
El estado–nación es un mal, y sin espacio a la teología, no es un mal necesario. Ha implicado ontológicamente guerra y destrucción, chauvinismo y sentido de “patria”.
En la antigüedad, ciertamente a partir de los antecedentes de la Grecia antigua, una de las madres de Occidente —conjuntamente con Roma y Jerusalén, para decirlo de forma abreviada—, existían las ciudades—estados. Después vinieron los feudos y los shogunatos, antecedidos y sucedidos siempre por la emergencia de imperios diversos: el español y el portugués, el holandés y el británico, hasta la fecha, por ejemplo.
Desde el punto de vista evolutivo, la bondad de un órgano se funda exactamente en su función. En otras palabras, la racionalidad y justificación de un órgano estriban en lo que hacen; esto es, exactamente, en su función evolutiva.
Al estado–nación, ese engendro que nace en el siglo XIX —grosso modo—, no hay que comprenderlo por lo que dice de sí mismo, sino por lo que hace. Los mitos fundacionales siempre tienen algo de mágico y narrativo. En contraste, la bondad o maldad, la necesidad o no de un organismo estriba en lo que hace, y cómo lo hace. Ello le brinda ventajas selectivas, o bien revela adaptaciones indeseables, patológicas al cabo. Tal es el caso de las enfermedades, por ejemplo.
El estado–nación tan pronto nace revela sus patologías: la guerras de unificación, en Alemania, Italia o esa forma particular que fueron las guerras de independencia, por ejemplo, en América Latina. Y los hubo de todos los tipos: estados artificiales, como el Benelux (Bélgica, Luxemburgo y Holanda), o centrados en un imaginario centenario, como fue el caso de Alemania o Francia. Hubo numerosos estados en los que la lengua nacional no se habló propiamente hasta bien entrado el siglo XIX, pues, en ocasiones, la lengua oficial era extranjera: el francés en las cortes españolas, los numerosos dialectos, en el caso francés, y así sucesivamente.
Decir que el estado nacional es concomitante con las burguesías nacionales resulta ya, a estas horas de la vida, un truismo. El triunfo social y político, cultural y militar de las burguesías nacionales fue la constitución de su estado. A semejanza del medioevo, el estado–nación es la continuación de los territorios feudales por otros medios. Para ello, las distintas burguesías crearon o adecuaron modelos foráneos del derecho. Así, dicho de forma genérica, el derecho se convirtió en la gramática de la política. Y la política, sencillamente en la legitimación de la economía, esto es, de un sistema de propiedad. Nacía y se consolidaba así, filosóficamente, el liberalismo: derecho a la propiedad y la dignidad de la persona. Sobre las bases del estado–nación.
Como bien lo vio en su momento U. Beck, el estado–nación no es otra cosa que el estado como un contenedor (exactamente a la manera de los contenedores de los puertos marítimos alrededor del mundo, por ejemplo): todo es posible al interior del estado, y nada es posible por fuera del mismo.
Pero tan pronto nace, el estado–nación revela su verdadera esencia: la violencia en todas sus formas: las guerras justas e injustas (horribile dictum).
En perspectiva histórica —esto es, notablemente a largo plazo (longue durée)—, tan pronto nace el estado–nación divide y guerrea. Los mejores productos de la historia del estado–nación son, entre otros, sin lugar a dudas:
• La primera guerra mundial (1914–1918)
• La segunda guerra mundial (1939–1945)
• La guerra de Corea (1950–1953)
• La guerra de Vietnam (Vietnam, Laos y Cambodia) (1955–1975)
• Todos los sistemas de neocolonialismo (en África y regiones de Asia) (años 1960)
• Las dictaduras de América Latina (años 1970)
• Las diferentes guerras de los Balcanes (Eslovenia [1991], Croacia [1991–1995], Bosnia [1992–1995] Kosovo [1998–1999])
• Las guerras de Irak (2003 hasta la fecha)
• La guerra de las Malvinas (o islas Falkland)
• Las guerras de Afganistán (2001 hasta la fecha)
• La guerra en Ucrania (2013 a la fecha)
Y ello para no mencionar el conflicto árabe–judío y palestino–judío, la guerra de y entorno al Estado Islámico, las guerras religiosas entre católicos y protestantes en Irlanda, y muchas más.
No sin ironía, la Unión Europea se vanagloria del período de paz más extenso en la historia en territorio europeo. Cuando la verdad es que han exportado guerras y han mantenido los conflictos tan lejos como han podido. Sin mencionar esa guerra inhumana que es la tragedia de los africanos por entrar a Europa buscando condiciones para sobrevivir, una situación producto de la propia Unión Europea, y Estados Unidos.
Digámoslo directamente y sin ambages: el estado–nación es un mal, y sin espacio a la teología, no es un mal necesario. Ha implicado ontológicamente guerra y destrucción, chauvinismo y sentido de “patria” (sic). Desde luego que existen los albaceas y testaferros del estado–nación: su mito fundacional y su historia, sus signos y símbolos. La geografía nacional y el derecho administrativo, y siempre la tensión entre centro y periferia (la capital y la provincia). Con todo y los consabidos gastos y presupuestos militares y de seguridad onerosos, que tan sólo benefician a los grande fabricantes mundiales de armamento.
Cuando se escriba la historia de la infamia mundial, un capítulo central será ese engendro que es el estado–nación. Ese pequeño ego nacional y patriótico, esa identidad nacional y cultural, al cabo.
En contraste, la naturaleza no conoce de aduanas ni fronteras, de sistemas de seguridad y administración nacionales y regionales. Existe un concepto preciso que, desde la ecología, cabe perfectamente para la geopolítica mundial —con todos y sus flambeantes organismos multilaterales (sic)—. Se trata de la pathocenosis. La pathocenosis (un concepto que debemos originariamente a M. D. Grmek) designa la idea de que también los biomas y los nichos, los ecosistemas y los paisajes naturales enferman, como es efectivamente el caso. Pues bien, el estado–nación expresa, en el plano de la política, la geografía y los pequeños sentimientos nacionales, la sensación de pathocenosis. Enfermedad ecológica a gran escala. Y entonces, sí: el estado–nación se revela como una auténtica patología —en este caso, cultural y jurídica, administrativa y policial.
Digámoslo en categorías históricas: el estado–nación es una enfermedad producida por las burguesías nacionales, que es, en buena medicina, el lugar donde se incuba la pathocenosis.



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