El Polo está en el ojo del huracán. No sólo por la investigación que sobre corrupción cursa contra algunos militantes que desempeñan funciones públicas. Las preocupaciones también son de otro calibre: su forma de gobierno, que no satisface a muchos; pero también su dinámica constructiva, que no supera el eje electoral.
Los dos últimos temas no se han podido resolver y están presentes en todos los debates del partido, desde el momento mismo de su constitución.
Dinámica constructiva
No es para menos. Un partido de izquierda –si realmente quiere ser poder– no puede reducir su fundamentación a la declaración de principios ni a la propaganda con la cual se dice solidario de las luchas sociales. Su real perfil y su capacidad de transformación de la estructura que enfrenta se desprenden de la relación que potencia con el conjunto de la sociedad, para lo cual necesita enraizarse en su seno.
Para lograr tal conexión con la sociedad, para enraizarse, hay que tener sintonía con las cotidianidades de las mayorías; y, en esa búsqueda, esforzarse para lograr que esas mismas mayorías se transformen en sujetos de su propia liberación. Es decir, el esfuerzo no es para que se hagan militantes del partido –lo cual no estaría mal– sino para que se transformen transformando la sociedad. El partido acompaña, potencia, estimula, pero no mediatiza.
De ahí que la dinámica del partido, en la búsqueda de esa conexión con las mayorías sociales, no se puede concentrar ni reducir al esfuerzo para lograr la simpatía ciudadana por un voto. La relación partido-sociedad no puede ser simple y únicamente para que la gente sufrague por unos candidatos, pues, al reducir así la búsqueda y la conexión, lo que hace es institucionalizar las luchas sociales, minimizando sus pretensiones y sus potencialidades.
Pues, bien, tras estos cortos años de existencia del PDA no se logra una conexión con el conjunto social, en buena medida porque la agenda del partido se reduce al esfuerzo electoral, es decir, a la dinámica institucional. Por ello, suena hueca la declaración emanada de la reciente reunión de su dirección nacional, realizada en Bogotá durante los días 4 y 5 de febrero, como cuando dice: “El PDA expresa su compromiso y voluntad de fortalecimiento de los movimientos y las movilizaciones populares que levantan la protesta social desde las distintas regiones del país. Respetamos y compartimos sus reivindicaciones concretas y su llamado a unir las luchas por un cambio democrático. Estamos con los sectores campesinos, indígenas, afrodescendientes, estudiantes, las mujeres, el pueblo ROM, las minorías LGTB y los trabajadores, en especial los de las grandes empresas que explotan y saquean nuestros recursos estratégicos en los megaproyectos y la gran minería”.
El vacío se refuerza cuando leemos, además: “El PDA se reafirma en su vocación de poder, en avanzar en el fortalecimiento de las propuestas y políticas que nos han permitido ser gobierno y demostrar que esa propuesta de país tiene un sello diferente de justicia social, de equidad, democracia; un gobierno para la gente”.
La contradicción es evidente y hace parte de los debates constantes y no resueltos en el partido: la necesidad de gobernar con las mayorías, lo cual no se logra únicamente cuando se toman medidas en su favor sino –y esto es indispensable– asimismo cuando se facilita que la población pase de ser objeto a ser sujeto de las dinámicas diarias de su ciudad o su país.
En esta ecuación objeto-sujeto descansa uno de los fundamentos de la política de izquierda, pues no basta con hacer a nombre de esa población; hay que propiciar que ésta, siempre a la espera de que hagan en su nombre, ahora coja su propio destino –el colectivo– entre sus manos y lo concrete. Ello requiere efectivas políticas públicas, recursos económicos para que la letra se haga cuerpo, espacios para poner en marcha experiencias piloto, nuevos énfasis en la orientación económica, etcétera. Es decir, hay que propiciar la movilización de la población para que ella rompa las estructuras que la oprimen.
Habrá que empezar entonces, tras este ejercicio, por convocar para construir las políticas que van a operativizar y actuar sobre la problemática social. Es decir, hay que abrir las puertas del gobierno. Y eso no es lo que ha sucedido en los gobiernos locales que preside el PDA, de suerte que, si en las próximas elecciones se pierden esos gobiernos locales, se habrán perdido un instrumento y una oportunidad para acelerar el proceso de construcción de una ciudadanía digna, empoderada, apropiada de una política diferente para vivir, en movilización, defendiendo lo construido y lo que está por construir. O sea que no se ha potenciado la constitución de un sujeto con vocación y decisión de poder.
En este sentido, se debe subrayar que de las acciones políticas del Polo tan solo se pueden destacar los debates en el Congreso de la República, pues su presencia en las calles ha sido prácticamente nula, y en los grandes sucesos del acontecer nacional (como las recientes tragedias nacionales) no ha pasado de los consabidos comunicados.
Ética y corrupción
Pero el PDA no sólo ha sido incapaz de enraizarse y potenciar el surgimiento de nuevos sujetos sino que tampoco pone en marcha una política interna que garantice que quienes son funcionarios públicos a nombre suyo ejerzan sus funciones con ética de izquierda y desarrollando los programas definidos colectivamente, además de responder ante su colectividad por lo que hacen y dejan de hacer.
La experiencia es más que diciente. Y dolorosa. El partido asume las campañas electorales pero, una vez elegidos sus candidatos, éstos se vuelven ruedas sueltas, sometidos a los vaivenes de la política heredada en las oficinas gubernamentales. Según su buen sentir y entender, el realismo político se impone, sin ‘comprender’ que aquello que hacen (la manera como lo hacen) y lo que dejan de hacer pende en cada momento sobre la colectividad.
Esas ruedas sueltas olvidan que para la izquierda es fundamental, por ejemplo, la participación decisiva de la comunidad. No sólo opinar y llenar listas de asistencia a talleres sino –esto es fundamental– además contar con poder de decisión a la hora de poner en marcha uno u otro programa de ciudad. Tal participación comunitaria se debe transformar en fundamental, en vacuna, a la hora de la corrupción.
Por esto, la sindicación-investigación que hoy está en marcha contra el principal funcionario de Bogotá y su hermano, por corrupción (más allá de si es cierto o no), se pudiera obviar si de verdad el PDA gobernara con las puertas abiertas. Este es precisamente uno de los faltantes que debilitan al partido y que lo tienen cerca de su liquidación. Y esto mismo se potencia en varios decibeles cuando el propio partido se niega –como acaba de suceder en la reciente reunión de su Dirección Nacional– a encarar un debate sobre el tema, debate que no se trata de abordar en su cariz jurídico sino, y sobre todo, en su significado y sus implicaciones políticas.
Por ello, no basta con decir, como reza la declaración de la Dirección Nacional: “La corrupción y el clientelismo son prácticas incongruentes e incompatibles con el pensamiento y las necesidades que inspiraron nuestro nacimiento como opción política”, dejando el tema en manos de los jueces.
Al darle la espalda al debate político sobre la forma como se ha gobernado, a la indisciplina de los militantes-funcionarios públicos; al no valorar y autocriticarse ante la ciudadanía por lo realizado sin su participación, así como por lo dejado de hacer –sin su participación–, el PDA actúa como un partido tradicional, que negocia las contradicciones en su interior sin correr el riesgo de abrir el debate sobre cómo ser gobierno y ser poder, siempre ante y con la ciudadanía.
Los dos gobiernos del Polo en Bogotá han dejado, sin lugar a dudas, un sinsabor entre quienes consideran que opciones alternativas de vida son posibles. ¿No es hora de que el PDA inicie un balance serio sobre lo conseguido y lo fallido? ¿No es obligación de un partido político que aspira a ser alternativa no sólo de gobierno sino también de la forma de hacer y concebir la política, una autocrítica que lo potencie?
La crítica situación mundial, hoy más que nunca, nos obliga a ser osados y entender que en las afugias del nuevo orden mundial la izquierda tiene mucho para decir. De ahí que hoy, luego de la reunión de la Dirección Nacional del PDA, al unísono, con muchos militantes, podamos preguntarnos: ¿Es éste el partido que queremos? ¿Es éste el partido que necesita el país?

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