Quiero una huelga grande
que hasta el amor alcance.
Una huelga donde todo se detenga,
el reloj, las fábricas, el plantel, los colegios, el bus, los hospitales,
las carreteras, los puertos.
Una huelga de ojos, de manos
y de besos.
Una huelga donde nazca el silencio
para oír los pasos
del tirano que se marcha.
Gioconda Belli
Durante los días 26 y 27 de octubre, cientos de mujeres, madres comunitarias de todos los puntos de la geografía nacional, en municipios, departamentos y regiones, decidieron movilizarse por su dignidad, por el derecho al trabajo, a la pensión, a una vivienda digna, a la profesionalización, contra el cierre de los Hogares Comunitarios, en rechazo a las políticas excluyentes y discriminatorios como es el Acuerdo 030, entre el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el Ministerio de Educación Nacional, que, dando un paso importante para que los niños accedan, cual es su derecho, a una educación gratuita, obligatoria y de calidad, desconoció las voces de las madres comunitarias en una decisión que afecta su derecho a la participación, a su trabajo.
Marcharon con dignidad, con coraje, con la rabia contenida, muchos de sus rostros marcados por el peso de los años, de las angustias, de los dolores, pero en todo caso con dignidad, lo único que no podemos perder las mujeres. Hicieron las maletas, cargaron sus morrales, vacíos de dinero pero llenos de esperanzas, y empezaron a dejar sus huellas por los caminos. Acogidas con amor solidario por otras que las esperaban, se juntaron para dormir, para comer, para gritar, para tomarse las avenidas y exigir sus derechos.
Por eso no les tuvieron miedo de las amenazas reiteradas que los funcionarios lanzaron contra ellas, de las presiones del politiquero de siempre que, con voz dulzona, las engaña y trafica con sus sueños.
Se tomaron las vías en un acto de rebeldía, y en camaradería compartieron las preocupaciones, y reafirmaron el sentido de sus luchas y exigencias. Llamaron la atención de una ciudadanía a veces indiferente, miedosa, preocupada, que iba entendiendo que esas mujeres lo único que buscan es el bienestar de los infantes que llegan a sus hogares porque sus mamás tienen que salir al rebusque, muchas en la informalidad del modelo de desarrollo que les brinda el sistema, el gobierno que gobierna para los que manejan todo a costa de los más empobrecidos: dicen las estadísticas que unos 20 millones.
Lograron que los medios de comunicación enfocaran por un momento sus cámaras y micrófonos para que sus voces se escucharan, para que sus reclamos se hicieran palabra, denuncia. Mientras tanto, los funcionarios del Instituto de Bienestar Familiar guardaban silencio o conspiraban para ver cómo desprestigiar la movilización. También hicieron declaraciones a los medios en las que, con cinismo, afirmaban que “lo que se buscaba eran espacios más amables, donde ellas pudieran dedicarse a desarrollar un componente pedagógico con los niños que cuidan –y también educan–, y no tendrán que cocinar, como hasta ahora”. También, que “se les mantendrán los pagos de acueducto, aseo y alcantarillado de sus inmuebles, como si estuvieran en estrato 1”. Retórica mentirosa y descalificadora. Los testimonios de las mujeres dan cuenta de otra realidad.
Ni el cansancio ni el hambre ni las presiones ni las amenazas lograron que las mujeres se desanimaran. Con paciencia esperaron hasta que las directivas del Instituto aceptaran recibirlas, no a una ni a dos sino a aquellas que por delegación y reconocimiento –la Mesa Nacional de Unidad– fueran escuchadas en sus justas demandas.
El forcejeo duró varias horas. Una negociación acompañada de frases bonitas, en momentos, con un tono de que “hay confusión, no entienden de qué se trata” y otras con las que se pretendía disuadirlas o confundirlas. Pero quienes estaban allí sabían lo que querían porque lo habían experimentado en sus cuerpos, en sus manos, en su trabajo.
Al final, se fue concretando un principio de acuerdo de obligatorio cumplimiento por parte del Instituto y que sería presentado al otro día del paro ante la Asamblea, para completarlo en aquellos aspectos que no quedaron incluidos. Cerca de 300 mujeres, en asamblea escucharon, propusieron y se comprometieron a hacer cumplir sus exigencias por parte del Instituto.
Regresaron, cansadas pero con la dignidad en alto. Con las mochilas, las maletas cargadas de sueños posibles, conscientes de que este había sido un paso apenas de los muchos que han dado por lograr que sea posible su derecho a una vida digna, a un trabajo decente y un salario justo, a la participación en decisiones que les afectan a ellas y también a los niños. Y con la convicción de que solamente la unidad, la organización, la lucha por sus derechos, lo hará una realidad.


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