
¿De qué forma podríamos caracterizar a las ciudades como patriarcales? ¿Cómo se transformarían las ciudades en una modernidad alternativa, es decir una modernidad no capitalista, pero también no patriarcal?
En México venimos desarrollando un seminario titulado “Modernidades alternativas y nuevo sentido común: anclajes prefigurativos de una modernidad no capitalista”. Este seminario se guía por algunas claves que nos presenta Bolívar Echeverría, intelectual ecuatoriano, en su crítica a la modernidad. Pensamos que la modernidad existente es hegemónica, pero no es la única posible; más aún, no es la única existente. Queremos pensar las formas existentes no capitalistas de la modernidad. Esto conlleva a suponer que puede haber una modernidad alternativa, no capitalista, y a preguntar por la consistencia y posibilidades de una modernidad así, liberada de la impronta de la acumulación de capital y de la valorización del valor como horizonte de sentido.
Considero, junto con Echeverría, que la modernidad es una forma de totalización civilizatoria y que, como tal, se encuentra en curso: no es un proyecto único ni terminado o final. Pensada así, la modernidad pone en juego los elementos civilizatorios en su conjunto. La modernidad capitalista aparece, entonces, como una conjunción histórica que, por un tiempo determinado, totaliza la forma posible (la potencia) de la modernidad.
El patriarcado, entendido como sistema de dominación de lo masculino versus lo femenino, ha estado presente en la reflexión de este seminario sobre modernidades alternativas, pensado como un vínculo entre la disociación entre el valor y el valor de uso. Ahora bien, si pensamos la ciudad moderna, en el contexto de una modernidad alternativa, cabe preguntarse cómo ha sido la ciudad moderna capitalista y patriarcal. Revisemos algunos ejes de discusión, al respecto.
Primero, es posible constatar que la ciudad es una forma de organización de la vida cotidiana que segrega las diferencias de género, raza, clase. La ciudad segrega y organiza. En ese sentido, resulta oportuno preguntarse sobre el origen de la forma ciudad y qué significa su surgimiento.
Podríamos pensar que existe una articulación entre patriarcado y capitalismo en la forma ciudad. La forma ciudad da cuenta de una división que hoy nos marca; una tensión que se manifiesta de muy diversas maneras, como la separación entre la civilización material, algo que ocurre en el campo, y la civilización económica, algo que ocurre en la ciudad.
Es decir, la tensión ciudad-campo no solo implica la tensión entre lo urbano y lo campesino, sino también entre dos tipos de civilizaciones distintas: una, que ha estado más vinculada a la reproducción cualitativa de lo material, al cultivo; y otra, la urbe, que emerge como el centro de una civilización que, poco a poco, va a ser contraria a la primera.
La distinción entre campo-ciudad se materializa cuando la ciudad capitalista se come al campo. La ciudad contemporánea, en el capitalismo actual, es una forma ciudad que no quiere armonizar con el campo; al contrario, quiere incorporar urbanamente a todo su entorno.
Revisemos la diferencia entre las ciudades burguesas, que establecen una continuidad entre el campo y la ciudad, y las megalópolis de América Latina, donde la urbanización es infinita. Aquí, metafóricamente, podríamos pensar que el no balance entre la civilización económica y la material se traduce en esta forma ciudad que solamente quiere ampliarse.
Un historiador como Braudel plantearía: la forma ciudad es, en sí, parasitaria. ¿En qué sentido es parasitaria? La forma ciudad aparece junto al Estado y la escritura, y muy pronto subordina a las aldeas. Algunos historiadores dicen que en las aldeas hay una forma matriarcal de organización y de socialización, en contraposición con la ciudad que ya es, con el Estado, la escritura y el orden abstracto de la economía, un entorno más patriarcalizado.
En la forma aldea, amplia y disgregada, sustentada en la civilización material, hay cierta autosustentabilidad, que se pierde en la forma ciudad porque ésta, muy pronto, empieza a ser dependiente de conexiones que le son muy lejanas.
La forma ciudad es heterónoma, en ese sentido. ¿Y qué es lo que podría ser más interesante de plantear aquí? Cómo, en la forma ciudad, la Naturaleza se va convirtiendo en una externalidad. Y esa externalidad también nos separa de algo que subsiste en nuestras culturas: esta idea de la subjetividad de la Naturaleza, es decir, de la Naturaleza como sujeto; por ejemplo, las montañas como seres cuidadores y nuestra relación intersubjetiva con las montañas. Todo esto se va perdiendo en la ciudad y se vuelve externo.
A veces pensamos mucho en relación con el desarrollo y la modernidad, pero en medio de todo esto está la forma ciudad, como productora de subjetividades. La ciudad es un proyecto heteropoiético; es decir, interdependiente: depende del comercio lejano, de las colonias, de la materia prima, de los alimentos que se fabrican en otros lugares. Y se trata de la ruptura entre quien produce y quien consume. Esta ruptura se basa en la diferenciación entre una ciudad que podía controlar, hasta cierto punto, todo su proceso de reproducción, y una ciudad que es totalmente interdependiente de procesos que están más allá de ella. La ciudad es, entonces, la forma del proceso de globalización. Produce no solo la segregación interna, sino que es ahí donde aparecen y habitan “los pobres”, la gente desposeída de todo.
La pérdida de la autosuficiencia va a la par de la división social del trabajo y la separación del trabajo manual e intelectual. También produce la separación, cada vez más radical, entre vida urbana y vida campesina o aldeana, y la sobrevaloración de la primera respecto de la segunda. La ciudad se relaciona de manera extractivista sobre su propio sustrato y el entorno natural (tierra, agua, aire, plantas y animales), y subordina la vida al productivismo y mercantilismo.
Javier Medina2 asevera que con las ciudades “el extractivismo da sus primeros pasos… talar los bosques son los primeros pasos del extractivismo”. Y plantea que la forma ciudad da a luz un nuevo ser, abstracto y virtual, que no está arraigado y que tiene el sentido de crecimiento. Es en el entorno citadino donde se desarrolla ese deseo de solo crecer, en tanto modelo.
La ciudad también es el espacio del orden que se desordena, cuando es tomada por los movimientos, las mujeres, las masas, los jóvenes o los plebeyos; el espacio del orden capitalista y patriarcal, que quiere avasallar con todo sin conseguir todo.
Las ciudades están hechas para la circulación no de las personas, sino del capital, las mercancías, los objetos y los carros, es decir, la máquina. Las megaciudades latinoamericanas destrozan el entorno, sin ninguna planificación. En ese proceso no solo se está evacuando el campo, sino el horizonte de vida y los saberes. Sin embargo, en esas megalópolis desaforadas también ocurre la resistencia y la negativa a ser meros objetos circulando, cuerpos que transitan a los lugares de trabajo y regresan en la velocidad del tiempo citadino, a reponerse como mera fuerza de trabajo.
La simbiosis patriarcado –dominación masculina– y capitalismo ocurre en las ciudades como centros de poder. Se trata de una dominación espacial y funcional. En la ciudad se refleja la división sexual del trabajo, así como la valoración del ámbito de la producción –espacio público– sobre el de la reproducción –espacio privado–. Si bien es cierto que el espacio público es presentado como un espacio para todos, el imaginario social y la violencia de género impiden hablar de prácticas igualitarias ni de libertad en esos espacios de las ciudades. Ha sido muy estudiado cómo las ciudades para las mujeres son símbolo de inseguridad, y cómo se les propone cuidarse de no salir solas por las calles, a riesgo de ser vistas como trasgresoras. Habrá que reconocer, asimismo, que el dominio masculino privilegia un cierto tipo de masculinidad, una hegemónica que también es impuesta a muchos de los varones.
Ahora voy a hablar sobre cómo pensar una ciudad distinta, o cómo reconocer ejercicios para habitar y transformar las ciudades contemporáneas: pensar la ciudad como espacios en disputa, conglomerado de lugares simbólicos, trazos de historias múltiples; ciudades intervenidas por las pintas nocturnas, los grafitis, los monumentos alterados por constructores nocturnos, invisibles. Hacer pintas, manchar la ciudad, desordenarla e intervenirla es una manera de apropiarse de los espacios, darles la vuelta.
Por otra parte, tenemos el retorno al saber agrícola en la urbe, sobre todo en las generaciones jóvenes. Hay una intención de construir una ciudad en transición, donde se lucha por recuperar espacios, darles nueva vida colectiva, ampliar lo público, defender los parques, los árboles, ir en contra de los centros comerciales, refundar el derecho al ocio, al tiempo libre y los espacios que tenemos para ello en las ciudades; es decir, los espacios de disfrute, siendo esto una especie de recuperación de la vida cualitativa en medio de la urbe. Detener al sujeto del consumismo generado por la ciudad del capital.
Las mujeres somos objetivos centrales en las políticas consumistas del capital, sujetos del blanqueamiento implicado en esas políticas, para quienes no hay vida si no hay un mall, un gran centro comercial donde todo se puede satisfacer. Uno va al centro comercial, porque es súper eficiente, todo lo tiene ahí. El centro comercial como perspectiva de vida, con su homogenización del gusto. Actualmente, la gente se organiza en oposición a estas acciones de los monopolios privados o de los Estados.
En México hemos tenido batallas campales porque no se ponga una tienda ahí o porque, en lugar de la tienda, sea un parque. ¿Cómo pensar una ciudad en transición? Habrá que pensarla desde la producción de espacios más vinculados con el cuidado, el cuidado recíproco de todos con todos y con la integración del medioambiente. Una ciudad que, en lugar de pensar en la movilidad y la circulación del capital, a través de la ampliación de sus vialidades que restringen a los peatones, piense en hacer lo que las personas necesitan: escuelas, guarderías, que los barrios estén llenos de parques, vialidades para bicicletas, calles peatonales; acciones que ponen un alto a la velocidad de la máquina y a la circulación de la mercancía.
Ciudades verdes, donde proliferen las plantas desde los segundos pisos de las vialidades; los huertos urbanos en los edificios recuperados, en las colonias marginales; los jardines urbanos, los cultivos en las azoteas. Podemos imaginarnos una reapropiación de los conocimientos y las prácticas de la civilización material en el centro mismo de la civilización económica, que la vaya trastocando ahí, en el corazón de las ciudades con ningún diseño reconocible; hacer surgir el barrio, lo colectivo, lo vivo.
Por: Márgara Millán (1)
1 Ponencia en el conversatorio interno realizado en el marco del Encuentro Regional Feminismos y Mujeres populares, realizado del 4 al 6 de junio de 2013 en Quito Ecuador.
2 http://www.circuloachocalla.org/aldeas-matriarcalesciudades-patriarcales-redes-chacha-warmi-de-pueblos-en-transicion/



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