
El 30 de setiembre de 2015 puede pasar a la historia como una fecha clave para explicar el fin del mundo unipolar. Ese día, decenas de bombarderos rusos despegaron de la base de Latakia para cumplir misiones contra el Estado Islámico (EI) y respaldar al régimen sirio.
Aunque buena parte de los observadores consideran los bombardeos como un viraje en la guerra interna, otros creen que es una trampa similar a la de Afganistán, donde la derrota de las tropas rusas anticipó la caída del socialismo soviético. Sin embargo, el éxito de Vladimir Putin sería una derrota de magnitud para Washington.
Es la primera vez, desde la guerra de Afganistán, hace ya tres décadas, que las fuerzas armadas rusas se despliegan fuera de su país. Y la primera en 70 años que la dominación de Estados Unidos en Oriente Medio es desafiada por una potencia de similar magnitud. La región ha sido decisiva para el mantenimiento del statu quo mundial, pero también fue la clave de bóveda de la hegemonía estadounidense en el mundo, toda vez que su presencia política, diplomática y militar garantizaba el suministro de petróleo desde los principales yacimientos del orbe hasta las economías más desarrolladas.
Las razones del debilitamiento del papel de Estados Unidos en la región no son pocas: la erosión de su capacidad productiva, el enorme peso de su deuda, un despliegue militar desmesurado desde el 11 de setiembre de 2001, la primavera árabe de 2011 y las opciones posteriores, una política exterior errática por cuya conducción compiten demócratas y republicanos y, dato esencial, una población afectada por la crisis que aún no se ha repuesto del trauma de 2008 y no parece dispuesta a seguir apoyando aventuras internacionales desde los sonoros fracasos de George W Bush en Irak y Afganistán.
A todo lo anterior debe sumarse el fortalecimiento de sus principales competidores que, agrupados en los Brics, se han convertido en un dolor de cabeza para la supervivencia de las instituciones financieras creadas en 1945 en Bretton Woods, que sostienen la hegemonía del dólar en la economía mundial. Sin ella, toda la arquitectura militar montada sobre 850 bases en el mundo se vendría abajo, arrastrando los enormes beneficios que conlleva para la superpotencia.
Desde el punto de vista militar, Rusia vuelve a ser una potencia con la que se debe contar. Su despliegue de aviones Su-24 y Su-25, sus nuevos Su-30 y sus helicópteros de ataque Mi-24, más el bombardeo con misiles crucero desde el mar Caspio, no pasaron desapercibidos para los estrategas estadounidenses. El analista filipino Pepe Escobar sostiene que los 26 misiles lanzados desde barcos en el Caspio, que recorrieron 1.500 quilómetros hasta dar en el blanco con un margen de error de cinco metros, fueron “un claro, conciso y nítido mensaje de Moscú al Pentágono y la Otan”. Un”no se metan con nosotros” (Asia Times, 12-X-15).

Tomado de Sputnik 13-x-15
PRIMAVERA ÁRABE
Hace más de un año el presidente Barack Obama se comprometió a frenar y destruir al Estado Islámico, que se había apoderado de Mosul, la segunda ciudad de Irak. Pero los bombardeos aéreos realizados por una amplia coalición encabezada por Washington no tuvieron la menor incidencia. El EI siguió creciendo y en mayo pasado tomó Ramadi, otra importante ciudad iraquí.
La presencia del EI se extiende desde la destruida Libia hasta Afganistán, donde los talibán no dejan de recuperar posiciones perdidas hace más de una década, con la reciente captura de la estratégica ciudad de Kunduz. La intervención de Arabia Saudí en Yemen, y la crisis que sacude a la Casa de Saúd, dibujan un panorama desolador para la estabilidad de una región que siempre fue considerada –y temida– como un polvorín capaz de incendiar el mundo.
Nada de lo anterior hubiera sucedido sin la demoledora primavera árabe. Aunque buena parte de los analistas la consideran un fracaso que, además, benefició a las potencias occidentales, lo cierto es que no dejó nada en su lugar. La caída de la dictadura egipcia de Hosni Mubarak fue mucho más importante que la desaparición, forzada por Occidente, del régimen libio de Muammar Gaddafi.
Pero mucho más allá de la caída de gobiernos amigos, lo que se evaporó en Oriente Medio fue la credibilidad de Estados Unidos. Una sensación agravada por los acuerdos con Irán, luego de haberlo denostado como uno de los estados más terribles del mundo. Una decisión realista de Obama, ya que Irán es la nueva potencia regional, que está siendo contestada por buena parte de sus más fieles aliados, desde Israel hasta Arabia Saudí.
El periodista estadounidense Robert Parry analiza la debacle de su país en la región. En primer lugar, recuerda que los llamados “moderados” en Siria, convertidos en aliados de Al Qaeda, han sido entrenados por la Cia y el Pentágono. “El gobierno israelí y sus aliados neoconservadores en Estados Unidos han estado lanzando globos sonda preguntando si Al Qaeda podría ser etiquetada como ‘sunita moderada’ y convertirse en un aliado para lograr un cambio de régimen en Siria” (Consortiumnews, 1-X-15).
Pero ante el temor de que los grupos terroristas como el EI y Al Qaeda puedan hacerse con el poder en Siria, el propio Obama retrocedió ante una posibilidad que, en los hechos, afectaría directamente a Europa. De ahí que Parry sostenga que se trata de una política esquizofrénica. “Por encima de la mesa Obama despotrica contra Asad y el apoyo ruso a su gobierno, pero bajo la mesa parece reconocer que la entrada de Rusia en la guerra no es la catástrofe que viene anunciando” (Consortiumnews, 10-X-15).
Como un triunfo de los terroristas sería “un desastre estratégico para Occidente”, en la opinión del periodista galardonado por revelar el Irangate, “un enfoque más maduro y responsable sería para Estados Unidos y la Unión Europea hacer todo lo posible para ayudar a los rusos a tener éxito”.
FIN DE DOMINIO
Se está ante el inicio de una nueva era, destaca la revista alemana Der Spiegel. “La guerra en Ucrania y la intervención de Rusia en Siria marcan un punto de inflexión. La era de la dominación occidental ha terminado.” Putin no está aislado, entre otras cosas porque supo leer la nueva situación global. “La política mundial ya no gira en torno a Europa y Washington, que ha perdido gran parte de su influencia. Cada vez más países se niegan a tratar a Moscú como el malo de la película” (Der Spiegel, 10-X-15).
Las potencias emergentes, como India o China, tienen estrechos lazos con Rusia. Hasta Arabia Saudí ha llegado a acuerdos con Moscú a pesar de sus diferencias respecto de Siria. Según la influyente revista, las estructuras de seguridad del siglo pasado ya no son apropiadas y se hacen necesarios acuerdos que aseguren la no injerencia en los asuntos internos de otros estados.
Un largo artículo en The Washington Post reconoce que el papel de Estados Unidos en Oriente Medio “parece estar derritiéndose”. La potencia, que fue “el principal poder en la región, proporcionando a sus aliados guía y protección”, se encuentra ahora “en el punto más bajo desde la Segunda Guerra Mundial”. Lo más preocupante es que “el vacío creado por la retirada de Estados Unidos está siendo llenado por los mismos poderes que su política ha buscado siempre contener” (The Washington Post, 9-X-15). En opinión del articulista, la situación de la región es caótica, pese a que la superioridad militar de Estados Unidos es aún abrumadora frente a la incipiente presencia rusa. El problema no es, entonces, de carácter militar, sino político. Dos elementos resultan centrales: la creciente autonomía energética de Estados Unidos gracias al fracking y el pivote de su política exterior hacia Asia. La impresión dominante es que Washington no está dispuesto a correr riesgos en Oriente Medio, y sus aliados ya no creen que serán defendidos, en particular luego del acuerdo con Irán.
“Entre sus aliados regionales hay perplejidad sobre la ansiedad de Estados Unidos por abandonar la región, lo que ha provocado alarma y hasta pánico y, en algunos casos, intentos de entendimiento con Rusia” (The Washington Post, 9-X-15). Algo así parece estar haciendo la monarquía saudí.
Los viejos aliados desconfían y buscan salvavidas alternativos. El Post cita a Emile Hokayem, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Bahrein, quien hace un diagnóstico demoledor: “Estar asociado a Estados Unidos conlleva grandes costos y riesgos. En la región hay un profundo rencor contra Estados Unidos. Los liberales ven a Obama aplacar a los autócratas. Y los autócratas, desconfiados luego de lo sucedido a Mubarak, ven a Estados Unidos como un aliado poco fiable”.
Desde 2001 la superpotencia gastó 1.600 millones de dólares y perdió 6.900 soldados en Oriente Medio, a lo que se suman el fracaso en Irak y las cinco guerras que incendian el arco entre Libia y Afganistán. Justo cuando se produce la intervención rusa, Estados Unidos retira a su único portaaviones en la región.
Por primera vez desde 2007 la Armada estadounidense no tiene portaaviones en el Golfo Pérsico, al retirar el Theodore Roosevelt, con 5 mil soldados y 65 aviones de combate, por la necesidad de repararlo y debido a recortes presupuestarios. El almirante John Richardson dijo que “sin este portaaviones, nuestra capacidad allí se verá perjudicada”, a la vez que Washington anunció que abandona su programa de entrenamiento y armamento de la oposición siria (Nbc News, 9-X-15).
Lo más grave de estas idas y venidas es que el próximo presidente estadounidense tendrá también pocas cartas para jugar, ya que no se puede apreciar una estrategia coherente quizá porque, como señala Hokayem, “hemos ido demasiado lejos”. Incluso Israel rompió filas y ya el año pasado no acompañó a su principal aliado en la Onu al negarse a condenar la anexión rusa de Crimea y, ahora, no critica los bombardeos rusos (The Washington Post, 9-X-15).
EL FUTURO DE SIRIA
Las tropas de Damasco, reforzadas por combatientes de Hizbolá y soldados iraníes, y protegidas por las bombas rusas, están recuperando pueblos y ciudades bajo control del Estado Islámico y de otros grupos armados, en particular en la franja mediterránea, donde está la base naval rusa de Tartu.
La prensa china destaca la influencia global que conserva Rusia a pesar del desdén de Occidente, y señala al presidente Vladimir Putin como el artífice de haber “rejuvenecido” el país. “Occidente siempre señala a Rusia como dependiente de los obsoletos misiles de la Unión Soviética”, afirma un editorial del diario Global Times.
En tanto, el secretario de Defensa estadounidense, Ashton Carter, aseguró que “esto conllevará graves consecuencias para Rusia”. Y advirtió, casi como una amenaza, que “en los próximos días Rusia empezará a sufrir bajas” (Telesur, 9-X-15). Es evidente que el Pentágono no se va a quedar de brazos cruzados, viendo cómo los aviones rusos destruyen bases islámicas mientras las tropas de Asad recuperan parte del país. Sería una humillación para las más poderosas fuerzas armadas del mundo, ya que ante la comunidad internacional quedarían como unos incompetentes. O, peor, como cómplices del terrorismo.
Sobre el futuro de Siria, y en concreto de Asad, se tejen diversas hipótesis. Desde los que creen que la intervención rusa e iraní lo consolidará en el poder, hasta quienes, como Graham E Fuller, ex alto funcionario de la Cia, sostienen que “el statu quo en Siria es realmente indeseable para Rusia e Irán, puesto que alimenta el yihadismo regional y engendra inestabilidad”. Según Fuller, lo único innegociable para esos países es “la preservación de la estructura del Estado, con o sin Asad”, para evitar males mayores. Por eso cree que “si hay potencias extranjeras capaces de organizar una especie de golpe de palacio, ellas son Moscú y Teherán”, con base en las buenas relaciones que ambas tienen con el presidente (Consortiumnews, 8-X-15).
En algún momento las potencias negociarán el fin de la guerra siria. Si Asad permanece en el poder es en realidad un problema secundario. Irán no quiere un área sin estabilidad. Rusia teme por su flanco sur, donde viven millones de musulmanes. Incluso Arabia Saudí –que está negociando con Moscú– siente que el EI, que ayudó a crear y sostener, se ha vuelto una amenaza interior.
El diplomático indio Melkulangara Bhadrakumar interpreta la reunión del domingo 11 de Putin con el ministro de Defensa saudí y el príncipe heredero Mohammed bin Salman al Saud (hijo del rey Salman), en Sochi en el marco del Gran Premio de Fórmula 1, como un espaldarazo de Riad “a una solución a la crisis en Siria, que daría lugar a la formación de un gobierno de transición y la eliminación del presidente sirio” (Asia Times, 12-X-15). Ambos países coincidieron en evitar la instalación de un “califato terrorista” en la región, lo que supone un cambio de postura saudí, que ya no pretende la salida de Asad como condición previa a cualquier negociación. Según el diplomático, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos “han abierto una línea directa con el Kremlin poco después de que el presidente Obama decidió cancelar el programa de 500 millones de dólares para entrenar a rebeldes sirios”.
Subsiste un problema ético: ¿cuál es el papel de los pueblos en esta crisis y en la reconfiguración de Oriente Medio? El filósofo español Santiago Alba Rico lo dice sin vueltas: “Cuando la geopolítica habla, los pueblos callan”. O, mejor, los callan. Lo que se está gestando en Oriente Medio es una vasta operación geopolítica a espaldas de o contra los pueblos.
A diferencia de muchos analistas de izquierda, que en un anti mperialismo simplista se apoyan en Putin, Alba Rico muestra rechazo a todos los que usan a los pueblos para fines propios. Rechaza al imperio y a “las hipócritas potencias occidentales”. Pero también toma distancia de “los cínicos ‘antiimperialistas”, entre los que figuran Rusia, Irán y Hizbolá, que sostienen al dictador en el poder, “alimentando la salvífica geopolitización de la guerra” (Cuarto Poder, 10-X-15). Alba Rico se desmarca de quienes ven en Putin una reencarnación de Lenin. “Si va ganando Rusia, ‘nosotros’ no vamos ganando; y mucho menos va ganando el pueblo sirio”, remata.



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