
En 1990 terminó la dictadura de Pinochet gracias a un acto plebiscitario, pero el espíritu de la dictadura flota todavía sobre Chile. Específicamente, la Constitución que Pinochet impuso no ha podido ser modificada ni suplantada o eliminada treinta y dos años después. No pudieron hacerlo los gobiernos de P. Aylwin (1990–1994), Eduardo Frei (1994–2000), Ricardo Lagos (2000–2006), Michelle Bachelet (2006–2010), o Sebastián Piñera (2010…).
Michelle Bachelet ha anunciado, incluso desde antes de lanzarse como candidata, su deseo de cambiar la Carta Magna de la Junta Militar. Lo cual, en realidad, es la respuesta al elevado nivel de insatisfacción social, en uno de los países ejes de la economía latinoamericana y con fuerte proyección internacional.
En verdad, desde el punto de vista político, el cambio de la Constitución de 1981 es una señal de la fuerza de los sectores más progresistas de la sociedad chilena, liderados por un dúplice factor: el poder de las fuerzas de centro–izquierda, y la fuerza de los jóvenes, específicamente los estudiantes, organizados en asociaciones de secundaria y universitaria. Ambos factores se refuerzan positivamente entre sí.
En efecto, desde el final de la dictadura y la transición a la democracia a partir de 1990, todas las fueras políticas y sociales de Chile han reconocido la Constitución, que fue de hecho modificada parcialmente en la transición a la democracia, y por iniciativa del presidente Alwin. Todos los sectores, excepto el Partido Comunista de Chile, y otras fuerzas de izquierda.
Pues bien, el cambio de la Constitución que se avizora durante el segundo mandato de M. Bachelet significa, literalmente, la transformación del modelo social y económico impuesto por la dictadura. Un verdadero ejemplo para el conjunto de América Latina. La elección de Bachelet en las elecciones de 2013 implica, con toda seguridad, un giro estructural al interior de la sociedad chilena.
Este giro puede representar quizás el golpe más certero al modelo neoliberal en el continente, y acaso en el mundo. En un contexto mundial en el que Europa se enfrenta a una profunda crisis social y financiera, con alto escepticismo hacia los partidos tradicionales y con una profunda depresión moral. Irlanda fue objeto de rescate, y Portugal y Grecia tuvieron el mismo destino. La crisis actual pende, como Espada de Damocles, sobre España, y Francia acaba de ver reducida su calificación por parte de una de las agencias internacionales que siguen el manejo de la economía. Italia se mece en medio de fuertes vientos, cuyo motivo central es la inestabilidad política que genera S. Berlusconi.
En este escenario, los Estados Unidos no tienen una situación mejor, y la expresión más aguda de la crisis es el sistema de seguridad social; en un país que invierte en la misma cerca del 18% del PIB pero que tiene el peor sistema de seguridad social del mundo. Y en Asia, la crisis de Japón no parece encontrar una solución en el futuro inmediato.
En este panorama, las dinámicas en Chile se inscriben exactamente en medio de la crisis mundial del modelo neoliberal de mercado y sociedad, y la emergencia de nuevos actores en la política y la economía mundial. Pues bien, Chile quiere ser considerado como un jugador importante. Por lo pronto, de acuerdo con declaraciones del FMI, Chile, junto a Perú, Colombia y Brasil representarán a la locomotora de América Latina. Brasil, hay que decirlo, no entra en consideración debido a que ya es un jugador principal en el mundo.
En cualquier caso, la reforma a la Constitución es la más sensible de las transformaciones que deberá hacer Bachelet, sin olvidar el muy delicado tema de la reforma al sistema de educación. Las protestas del 2011 aún están candentes y toda la población infantil, juvenil y de jóvenes adultos espera un cambio en este sentido.
Dos vías aparecen en el camino hacia la transformación de la Constitución de Pinochet. Una, como lo ha señalado la nueva presidenta, es el cambio total de la Constitución por vía del Congreso. Y la otra es, en caso de que no sea posible ese primer camino, el llamado al constituyente primario.
En el primer caso, todo dependerá de dos factores. De un lado, de los resultados también de las votaciones al Congreso. Ambos aspectos se conjugan dependiendo de si Bachelet logra un contundente triunfo en primera vuelta. Pues ello habrá significado un importante triunfo de la izquierda en el parlamento. Para lo cual cabe destacar que los exdirigentes del movimiento de estudiantes chilenos, Camila Vallejo y Giorgio Jackson, tienen asegurada su elección al Congreso chileno.
Y sin embargo, lo verdadero significativo no estriba en el ingreso al Congreso chileno por parte del Partido Comunista. Pues ya existen varios congresistas elegidos en pasadas elecciones, conjuntamente con congresistas socialistas y de otras fuerzas de izquierda. Por el contrario, se trata del hecho de que los comunistas podrían ser miembros del gobierno de Bachelet, algo que no sucedía desde el gobierno de S. Allende.
El segundo factor es el plan B de Bachelet. En caso de que la transformación total de la Constitución no sea posible por vía parlamentaria, entonces llamará, convocará a una Constituyente. La dificultad es que este proceso, que es bien visto por los sectores más radicales de la sociedad chilena, implicaría un gasto político grande para Bachelet, quien tiene entre sus planes varias otras reformas profundas en las estructuras militares, sociales, económicas, fiscales y políticas en Chile.
De hecho, buena parte de los gobiernos de América Latina se enfrentan en estos momentos con diversos procesos políticos y sociales que atraviesan por el llamado al Constituyente primario: en Bolivia, tanto como en Ecuador, en Venezuela y Uruguay. Es en ese panorama regional que cabe, en el caso de Colombia, por lo demás, entender las reflexiones que se han estado debatiendo en La Habana en los caminos a la legitimación de los resultados de las negociaciones que ya, parece, ha quedado definido.
Los gobiernos y las sociedades de América Latina están pendientes de lo que acontezca en Chile. Una situación que deberá decidirse en los primeros meses del segundo mandato de Michelle Bachelet. Toda una experiencia aleccionadora. Aunque nunca similar, sí existen claros visos de analogía con el proceso que llevó a la presidencia a Salvador Allende en 1970. Este es el resultado de un cambio de estrategia por parte de los comunistas, quienes después de estar aislados de todas las otras fuerzas y partidos chilenos, emprendieron un giro fundamental que los acerca a la integración con los aspectos institucionales chilenos. La presidenta Bachelet, de militancia socialista, ha sido determinante en el paulatino acercamiento institucional de los comunistas.
Para Colombia, Chile representa una lección importante de cara al futuro: puede ser posible, en un proceso largo y concertado, que las fuerzas de izquierda accedan al poder por vía de elecciones democráticas y de procesos democráticos de representación y participación. A condición de que tengan un fuerte apoyo social, que los jóvenes sean actores destacados, y que haya señales claras de maduración y desarrollo político y conceptual. Específicamente, voluntad de unidad y comprensión de las nuevas realidades con nuevos y mejores conceptos, acordes al progreso del conocimiento y de los tiempos. Definitivamente, el efecto mariposa: un (pequeño) acontecimiento en un lugar puede tener consecuencias imprevisibles en otro lugar distinto
Domingo, 17 Noviembre 2013 19:22



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