
Un buen puñado de intelectuales y activistas respondieron a la convocatoria del zapatismo, que organizó un “semillero de ideas” durante una semana en dos espacios de Chiapas. Allí se escucharon análisis que abordaron desde la crisis ambiental y el feminismo hasta las crisis económicas y la violencia que sufre la sociedad mexicana.
Apenas saliendo del aeropuerto de Tuxla Gutiérrez, al ingresar en la autopista que conduce a San Cristóbal, las casetas de peaje muestran la nueva realidad mexicana posterior a la masacre de Ayotzinapa. Decenas de estudiantes de las escuelas normales (de formación de maestros rurales) del estado de Chiapas, algunos con los rostros cubiertos con pañuelos, tienen tomado el peaje y cobran la tarifa. Reparten volantes y explican brevemente las razones de su actitud; entre otras: que sus escuelas no reciben ningún apoyo del gobierno y que son ellos y sus familias los encargados de sostener una institución nacida con la revolución mexicana que el actual gobierno quiere desmontar. Lo mismo sucede en otros estados sureños, y en particular en la autopista Acapulco-México DF.
En las afueras de San Cristóbal, al pie de una de las colinas que la circundan, se yergue el Centro Integral de Capacitación Indígena (Cideci), una universidad muy especial, donde los estudiantes viven, trabajan la tierra para su alimentación, limpian, cocinan y estudian. Según Gustavo Esteva, alumno de Iván Illich, quien impulsa la Unitierra en Oaxaca, que comparte el mismo espíritu, son “universidades sin locales, sin currículos y sin docentes”. El Cideci albergó el seminario zapatista “El pensamiento crítico ante la hidra capitalista”, con la misma naturalidad que cobijó otras iniciativas del movimiento indígena.
Es poco común la confluencia de una variedad de pensadores como Immanuel Wallerstein, Silvia Federici, Pablo González Casanova, Adolfo Gilly, Michael Lowy y John Holloway, entre los más conocidos. Si a ello se suma la participación de 1.500 personas de varios continentes, el resultado fue un evento que pocos movimientos en el mundo pueden convocar. Quizá con el declive de los foros sociales, que hace años no se hacen en América Latina, las convocatorias zapatistas sean ahora las que obtienen mayor resonancia.
¿HACIA UN COLAPSO? “Los zapatistas no guardamos un pensamiento sólo si coincide o no con el nuestro, sino si nos hace pensar o no, si nos provoca o no, pero sobre todo si da cuenta cabal de la realidad”, dijo el subcomandante Galeano (ex Marcos) en los primeros días del seminario.
Y agregó algo que nunca había dicho: “Nuestra admiración al pensamiento anarquista. Es claro que no somos anarquistas, pero sus planteamientos son de los que provocan y alientan, los que hacen pensar. Y créeme que el pensamiento ortodoxo, por llamarlo de alguna forma, tiene mucho que aprender en ese aspecto, pero no sólo en eso. Por ponerte un ejemplo, la crítica al Estado como tal es algo que en el pensamiento anarquista lleva mucho camino andado”.
Sin embargo, en su última alocución Galeano defendió el marxismo o, por lo menos, los principales escritos de Karl Marx. Citó extensamente pasajes de El capital, en particular la sección donde analiza la acumulación originaria del capital, en la que el filósofo alemán destaca que el capitalismo llegó al mundo “chorreando sangre y lodo por todos los poros”. Es posible que sea una inflexión en la trayectoria zapatista que hasta ahora no había mostrado ese perfil.
En los análisis macro predominó la visión de Wallerstein de los “sistemas-mundo”, que con su “telescopio”, dijo Galeano, es capaz de crear un relato de conjunto sobre la situación actual del capitalismo y prever, incluso a largo plazo, los derroteros de los conflictos sociales. Otros destacados intelectuales, en particular el mexicano González Casanova, se insertan en la misma tradición analítica vinculada tanto a Marx como al historiador francés Fernand Braudel que, sin embargo, suele ser cuestionada porque tiende a creer que el capitalismo caerá por sus propias contradicciones internas.
Los discípulos de Illich y los indigenistas, así como una vasta gama de artistas presentes en el evento, fueron de algún modo el contrapunto de los teóricos seducidos por Marx. Ambas corrientes comparten la importancia de lo subjetivo, ya se trate de las cosmovisiones indias o de la crítica a la ciencia, la escuela y la medicina occidental. Ambas pueden confluir en cierta inspiración libertaria, quizá romántica, que genera tensiones y desencuentros con el modo marxista de pensar y actuar.
Pero unos y otros coinciden en que la humanidad atraviesa momentos de gran incertidumbre, que pueden conducir a una suerte de colapso civilizatorio. En este punto, es posible que Marx, Illich y los indigenistas se den la mano, aunque desde genealogías diferentes. El fin del mundo o Pachatkutik, es figura omnipresente en las culturas indias. La crisis y el derrumbe del sistema es un punto clave en el pensamiento de Marx. Es fácil entender los puentes entre estas ideas y el antindustrialismo de Illich, por lo menos como tensiones éticas que, en momentos de descomposición como los que atraviesa la sociedad mexicana, pueden traducirse en acciones comunes.
TROTAR EN VEZ DE CAMINAR
Entre los movimientos antisistémicos coexisten dos miradas no necesariamente contrapuestas pero bien diferentes: quienes sostienen que estamos ante una crisis, mayor aun que las crisis cíclicas de la economía capitalista, y los que consideran que la humanidad está siendo llevada a una situación de colapso por el sistema. El zapatismo escogió la segunda, pero es también algo relativamente nuevo, probablemente influido por los hechos de Ayotzinapa y la reacción del Estado mexicano.
La idea de crisis está asociada a períodos de cambios, desorden, inestabilidades y turbulencias que interrumpen el desarrollo normal de las cosas, para luego de cierto tiempo volver a una nueva normalidad pero modificada. En las crisis pueden emerger factores de orden que le darán a lo nuevo una fisonomía diferente. Desde el punto de vista de los movimientos sociales, es importante destacar dos cosas: que el concepto de crisis está demasiado asociado a la economía y que aparece ligado a transformación y cambios.
El colapso es una catástrofe a gran escala que implica el quiebre de instituciones, en forma de ruptura o de declinación definitiva. En la historia hubo muchas crisis pero pocas catástrofes/colapsos. Como ejemplo está lo sucedido con el Tawantinsuyu, el imperio incaico, a raíz de la llegada de los conquistadores. Algo similar puede haberle sucedido al imperio romano. La peste negra entre 1347 y 1352 mató entre un tercio y la mitad de la población europea, marcando el comienzo de una nueva cultura que desembocó en el capitalismo, según los más recientes análisis de especialistas. En todo caso, el colapso es el fin de algo, pero no el fin de la vida, porque como sucedió con los pueblos indios, luego de la catástrofe se reconstruyeron, pero como sujetos diferentes.
En esa dirección fueron las palabras del subcomandante insurgente Moisés, quien dijo en el cierre del seminario: “no sabemos si nos va a dar tiempo de multiplicar esto”. Para los zapatistas, lo que se avizora no es una crisis sino algo más serio. Insistió: “el tiempo nos está ganando”, y dijo que ya no alcanza con caminar sino que es hora de trotar, de ir más de prisa. La noche anterior el subcomandante insurgente Galeano dijo que hasta un 40 por ciento de la humanidad será migrante y que habrá despoblamiento y destrucción de zonas para ser reestructuradas y reconstruidas por el capital. Al parecer no pensaba en una crisis sino en algo que podríamos llamar “colapso”, aunque no usó el término.
Sea como fuere, el encuentro fue un verdadero semillero de ideas, de análisis que van más allá de la coyuntura, que buscan comprender las tendencias de fondo que vive y sufre la humanidad. Una mirada necesaria para izquierdas demasiado enfrascadas en sus fugaces tiempos electorales. A propósito, el zapatismo les hizo un guiño a las corrientes electoralistas al afirmar que, más allá de que se vote o no, lo importante es organizarse para enfrentar un futuro caótico.



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