuestros propios modos y maneras, nuestros sueños construidos o por construir en el rincón de este planeta que nos tocó caminar. Era un ir y venir en las conversaciones, en las diferentes actividades que compartíamos con alegría y rebeldía. Por las mañanas desayunábamos en familia las tortillas con fréjol y café, que por cierto la mayoría de las comunidades zapatistas tenían sus cafetales comunitarios de donde sacaban una buena parte del presupuesto comunitario al vender la producción en tiendas solidarias a lo largo de todo el país y del mundo entero.
Bien alimentados nos dirigíamos a la milpa o chacra comunitaria para realizar su limpieza o la recolección del fréjol y maíz, base alimentaria y cultural de estos pueblos Tzotziles así como de los otros cuatro pueblos indígenas que conforman las comunidades zapatistas. La mañana la dedicábamos a realizar alguna actividad, tanto familiar como comunitaria: moler el maíz para hacer las tortillas, ir al huerto comunitario donde tienen sus hortalizas producidas de manera orgánica y que contribuye con la dieta equilibrada de la familia. Así mismo se iba a recoger leña para alimentar el fogón, base esencial de la casa zapatista. Así mismo se ayudaba en la panadería comunitaria o en la escuela o puesto de salud.
En todos estos espacios comunitarios las personas encargadas, jóvenes por cierto, son apoyadas por toda la comunidad para que puedan formarse y dedicarse a estos oficios. De la misma manera, cuando una persona tiene que salir de la comunidad como autoridad, su pareja, vecino o comadre le reemplaza en sus quehaceres y responsabilidades en la comunidad. Las vacas y los puercos representan el banco para estas familias, ante cualquier imprevisto o algún gasto considerable.
Pero no todo fue trabajo, también pudimos compartir un día de esparcimiento al ir, acompañados con buena parte de la comunidad al río, poder pescar, hacer una fogata y azar los elotes (maíces), mientras nadábamos junto a los y las niñas y su alegría desbordante. Un día de descanso merecido.
Ya por las tardes, luego de comer y de descansar, nos dedicamos a leer los libros –y si quedaba tiempo– nos íbamos al río a refrescarnos un poco antes de reunirnos con toda la comunidad la que nos esperaba reunidos, con curiosidad por escuchar las preguntas que les teníamos. sí, este era el momento donde ellos nos escuchaban y en voz baja se miraban y discutían antes de respondernos. Era su manera, y así como todo lo que deciden lo hacen así, de manera colectiva. Y si hubo alguna inquietud que no pudieron respondernos la enviaban a los responsables en el Caracol de la Garrucha donde el último día, que también teníamos una clase con todo el resto de estudiantes, nos tenían una respuesta. Nada quedaba sin respuesta, o por lo menos eso intentaban, siempre había a quien más preguntar.
Pero las preguntas también las hacíamos a nuestros respectivos Votan en la cotidianidad del caminar, quienes con su alegría particular nos conversaban o nos traducían para que vayamos entendiendo o por lo menos, acercándonos a su mundo tan peculiar y único. Muchas de las personas mayores habían sido parte de los tiempos de la clandestinidad, tiempos difíciles pero necesarios para que ahora, sus descendientes puedan seguir construyendo esa autonomía y libertad que sigue su camino y que seguirá fortaleciéndose.
Cargados de enseñanzas
Habíamos pasado, de manera poco convencional, el primer nivel de esta escuelita tan especial, rompiendo con todo esquema y lógica impuesta desde arriba. Lo que habíamos vivido era algo poco creíble para quienes no pueden o quieren dejar de caminar por donde los de arriba les imponen. Habíamos sido testigos de la construcción cotidiana de otro mundo, donde quepan todos los mundos, donde el gobierno obedece y el pueblo manda, donde se reflexiona, se discute, se decide, se vive y se muere en colectivo.
Era el momento de partida, cada uno de nosotros va subiendo al bus, camioneta o camión bajo la supervisión disciplinada de uno de los o las compas encargadas. Todos y todas traemos una mochila enorme, llena de enseñanzas, pequeñas y grandes, de todos los colores y sabores. Llevamos dentro, muy dentro, esos caminos compartidos, esas palabras detenidas en el tiempo que vienen de esa memoria de pueblos dignos y humildes. A lo lejos, la banda de música seguía tocando, luego de hacerlo toda la noche en el baile de despedida. Los corridos, la cumbia, la marimba sonreía y lloraba con nosotros.
De a poco el caracol volvía a quedar en silencio, nuevamente, como ha estado en los últimos años. El primer nivel de la escuelita zapatista había terminado, pero en realidad esto recién empieza.



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