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El espectro de la aventura humana

El espectro de la aventura humana

 

Afirmar la realidad con base en la percepción natural nos convierte en conservadores ultramontanos. Lo real no se funda ni se reduce al espectro mismo de lo visible y, ciertamente, no con base en la visión humana.

 

Si la antropología enseña que toda cultura se comprende a sí misma como el centro del universo, ello no es menos cierto ya en general para esa forma particular de experiencia del universo, que es la humana. Todas las guerras y los amores, las desventuras y las tragedias, las proezas y las ilusiones humanas suceden, en escala cósmica, en una franja que los seres humanos denominan “la realidad”. De manera atávica, “la realidad” se definió desde siempre a partir del umbral de la visión humana. Al fin y al cabo es dentro de dicho umbral que cabía esperar el ataque del tigre o de un enemigo y donde se hallaban los recursos naturales, las crías, el macho y la hembra, según el caso.

La ciencia y la filosofía posteriores hicieron lo suyo: construir sistemas y modelos basados en la fuerza de la percepción natural. De manera sintomática, la reproducibilidad de los experimentos, un criterio sólido para hablar de “verdad” en ciencia, siempre supuso el espectro de realidad de la visión humana. No podía ser de otro modo.

Sin embargo, dicho grosso modo, a partir del siglo XX y de forma creciente hasta nuestros días, la ciencia en general es alta y crecientemente contraintuitiva. Es decir, la fuerza de la percepción natural es cada vez menor para hablar de “realidad”. Contra el pobre de Tomás de Aquino, cada vez es menos cierto que haya que “ver” para creer, pues las cosas, fenómenos, comportamientos y sistemas con los que nos ocupamos hoy por hoy son manifiestamente contraintuitivos.
Los físicos del CERN jamás han visto ni verán las partículas y campos de que se ocupan. Lo que los poderosos ordenadores muestran a físicos, matemáticos e ingenieros, por ejemplo, son majestuosas ecuaciones y líneas de complejos programas computacionales. Lo mismo acontece en el plano del estudio del cerebro, del sistema inmunológico, en cosmología o en las dinámicas de sistemas naturales, por ejemplo.

“La realidad” abarca en verdad un ámbito de alrededor de 400 nanómetros del universo visible —e invisible (al ojo humano)—. Y es exactamente en ese umbral que acontecen las alegrías y los dramas, los sabores y sinsabores de la experiencia humana. O, por decir lo menos, es ese umbral en donde se expresan las experiencias del universo entero y que afectan directamente a los seres humanos. Sin más: ese umbral es la vida cotidiana y los avatares de la existencia; que no es decir poco, pues en ellos suceden la poesía y la literatura, la ciencia y la política, los fenómenos militares y la economía, entre muchos otros. El esquema siguiente brinda una buena aproximación de la franja visible del universo, que atávicamente se ha llamado “lo real”:

 

Imagen tomada de Internet

Pues bien, a partir de los años 1950 tiene lugar una serie de acontecimientos que cambian radicalmente el espectro de toda la historia humana acontecida hasta la fecha; así: de toda la historia humana.

En un extremo, más allá de los 400 nanómetros, está la luz ultravioleta, los rayos X, los rayos gamma y los rayos cósmicos. Y en el otro extremo, la luz infrarroja, los radares, microondas y las ondas de radio, en fin, las frecuencias extremadamente bajas. 400 nanómetros: menos, muchísimo menos, de medio centímetro de amplitud.

Protagonizados por nombres que no son de amplio conocimiento para la sociedad —tales como P. Perlmutter, A. Penzias, V. C. Rubin, A. Riess, D. Schramm, R. Kirschner y muchos otros—, con el desarrollo y aprovechamiento de magníficas tecnologías recientes —desde el telescopio Hubble, el detector de neurinos IceCube en el polo sur, el método de forma multicolor de la curva de luz (MLCS, por sus siglas en inglés)— y la participación de grandes y numerosos equipos científicos y humanos en Chile y Estados Unidos, en Australia y en Inglaterra, emerge, gradualmente, una nueva ciencia: la cosmología.

Esta es una historia que ha sido narrada de forma hermosa por R. Panek, en: The 4% Universe. Dark matter, dark energy and the race to discover the rest of reality, Boston, Mariner Books, 2011.

En síntesis, la simbiosis entre cosmología y la física de partículas da lugar a un nuevo y muy diferente cuadro del universo, a través del estudio de quásares, galaxias, micropartículas físicas y campos de partículas. El resultado no puede ser menos sorprendente:

Sólo vemos alrededor del 4% del universo. En verdad, en el año 2010 quedó establecido que la edad del universo es de 13,75 billones de años, y que su composición es de 72.8% de energía oscura, el 22.7% de materia oscura, y sólo el 4.5% de materia. Esto es, técnicamente dicho, materia bariónica, que es la clase de materia que conocemos y de la que estamos constituidos.

De suerte que más del 96% del universo: a) no lo vemos; b) no sabemos, a la fecha, exactamente, qué es. Los nombres de materia oscura y energía oscura son formas de hablar, pues propiamente la ciencia no ha logrado establecer qué es.

De pasada, la suerte entera del universo parece haber quedado establecida. Vivimos en un universo inflacionario. La idea central de un universo inflacionario es que vivimos, literalmente, en múltiples universos paralelos. Que es lo que se conoce generalmente como el multiverso.

Pues bien, la estructura y la composición del universo son datos confirmados. La consecuencia de los universos paralelos es una derivación teórica de aquello otro, pero que no ha podido ser establecida plenamente a la fecha.

Como quiera que sea, una conclusión es inevitable. Más nos vale ser precavidos en materia de la realidad. Al fin y al cabo, la historia de la ciencia consiste en la apertura desde lo real hacia lo posible, y más allá incluso de lo posible hasta lo imposible mismo.

Afirmar la realidad con base en la percepción natural nos convierte en conservadores ultramontanos. Lo real no se funda ni se reduce al espectro mismo de lo visible y, ciertamente, no con base en la visión humana. Por consiguiente, debemos poder enseñarle a pensar al cerebro más allá de los márgenes de la percepción. Una tarea con una carga cultural y política magnífica. En cualquier caso, cerebro y percepción no coinciden ni se implican recíproca y necesariamente.

Para ello tenemos la ayuda de la ciencia y la tecnología. Dicho filosóficamente, la idea consiste en poder pasar del conocer al pensar. Así, la experiencia humana debe moderarse profundamente más, con lo cual el sentido de la aventura humana se llena inmensamente de posibilidades.

Información adicional

Autor/a: Carlos E. Maldonado
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