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Siria y el nuevo orden en Oriente Medio

Siria y el nuevo orden en Oriente Medio

La guerra en Siria conjuga tensiones internas, mundiales y regionales que acumularon presión a largo plazo. Bastó la chispa de la llamada “primavera árabe” para que el delicado equilibrio del Levante estallara en mil pedazos.

La aplicación del modelo neoliberal desde el final del gobierno de Haffez al Asad tensó la situación en Siria. El país rompió con un modelo de economía social, con cierta impronta soviética, y se abrió al mercado global. La vieja burguesía sunita y la burguesía burocrática emergente en 1963 se adaptaron a la nueva realidad mercantil y a la expansión neoliberal, aprovechando el final de la seguridad social siria. Esto generó grandes tensiones en todo el país al dejar en el desamparo a millones de familias que perdieron toda protección estatal. Bashar al Asad profundizó estas medidas y la alianza económica con Occidente, fundamentalmente con Estados Unidos y Francia. Y fue puesto como “ejemplo” por el Fmi.

La corrupción y el Estado clientelar, además de la falta de controles democráticos, distorsionaron la economía siria. Fondos para obras fundamentales de infraestructura eran literalmente robados por los burócratas a lo largo de toda la pirámide jerárquica. Así, cuando el cambio climático impactó las llanuras del Deraa y las planicies del sur, el gobierno no tuvo respuestas ya que no había construido los acueductos y otras obras básicas para contrarrestar las sequías que desertificaron la zona y dispararon la emigración a las ciudades. Alepo, Hum y Damasco vivieron una explosión demográfica en sus márgenes, donde las tensiones sociales se acumularon. El neoliberalismo, la inflación y la desocupación hicieron el resto.

LAS TENSIONES POLÍTICAS.

La crisis social tuvo un correlato inmediato en lo político. Como en todo el Levante, la religión, lo tribal y lo político tienen en Siria un vínculo complejo.

La mayoría del país es sunita, y son sunitas los miembros de la burguesía comercial que fue desplazada en 1963 con la llegada de los militares nacionalistas al poder. Éstos implantaron un nuevo sector económico hegemónico, originario del mundo rural, que se aburguesó y consiguió prebendas del Estado. De origen chiita alauita, esta nueva clase ascendió rápidamente y con la misma velocidad se corrompió y vivió gracias al Estado “revolucionario”. Las tensiones entre ambas burguesías, sumadas a las contradicciones religiosas, fueron creciendo conforme en la década del 90 el gobierno cambiaba la orientación económica.

Las tribus, principalmente las afincadas en la frontera con Turquía e Irak, son un factor clave en el equilibrio interno de poder, pues convocan a miles de sirios que responden más a sus tradiciones ancestrales que al Estado central “moderno”. Es en la zona de influencia de estas tribus donde el pueblo kurdo acciona, representando uno de los más graves problemas para Damasco. El Kurdistán histórico reivindica el oriente sirio, y parte del pueblo kurdo está organizado política, social y militarmente, con ayuda internacional, especialmente con los múltiples aportes del Estado de Israel. Si bien las tensiones tuvieron momentos álgidos –como la masacre ordenada por Haffez al Asad en 1982–, hoy en la guerra civil Bashar al Asad pactó una tregua, habilitó la autonomía de la región kurda siria y tiene en los peshmergas un aliado contra el Estado Islámico (EI).

EL CONTEXTO REGIONAL Y MUNDIAL.

En el ajedrez regional intervienen actores que tensan el conflicto. En 2011 en Siria sólo hubo un alzamiento popular en protesta por la situación económica y reivindicando la democracia. Luego el proceso tomó otra complejidad, producto de las acciones mundiales y regionales.

El reflejo de la “primavera árabe” llegó a Siria, como a todo el Oriente Medio, no como una “operación del imperialismo”. Si bien la injerencia extranjera es parte de todas las rebeliones desde siempre, en Siria el estallido interno disparó una intervención que muestra un perfil múltiple.
Los problemas en las zonas adyacentes son varios. Al largo conflicto en el Kurdistán se suma la reivindicación de los Altos del Golán ocupados por Israel en 1967. La tensión con Tel Aviv está viva desde entonces e Israel opera con el objetivo de debilitar a su vecino en todos los frentes; de allí su apoyo a los kurdos y a otras fuerzas que empezaron desde mediados de 2011.

Otro actor clave es la tríada Siria-Irak-Irán. Desde la caída de Saddam Hussein la relación con los gobiernos iraquíes “autóctonos” –hay que llamarlos de alguna manera– fue mucho mejor que durante la dictadura. Bagdad reabrió el flujo petrolero por los oleoductos que desembocan en la costa mediterránea de Siria, que habían sido bloqueados por Estados Unidos en 2003. Asimismo el chiismo iraquí tiene en el alauismo un aliado, como también en la teocracia iraní. Los tres poderes del triángulo Damasco-Bagdad-Teherán tienen enemigos similares; los kurdos, los sunitas wahabitas, Arabia Saudita, y ahora el EI.

Estados Unidos es, sin duda, el gran poder en el Levante. Su relación con Siria ha sido, por lo menos, oscilante en los últimos 25 años. La distensión durante el gobierno de Bush Senior se reflejó en el apoyo logístico y militar de Al Asad en la Guerra del Golfo Pérsico, en 1990. A partir de ese momento la situación mejoró sustancialmente y el intercambio con Europa y Estados Unidos fue cada vez mayor y mejor. El punto culminante fue la visita de Bill Clinton a Damasco y el apoyo de Washington a Siria para que integrara el Consejo de Seguridad de la Onu, a pesar la las duras críticas del premier israelí Ariel Sharon.

En Europa, el francés Nicolas Sarkozy vio en Bashar al Asad un aliado confiable. La relación entre París y su ex colonia fue en aumento. Sin embargo, la llegada de George W Bush y los halcones cambió para siempre el trato y las maneras de Occidente hacia Damasco.

Luego de la ocupación de Irak, los halcones, con Donald Rumsfeld a la cabeza, vieron en Siria un muy probable segundo blanco. El bloqueo de los oleoductos y las presiones sobre Damasco para apurar un cambio de régimen y para que se deshiciera de sus armas químicas llevó la tensión a niveles inesperados pocos años antes. Al Asad y la elite del Baas y del alauismo se abroquelaron en una trinchera defensiva y no salieron de ella hasta el triunfo de Barak Obama, cuando la relación mejoró, si bien el gobierno estadounidense mantuvo la presión sobre Damasco en varios temas críticos. Pero apenas comenzada la rebelión siria, Estados Unidos se alineó con la oposición y apoyó el derrocamiento del gobierno.

Rusia no es un jugador menor en este ajedrez. Por el contrario, es tal vez el más importante. Poseedora de una base naval –el puerto de Tartus–, su respaldo a Bashar al Asad tiene un buen motivo geoestratégico: su presencia en el Mediterráneo oriental justo en el momento en que Vladimir Putin se lanza a la reconstrucción del espacio euroasiático buscando neutralizar la alianza de Occidente con Ucrania. Las cercanías geoestratégicas conectan a Rusia con una región donde Turquía queda en medio del camino hacia el Mar Negro y por tanto frente a la recién anexada Crimea,

además de la cercanía con Asia Central. En síntesis, la desestabilización de la frontera sirio-turca puede contagiar a una región altamente volátil en la “base” geográfica de la hegemonía que Moscú intenta reconstruir. “Si Ucrania constituye el muro defensivo de Rusia contra Europa en el este, Siria, que combate contra rebeldes islamistas tan fieros como los que Putin ha enfrentado en Chechenia, es parte del flanco sureño de Moscú”, dice el analista Robert Fisk. No menor es la importancia económica que Siria tiene para Rusia, al ampliar su base geopolítica. A finales de 2013 Putin acordó con Al Asad un tratado de explotación de hidrocarburos en el mar territorial sirio. Suleiman Abbas, el ministro del petróleo sirio, explicó que la explotación se desarrollará en un espacio de 2.190 quilómetros cuadrados entre Banias y Tartus. Las razones para estas concesiones son producto del vínculo dependiente que Putin logró concretar con Siria. Cuando la intervención estadounidense era inminente, en agosto de 2013, luego de los ataques con gas sarín a las poblaciones rebeldes, Moscú puso todo su peso político para apoyar al gobierno sirio y logró que Damasco aceptara desmontar su arsenal de armas químicas, evitando así la intervención directa de Estados Unidos. Fue un punto a favor de Putin, que ató de pies y manos a Siria al dejarla dependiente del poder militar ruso ante un eventual ataque de Occidente o, peor aun, de Israel.

En otro orden, más atado al conflicto religioso y político, Arabia y Qatar promovieron la guerrilla wahabita, apoyaron a los Hermanos Musulmanes al principio de la rebelión, hasta que mutaron en el Frente Al Nusra, primero, luego en el Ejército de Liberación –en gran parte escindido del ejército oficial sirio– y ahora forman parte medular del Estado Islámico. El hecho de que Barack Obama no apoyara ni logística ni militarmente a la oposición siria, luego del veto sino-ruso en el Consejo de Seguridad, empujó a gran parte de las guerrillas a los brazos del Estado Islámico, mejor armado y preparado para la larga yihad que se prevé. Arabia Saudita busca incidir tratando de debilitar la alianza Damasco-Teherán, para lograr su objetivo histórico de transformarse en la potencia regional más importante. Debilitar o derrotar a Irán es parte fundamental de su estrategia. No menor en importancia es el conflicto del “Oleoducto Islámico”, que marginaría al reino de los Saúd y a otras potencias regionales. En 2009 Damasco se negó a suscribir un acuerdo con Qatar para construir un gasoducto a través de Siria, y prefirió firmar un convenio con Irán e Irak para construir un gasoducto que partiría desde el yacimiento iraní de South Pars, en el Golfo Pérsico, y que podría transportar 120 millones de pies cúbicos de gas por día. Este proyecto, conocido como el “Gasoducto Islámico”, sería el más grande de Oriente Medio y dejaría al margen a países como Arabia Saudita, Qatar y Turquía, algo inadmisible. El régimen de Ankara sueña con que Turquía sea la única ruta para la salida del gas de Asia Central, el Mar Caspio, Irán e Irak, con proyectos como el gasoducto Nabucco, considerado una pieza clave en el plan de la Unión Europea para diversificar sus suministros de energía lejos de Rusia0.

En esta lógica económica y geoestratégica, Arabia Saudita crió cuervos que pueden comerle los ojos. El califato del Estado Islámico, sin límites precisos, ocupa 140 mil quilómetros cuadrados desde el norte de Irak hasta el norte de Líbano. Hay un consenso general entre los analistas en que por primera vez un intento yihadista logra afirmarse de forma permanente en un territorio y, por tanto, lograr lo que nunca antes: “liberar” una zona amplia donde aplicar la sharia wahabita, contando con el apoyo de una parte de la sociedad, harta de guerras, de corrupción y de inestabilidad. Financiado por “aportes” regionales y por el contrabando de petróleo, el EI se ha vuelto un competidor formidable en el ajedrez regional. En consecuencia, su expansión obligó a Estados Unidos a intervenir y a reconfigurar sus alianzas en la región.

La ironía de la historia quiso que viejos enemigos ahora se volvieran aliados. El acuerdo de Estados Unidos con Irán y con Siria, y la presión yanqui para neutralizar el accionar yihadista de Arabia Saudita asombró a muchos en la región y en el mundo. La amenaza del Estado Islámico y la declaratoria de guerra que hizo en junio contra los chiitas alertó especialmente a Irán, que no sólo redobló los esfuerzos para mantener a Al Asad en el poder sino que logró lo impensable hasta hace pocos meses: un acuerdo con Estados Unidos y con Arabia Saudita para distender sus diferendos en la zona y atacar coordinadamente al nuevo califato. Unidos, entonces, ante la amenaza común, iraníes, estadounidenses y sauditas bajaron el hacha de guerra mientras dure la amenaza. El pacto con Irán responde, además, al nuevo papel de Teherán en la región y en el mundo, especialmente debido a la solución del diferendo por la producción de uranio enriquecido. El acuerdo 5+1 al que se llegó “sorprendentemente” el 24 de noviembre de 2013 es parte de la estrategia regional de los ayatolás, especialmente dirigida a Siria.

Olivier Roy sostiene que “ahora asistimos a una redefinición de esos espacios entre el mundo sunita y el mundo chiita. Hay un cambio de los equilibrios estratégicos que puede tomar la apariencia de nuevas fronteras. Se va a mantener el marco de los estados existentes: Siria, Irak, Irán, Turquía, Jordania…, pero van a estar atravesados por nuevas zonas de influencia. Por ejemplo, los kurdos. No surgirá un gran Kurdistán, aunque sí es factible que el Kurdistán iraquí llegue a ser independiente. Formalmente, la frontera internacional de Irak no se moverá, pero Irak se verá redefinido por divisiones internas”. O sea, un rediseño de regiones en Irak, el nacimiento de un Kurdistán independiente, una zona chiita y otra sunita prefiguran un futuro donde la religión o el perfil nacional-histórico serán prioritarios. Según Roy, el chiismo es el gran ganador de esta situación, y especialmente Irán, que verá ampliada su zona de influencia llegando a las ciudades santas iraquíes, y gracias a que mantuvo en el poder a Bashar al Asad. En conclusión, habría una redefinición de equilibrios entre saudíes y persas, donde Estados Unidos tendrá un papel marginal.

Sin embargo, el avance chiita fue acompañado por el éxito kurdo en Irak. El intento de golpe de Estado de Yuri al Maliki y su virtual desplazamiento por Estados Unidos con la asunción de un primer ministro kurdo reposiciona las correlaciones de fuerza iraquíes, llevando al país a un nuevo statu quo entre chiitas y kurdos, lo que habilitaría la partición de Irak. El reordenamiento de Oriente Medio será, entonces, plural y multifactorial.

Ninguno de los poderes formales quiere la existencia de los yihadistas ni del Estado Islámico. En consecuencia podría haber llegado la hora de una transformación que redibuje las fronteras y las zonas de influencia regionales, donde la división política se funde en criterios reales, ya sean religiosos o nacionales. En ese sentido, Estados Unidos ha comprendido que ese nuevo orden implica la acción de todos, incluyendo a aquellos que consideró sus enemigos, Irán en primer lugar. Arabia y Qatar deberán repensar sus financiaciones al salafismo.

La guerra en Siria terminará en algún momento, y así como Henry Kissinger planteaba que no puede haber guerra sin Egipto ni paz sin Siria, hoy se puede pensar que no podrá haber paz ni un mundo más seguro sin solucionar el conflicto social, económico y geopolítico en la zona. Para ello Occidente debe replantearse su manera de relacionarse con los países de Oriente Medio, algo que le cuesta entender.

Información adicional

Autor/a: Fernando López D'alesandro
País: Siria
Región: Medio Oriente
Fuente: Brecha

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