
Existe un extenso común denominador entre caricaturas y modelos económicos, dentro del cual pueden destacarse los siguientes elementos: ambos productos hacen parte del mundo de las ideas aunque son representaciones abstractas, en demasía simplificadas, de las realidades; el caricaturista toma algunos rasgos que exagera y deforma para, justamente, poner en ridículo al sujeto o realidad que dibuja y busca criticar o resaltar; el hacedor de modelos reduce una compleja realidad a unos rasgos (denominados variables) que la hagan fácil de entender y, en consecuencia, de manipular a través de políticas; por lo general, ambos productos son hechos por personas externas, distantes y que a veces, experimentan antipatía y desprecio hacia seres y realidades que, aun así, pretenden interpretar; finalmente, las dos creaturas, por simplistas y arbitrarias que puedan ser, inciden profundamente en la transformación del mundo que representan y, por tanto, a ellas aplica el sabio aserto del economista J. M. Keynes hacia el final de su obra Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero:
“…las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto. Locos con autoridad, que escuchan voces en el aire, destilan su histeria de algún escritorzuelo académico de uno años antes. Estoy seguro que el poder de los intereses creados es vastamente exagerado cuando se lo compara con el gradual avance de las ideas. No, por cierto, en forma inmediata, pero luego de un cierto intervalo; porque en el campo de la economía y la filosofía política no hay muchos que sean influenciados por nuevas teorías luego de sus veinticinco o treinta años de edad, por lo que las ideas que los funcionarios públicos y políticos, y aun los activistas aplican a los eventos actuales no es probable que sean las últimas. Pero, tarde o temprano, son las ideas, y no los intereses creados las que son peligrosas para bien o para mal”
En el ejemplar 1.099 de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, con portada alusiva a una masacre en Egipto, aparece la caricatura de un ser humano que está siendo acribillado a balazos, aunque vanamente trata de protegerse con una copia del Corán, todo esto acompañado de la leyenda “El Corán es una mierda, no detiene las balas”. En otro número de la mencionada revista aparece la escena de una orgía sodomita entre los tres sagrados personajes bíblicos: el padre, el hijo y el espíritu santo. Estas y otras controvertidas caricaturas, no son sólo muestras de la libertad de expresión sino, además, ideas que inciden en la opinión pública y, por decir lo menos, pueden promover el desprecio hacia los valores religiosos y el ostracismo en contra de los creyentes. Ante el poder de controvertidas ideas unos terroristas asesinaron alevemente a varios caricaturistas de Charlie Hebdo y, sin tardanza, controvertidos líderes de nocivas potencias económicas, grupos de intelectuales y multitudes de gente defienden la libertad de prensa y deifican como héroes a los dibujantes mártires.
Millones de borregos del género humano, comandados por líderes políticos y hacedores de leyes y políticas públicas, han seguido al pie de la letra el plano invocado por unas pocas docenas de filósofos de la vida material, a tal punto que día tras día buscan asemejarse al modelo ideal plasmado por tales economistas. El homo economicus es un modelo basado en las suposiciones de intelectuales dotados de enfermiza imaginación y que de ser plasmado por un caricaturista tendría los siguientes rasgos: sin lugar a dudas no tendría la forma de un ser humano, más bien se podría representar con la figura de una rata de laboratorio carente de valores, plena de caprichos, tentaciones y banales gustos, un ser sin sentido y fácilmente manipulable mediante estructuras de incentivos legales y económicos. También se podría dibujar como una especie de tonto racional –para usar la afortunada sátira de Amartya Sen – postrado ante el trono de su función de utilidad (esta puede ser un bolsillo repleto de nauseabundos billetes) y, por ende, carente de afectos, emociones y vida social. Los mansos y bien amanerados especímenes de la civilización occidental no se han ofendido ante semejante caricatura y, por el contrario, reducen gran parte de su existencia a obedecer estímulos monetarios, a tal punto que la maximización de ingreso se convierte en una obsesión para individuos y naciones.
La desproporcionada pretensión intelectual de hacedores de modelos (quienes buscan responder a todas las preguntas y prever todos los acontecimientos) y a la ofensiva petulancia de muchos caricaturistas (que pretenden ofrecer el retrato completo y verdadero de una realidad) se condensa, por ejemplo, en la propuesta salvadora de un tecnócrata. El profesor James A. Robinson, coautor del texto”¿Por qué fracasan las naciones? ha ofrecido una mágica fórmula para solucionar, quizás, la casi totalidad de los problemas que sufre la sociedad colombiana. En un reciente reporte periodístico , de un plumazo descarta cualquier tentativa de economía campesina y de restitución de tierras (pues la repartición de tierra es un juego de suma cero) y le apuesta a la educación (a la que supone como un bien público sin exclusiones ni rivalidades) y, por lo demás, le otorga credenciales de sabiduría académica a un sanguinario jefe paramilitar así: “[…] bajo ese modelo, ¿cómo se pacifica el campo? Esto no fue un problema en Barbados, Mauricio o incluso Inglaterra. Creo que, como lo entendió Vicente Castaño, se debe usar a la élite para hacerlo. Castaño dijo: ‘[…] en Urabá tenemos cultivos de palma de aceite. Yo mismo he persuadido a empresarios para que inviertan en esos proyectos productivos de largo plazo. La idea es que los ricos inviertan en esos proyectos en diferentes zonas del país. Cuando los ricos lleguen allí, las instituciones del Estado vendrán detrás. Infortunadamente, las instituciones estatales solamente participan en estas aventuras cuando los ricos están metidos. Tenemos que llevarlos a todas las esquinas del país y esa es una de las misiones de nuestros comandantes’ […]” (Ibíd.).
Por fortuna el sabiondo profesor no sufrió el atroz destino de los dibujantes franceses de Charlie Hebdo y más bien le han llovido ráfagas de incisivos argumentos académicos.



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