
Sucedió ante los ojos de muchos. Ocurrió en Bogotá, ciudad que se supone con la mejor infraestructura de todo el país. Sucedió el martes 19 de enero de 2016, cuando el reloj apenas marcaba la 1:45 pm, cuando el día, luminoso y caluroso abrazaba con toda intensidad a los millones que habitan esta parte del territorio nacional.
Tarde luminosa en la que también llega la muerte, en esta ocasión no por edad vivida sino por violación de los derechos humanos de una mujer, enferma, que por meses había reclamado ante la EPS Cruz Blanca, mujer que por meses había suplicado, insistido para que la operaran de una dolencia cardiaca.
Esta tarde, con paso pesado, con transitar lento obligado por el ritmo cardiaco dolido, la señora Rubiela Chibará, una vez abandonara el bus que la acercó hasta la calle 114 con Autopista Norte, subió por las escaleras del puente peatonal que atraviesa esta importante arteria vial de la ciudad. Así iba doña Rubiela, mujer de cincuenta años, madre de una joven y una niña de 12 años; anda con paso lento, al frente ya ve el edificio donde tiene sus oficinas la EPS que por meses le ha dilatado la atención médica adecuada; en su mente está la esperanza que está vez sí le fijen fecha inmodificable para la necesaria y anhelada operación. La respiración la siente lenta y pesada, el brillo del sol sobre el metal del puente la obliga a entornar los ojos, tal vez por lo cual las imágenes que tiene al frente ahora toman formas caprichosas, deformadas. Aguanta, camina lento, se esfuerza por respirar. Su piel se está tornando cada vez más blanca, un blanco pálido, poco atractivo. Ahora empieza a bajar las escaleras para llegar a la zona peatonal, toma aire, el sudor recorre su cuerpo, con dificultad mira el sol, quiere gozarlo por última vez, así va, con dificultad, cuando siente que su pecho la ahoga, el dolor es intenso, las piernas empiezan a doblársele, trata de sujetarse del pasamanos del puente pero sus manos no lo alcanzan, su cuerpo cae al piso, los peatones que caminan a su lado la miran, tratan de socorrerla, pero está muerta.
Unos y otros se miran. Unos y otros se afanan por hacer algo. Llaman a organismos de control, entre ellos el CTI para que recoja el cuerpo de la difunta. Buscan en su cartera, inquieren en busca de datos personales para contactar algún familiar y participarle la nefasta noticia. Por fin, un número telefónico, al otro lado de la línea, un hombre de voz joven, es Samuel Parra, el yerno de quien ahora yace tendida en el concreto. Escucha con estupor la noticia y de inmediato se enruta hacia el punto del deceso. Llega lo más rápido que puede, y pese al paso del tiempo aún continúa incrédulo ante la noticia escuchada a través del teléfono. Llega y la realidad lo confronta, en el suelo está Rubiela, ahora no puede hacer nada, solo llamar a la línea de atención de emergencias, a medicina legal, al CTI, a quien sea. La gente pasa, comenta, se amontona, ¡es increíble que esto suceda!, dicen unos y otros, hay rabia en el ambiente. El tiempo pasa y todo parece como si nada hubiera sucedido, Rubiela continúa sobre el piso solamente tapada por una sábana que algún vecino trajo y prestó para cubrirla. Ahora ya han trascurrido dos, tres, cuatro horas desde el infausto momento, el calor abrasador se convierte en un viento gélido que acompaña la noche y despide la luz del sol. La gente se desespera, exige respeto por la vida y por la muerte, no solo de doña Rubiela, por la vida y la muerte de cualquiera; mañana podría ser alguno de ellos, quizás ayer fue uno de los suyos, ¡esto no puede permitir que siga sucediendo!
El tiempo prosigue su avance. Ya casi no hay luz, el único destello proviene del poste que soporta la lámpara que ilumina la calle y las luces de los edificios que circundan la autopista. La rabia, la indignación social por lo que está sucediendo ante sus ojos, motiva que entre unos y otros copen la autopista e impidan la normal circulación de buses y automóviles. Con su presencia sobre la vía exigen la presencia de la entidad que debe levantar le cuerpo de quien yace muerte. Exigen la presencia del CTI quien no llega, pero vean la eficiencia, quien sí llega, con toda la agresividad que lo caracteriza, es el Escuadrón móvil antidisturbios (Esmad).
Su presencia no deja dudas. De un momento a otro un ardor sofoca los pulmones de todos aquellos que acompañan a la difunta y a su familia, los ojos se inundan de lágrimas producto del fuego, del ardor que quema las cuencas, los globos y las pestañas. Atacan, amenazan, amedrantan, no escuchan razones, prosiguen lanzando gases, dejando claro que su vestido negro no corresponde a duelo alguno, que no comparten sentimiento alguno con la familia ni con los ocasionales solidarios. Su presencia, violenta (como la de un sistema que viola una y otra vez los derechos humanos de unos y otros), no deja dudas: estamos ante un “orden” perfecto, un sistema que deja morir a una mujer enferma –por desatención médica– que tenía cura, sistema que no responde ante los llamados de atención, pero sí acude con su brazo de fuerza para imponer el “orden”, el que si le preocupa: el de la libre y eficaz circulación de las mercancías.
Una vez cumplido su propósito, una vez “normalizada” la situación, recuperado el orden, el escuadrón del terror se retira, quizás porque no había orden que restablecer, pues esto ya era un caos antes de que la señora Rubiela se desplomara en su último suspiro, y seguirá siendo un caos aún después del último adiós en su tumba. Así ha sido así y será siempre para nosotros, para los de abajo.
El gas permanece en el ambiente. Los ojos cansados de la familia Chibará ya no aguantan más, están secos por efecto del gas y por el dolor. Hasta que las instituciones respectivas se acordaron de una vida menos, de un cuerpo más. Allí llega la unidad móvil del CTI, tras cinco horas de espera, pero su arribo es tan nuevo, tan inimaginable, que verlos por parte de la familia, a pesar de las horas de espera, a pesar de que el reloj ya marca las 7:15 pm, que su presencia representa un alivio inocultable. Después Medicina Legal confirmará lo obvio: murió de un infarto, de una falla cardiaca evitable si unos meses antes doña Rubiela hubiera sido atendida de manera adecuada por la EPS, pero también si hace unas pocas semanas, cuando iba a ser operada en la Clínica Corpas, los médicos no hubieran argüido que la deficiencia en un ascensor no lo permitía, e incluso el deceso se hubiera evitado si hace unos cuantos días no la hubiera desatendido el doctor a su cargo por estar “en una reunión muy importantes”, mucho más importante que la vida de la señora Rubiela.



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