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La comida: lo más importante

La comida: lo más importante

El seguimiento a la vida cotidiana de varios núcleos familiares, nos permite comprender como son las formas a que acuden en cada uno de ellos para hacer rendir el dinero y sortear el incremento en el costo de la vida diaria. Veamos.

 

Familia Franco Garzón

 

A las 5 de la mañana empieza la jornada para la familia Franco Garzón. Todos se despiertan para alistarse para un día más de estudio y de trabajo. Mientras Felipe, el mayor, está duchándose, Diana, que espera su turno, alista su uniforme y tiende su cama, cuenta la señora Lucero –su madre– quien se encarga de preparar el desayuno, empacar las onces de Diana y el almuerzo de don Pablo –esposo y padre– y de Felipe. Sentados en la mesa, con la mayor rapidez posible, desayunan huevos, chocolate y pan, porque, según doña Lucero, “hay que empezar el día bien alimentados y con todos los nutrientes de un buen desayuno”.

Don Pablo trabaja como técnico y comerciante de aparatos electrónicos de última generación en un almacén del que es socio y que está localizado en el centro de Bogotá; Felipe cursa último semestre de instrumentación quirúrgica, por lo que sus días son bastante agotadores. Ambos se desplazan a sus sitios de trabajo y estudio en bus público, lo que les demanda a cada uno al mes, un gasto de 96mil pesos. Por su parte, Diana, acompañada de su madre, se dirige al colegio que queda a sólo unas cuadras de la casa. Las acompaña Ronnie, su pitbull que también necesita cumplir con su jornada: hacer un poco de ejercicio, olfatear y levantar la pata cada vez que pueda.

Luego, cuando doña Lucero regresa a la casa, y no tiene que ayudarle a su esposo en el almacén, se dedica a preparar el almuerzo para ella y su hija, y la cena para los cuatro, ordena la casa y realiza el aseo, aunque en ocasiones el tiempo no le alcanza para ello. Lava la ropa, que cuando ella está trabajando, se vuelve montañas; sacude el polvo, limpia el piso hasta dejar todo reluciente. Dice que ahora Diana y Felipe le están colaborando, pero hay cosas que sólo ella puede realizar.

Para el almuerzo y la comida trata de comprar todo en un solo mercado, “porque sale más económico. Lo que comemos al almuerzo lo repetimos en la comida”, dice. Cuando se acaba el mercado, la situación se complica un poco, comprar las cosas de la comida cada día sale más costoso, por lo que hay alimentos que es imposible volver a comprar. Por ahora, compra lo básico: arroz, verduras, espagueti y carne o pollo, lo que encuentre más económico; no puede faltar la fruta para el jugo: “Casi no preparo sopas, a los muchachos no les gusta y Pablo no come mucho en la noche, tal vez los fines de semana. Hacer sopa sale más baratico porque se puede hacer con poquitos de lo que queda en la alacena: pasta, verdura, papita; lo que haya”.

La familia Franco Garzón hace parte, podríamos decir, de los sectores medios de nuestra sociedad. No padece necesidades asfixiantes pero tampoco viven en la abundancia. Sus ingresos les permiten vivir al día, pero sin mayores posibilidades de ahorro, por ello la cabeza del hogar, la persona que responde por la casa, doña Lucero, trata de ahorrar todo lo que pueda, estirando los ingresos mensuales de la casa lo más que pueda.

Por ello, prefiere ir a mercar los jueves al supermercado de cadena del barrio,“[…] porque es más económico. Cada semana hay promociones de muchos productos, descuentos de hasta 500 pesos en comparación con las tiendas de por acá”, explica. La acompañamos en su compra. “Hoy por lo menos hay pasta en fideos y conchitas, lentejas, sal y arvejas secas a mil pesos la libra, entonces toca aprovechar y tener para el resto de la semana; ¡con lo caros que están los granos!”. Aprovecha también para llevar productos de aseo: crema dental, jabones de tocador, detergente y limpiador de pisos, cada uno a mil pesos. Revisa su dinero, hace cuentas y decide llevar dos libras de piernas de pollo porque, según ella, están más baratas que en la pollería que queda en frente de su casa. La cuenta: 22 mil pesos y aún falta la fruta para el jugo, el arroz que ya se acabó –pero que solo lo compra en un lugar donde venden a buen precio la marca que le gusta– y la verdura, que no puede faltar.

Una vez más revisa su dinero, realiza algunos cálculos a media voz y continuamos, esta vez, camino a la venta de verduras y frutas ubicada en la esquina de su cuadra. Una vez allí pide 1 libra de mora, un poco de cebolla, 2 tomates, una cebolla cabezona, 1 libra de papa, por si acaso, 1 cabeza de ajo, un pepino cohombro y media lechuga, que se olvide el arroz que ya cuesta $2 mil. Para las onces de los hijos lleva dos manzanas. De nuevo lo más difícil de las compras: esperar a ver cuánto costó el minúsculo mercado y rogar para que le alcance, en la registradora le informan: 7.800 pesos. Esta vez alcanzó porque tuvo que comprar sólo lo necesario para los próximos tres días.

Al final de las compras, aún con el cinturón en el último huequito, doña Lucero gastó 30 mil pesos que incluyen desayuno, almuerzo y cena, productos para el aseo personal y del hogar. Prefiere comprar lo máximo posible, para tener reservas en la casa, que comprar a diario. De ser así el gasto ascendería a los 900 mil pesos mensuales. Por esto es vital para las familias poder realizar una compra mayor, por lo menos quincenal, en la que se aprovisione de productos al por mayor, para así poder ahorrar un poco de dinero.

El día de hoy no pudo comprar el papel sanitario que, como me cuenta, ya se está acabando, una escoba y un trapero que ya hay que cambiar. “No quedó ni para un dulce, no compré café, tocará seguir tomando chocolate. Los huevos, y el pan y la leche los compra Pablo en la noche, ahí son otros 5 mil como mínimo; lo de aseo–la escoba y el trapero– tocó la otra semana, y papel higiénico sí hay que comprar mañana así sean dos rollos. La plata ya no alcanza para nada: mire este poquito de mercado y se fueron casi 30 mil pesos”.

Así como para doña Lucero, es igual para muchas jefas de hogar que estiran a diario el presupuesto familiar; pagan transportes, servicios públicos, pensión y matrículas e impuestos y aún logran ahorrar algo para financiar una salida de fin de semana en la cual compartir en familia.

 

La experiencia de Doña María

 

Pero si por acá llueve hay familias que tiene el agua hasta el cuello. Doña María de 67 años, suma ya 35 años trabajando en la Central de Abastos. Empezó como vendedora de legumbres y de frutas y así se mantuvo por muchos años, hoy trabaja con un carrito en el que vende comida de paquete, tinto, pan con salchichón, huevos cocidos, entre otras cosas. Es una mujer muy amable, aunque se mostró reacia ante la posibilidad de una entrevista, no obstante, accedió a una charla, una plática amena y muy provechosa.

“Esto ya no es una plaza de mercado, ya no es lo de antes, ya no llega la gente, ni las camionadas de comida de antes, por aquí ni se podía caminar”, dice con nostalgia doña María. Afirma que todo está más caro, todos los granos secos son importados y eso hace que alimentos como el garbanzo y la arveja alcancen precios muy altos. “Si se come arroz, no hay para lentejas, si se come papa, no alcanza para el plátano, de la carne ni se diga, es que ya no alcanza ni para comer huevo. La única carne que uno ve es la que está colgada en la fama o carnicería”.

Doña María merca a diario lo necesario para completar la comida del día; para ella lo prioritario es ahorrar el dinero que le demanda pagar el arriendo, tanto del lugar donde vive como de la bodega donde guarda su carrito o chaza, en estas dos cosas gasta 220 mil pesos mensuales, lo que le impide ahorrar para hacer un mercado mensual. Un salario mínimo sería para ella insuficiente para subsistir, por eso prefiere la independencia que la informalidad le ofrece. “Imagínese usted: una libra de arroz vale 2 mil pesos, una libra de papa 1.200, que son por ahí tres o cuatro papitas. Lo de un solo día son 10 o 15mil pesos”. María del Carmen gasta en arriendo y comida 520 mil pesos cada mes.

“Además, a mi me toca sobrevivir con lo que logro vender acá, porque ya no me reciben en ningún lado por lo vieja, y tampoco es que tenga muchas fuerzas, no como antes”. Trabaja en compañía de su hija, también ama de casa y quien tiene sus propias necesidades. Sus otros hijos, ya adultos y con familias propias, no la pueden ayudar, pues también son trabajadores informales y viven del empleo que les salga. Se queja de los dolores que le impiden recorrer mayores distancias dentro de la plaza.

Todos los días empieza su jornada temprano en la mañana, a eso de las 7 y trabaja hasta las 4 o 5 de la tarde, luego se va para su casa en Bosa-La Libertad, descansa un rato y más tarde sale a seguir trabajando, esta vez en el barrio. Es una mujer trabajadora y muy fuerte que, aunque ha laborado toda su vida, continúa siendo pobre.

De los cambios más drásticos en Corabastos, además de la afluencia de personas y de alimentos, asegura doña María es que ahora cobran todo en la Central, las tractomulas tienen que pagar 40 mil pesos para poder entrar a descargar la comida que traen, hasta las motos pagan una cuota de 4 mil pesos, eso según la señora María también influye en los precios de los alimentos y en la cantidad de comida que entra a la Central. Ella está muy pendiente de las noticias, por lo que dice que piensa que la sequía es, efectivamente, una de las causas de la crisis económica, “si la sequía sigue, esto va a ser cada vez peor”. Habló de las injusticias de la que son víctimas sus colegas que trabajan en la calle: “Fíjese usted, este Peñalosa recogiendo a los vendedores, quitándoles todo; la gente necesita comer, ¡será que prefiere que roben!”, dice con sarcasmo.

 

Familia Díaz Rodríguez

 

“Nosotros destinamos una parte de lo que ganamos mi esposo y yo para comprar los alimentos del mes. Por lo menos lo que se va acabando: granos, chocolate, café, avena, lo de las onces para los hijos, productos de aseo (jabón, cera, detergente, champú, crema dental), bueno y el resto de cosas que se necesitan”, dice doña Martha.

Para el sustento del mes la familia compra 1 arroba de arroz, lentejas, frijol, pasta, arveja seca, garbanzo, todo por kilos (1 o 2), la panela, azúcar, chocolate, avena, cereal para el desayuno, huevos, lácteos y enlatados, por nombrar algunos de los productos básicos que generalmente integran parte del mercado mensual.

“El mercado de plaza lo hacemos en Corabastos, sale más barato; compramos la fruta y las verduras verdes para que en el transcurso del mes vayan madurando y no se dañen”. Para esto destinan hasta 200 mil pesos mensuales, pero el ahorro es importante ya que en esta casa viven cinco personas.

Compran de acuerdo a lo que consumen. “La papa, como toca todos los días, compramos hasta una arroba, plátano, cebolla, frutas –como manzana, naranja, peras, cosas así–, y las verduras, tratamos de comprarlas entre 3 o 5 kilos, dependiendo si está o no caro y si el producto se daña rápido, cosa que pasa con las fresas, la mora o las hortalizas”.

Así, planeando de manera más ordenada sus gastos e ingresos pueden darse gustos, compran golosinas y algunos artículos de marca. “Por fortuna mi esposo y yo tenemos un buen empleo, podemos darnos algunos gusticos, como comprar chocolates, arequipe, hasta helado para tener en la casa y comer cuando alguno se antoje. El problema es que ya no alcanza para lo mismo de antes, ahora hay que escoger: si llevamos una cajita de chocolatinas no podemos llevar helado, o galletas. Estos gustos se han reducido ya que por estos días prima lo esencial, porque ahora algunos de estos productos están mucho más caros”.

Mercar también representa un ahorro. “Salir a hacer mercado también es una manera de salir de la rutina. Casi siempre salimos los cinco, compartimos un ratico en familia, comemos un helado al terminar las compras o miramos las cosas de tecnología, así uno se entretiene. Entonces nos ahorramos lo de una ida a cine o al parque”.

Una vez sumadas todas las compras, las realizadas en uno y otro lugar, la totalidad del gasto en alimentos y productos de aseo, tanto personal como para la casa, suma alrededor de 700 mil pesos.

 

¿Cuánto cuesta transportarnos?

 

Para la familia Garzón es habitual que sólo don Pablo y Felipe gasten dinero en transportes. Doña Lucero sale dos o tres veces a la semana a realizar diversas vueltas; Diana, la hija menor, estudia a pocas cuadras de la casa. Usan los buses del Sistema Integrado de Transporte Público (Sitp), por lo que cada día gastan, cada uno, 3.400 pesos, lo que suma 204 mil pesos mensuales por persona, sólo por este concepto. Debido a las distancias, un recorrido puede durar entre una y dos horas, por lo que es necesario madrugar con, por lo menos, dos horas de anticipación respecto a la hora de entrada en el trabajo o la oficina.
“En el caso de ‘Pipe’, él está ahorita haciendo las prácticas en la Cardio infantil de la 163, le toca salir a las 5 a.m., para estar allá a las 7 y sale de estudiar a las 5 pm, e incluso en ocasiones apenas alcanza a salir a las 6 de la tarde, para llegar a la casa tipo 8 o 9 de la noche; mientras saca a Ronnie a realizar sus necesidades y adelanta informes de la práctica le dan las 11 de la noche. Se acuesta a dormir para volver a levantarse a las 4 de la mañana. No duerme más de 5 horas al día, aunque él me dice que duerme en el bus, yo pienso que no es lo mismo”.

El tiempo excesivo que gastamos movilizándonos en el transporte urbano representa un costo irrecuperable, la inversión no es en pesos, es en vida. La manera en la que está distribuida la ciudad y las largas distancias que personas como Felipe tienen que cubrir a diario, implican un desgaste físico enorme y una exposición a los cambios del clima y a la contaminación de la ciudad que generan múltiples enfermedades.

Educación

Familias como la Franco Garzón o la Díaz García, y como la mayoría de las familias colombianas, consideran que la educación es la inversión a futuro que les va a permitir a sus hijas/os tener una mejor calidad de vida, por lo que el pago del colegio o de la universidad es algo más que un gasto, es el camino para un mejor vivir.

“Pagar un buen colegio hoy en día es muy costoso, mucho más un semestre en una universidad. En nuestro caso pagamos 290 mil pesos de matrícula y pensión del mes de enero, para el resto de meses son 120 mil de pensión, sin contar la lista de útiles que no hemos comprado. Eso por el lado de Dianita. Para el estudio de Felipe tocó pagar 3 millones 800 de matrícula; ese fue el último esfuercito porque él ya termina carrera este semestre”, nos cuenta la señora Lucero.

Mientras tanto, la señora Martha cuenta cómo ha sido ese proceso de sacar a sus hijos adelante. “Cada seis meses es una pensadera en cómo le íbamos a reunir lo de las matrículas a los muchachos, por fortuna y gracias a nuestro esfuerzo y al de Andrés y Daniel, ya no tenemos esa preocupación. Sólo nos falta Paola que hasta ahora va en quinto semestre de bacteriología en el Colegio Mayor de Cundinamarca, de ella son millón 500 de semestre”.

Daniel sigue estudiando pero él trabaja y se paga la carrera. Andrés terminó el año pasado y está en un buen puesto, él es enfermero. “Lograr que los hijos alcancen el nivel profesional es un orgullo muy grande, una bendición y una recompensa al esfuerzo. Ahora ellos aportan en la casa o, como Daniel, nos ahorra el gasto de su educación. Si no fuera así, no sé cómo haríamos; por más que ambos trabajemos, con esos gastos nos veríamos aún más ajustados”.

 

Vivienda, salud y servicios públicos

 

En el barrio donde viven, dependiendo del tamaño del inmueble alquilado, los arriendos oscilan entre 350 mil y 600 mil pesos el mes. Los servicios, aunque son estrato 2 y 3, llegan bastante caros. La salud y la pensión es un poco más económica, sin embargo el pago por la seguridad social y el ahorro para la vejez puede llegar a valer casi 200 mil pesos mensuales.

 

Entretenimiento y vestuario: lujos indispensables

 

Doña Lucero y doña Martha tienen algo en común: cada fin de semana alternan los planes para compartir en familia, que van desde quedarse en casa y ver una película hasta salir a comer a algún restaurante, ir al cine o algún parque. “Una salida al cine, que es de los planes más populares , hoy sale muy caro, lo hacemos una vez al mes y eso, preferimos comprar una película y verla en casa. Hay veces que vienen amigos de los muchachos y frito maíz pira y compramos gaseosa, sale más económico y hasta es más cómodo; no se gasta en buses o en taxi cuando salimos tarde en la noche de los cinemas”, cuenta doña Lucero. Por otro lado doña Martha nos relata, “A cine casi no vamos porque Andrés y Daniel tienen sus novias, entonces van ellos en pareja; salimos más bien a comer o visitar a mi mami, que vive relativamente cerca”.

“A medida que la ropa va envejeciendo, así mismo la vamos comprando”. Palabras más, palabras menos, en eso coinciden ambas madres. Doña Martha piensa “La ropa es una necesidad, pero también es un lujo que nos podemos o no permitir. Depende mucho de qué tan urgente sea el cambio de un pantalón, un par de zapatos, una camiseta o una chaqueta, hasta unas medias o unos calzones, lo que sea, si ya está muy viejo, descolorido o hasta roto, hay que reponerlo”. “Cuando llega diciembre, sea o no necesario, compramos ropa porque es como el premio al esfuerzo que realizamos como familia durante el año. Mi esposo y yo trabajando y Diana y Pipe cumpliendo en sus estudios, cuando ese lujo no nos lo podemos dar la escases y la falta de dinero se siente de verdad”, enfatiza la señora Lucero.

Cada vez es más difícil reponer la ropa, en ocasiones hay que prolongar la vida útil de las prendas, recurrir al hilo y a la aguja y remendar en casa, siempre que el trabajo no requiera más experticia, cuando es así, hay que llevar la ropa a la sastrería. También está la idea del estatus que implica vestir bien, usar prendas de marca, no usar dicha prenda más de dos veces en la semana, en lo cual coinciden las madres de estos dos hogares.

 

Los impuestos, clavario anual

 

“Ese es otro dolor de cabeza, cada año esperar a que lleguen los impuestos, rezar porque no lleguen sorpresas como las de hace dos años con eso de la valorización. Aquí pagamos el de la casa, que llegó como por $150 mil el año pasado y el del carro que costó $110 mil. Siempre hay que estar pendiente de las fechas, de que llegue el recibo, porque hay veces que no llega, tratar de pagar lo más rápido posible para alcanzar los descuentos. Eso es un calvario”.

 

¿Cuánto gastamos? ¿Dónde quedó la calidad de vida?

 

Sumamos todos los gastos realizados a diario, mensuales y al año, restamos lo que ganamos y vemos cuánto nos queda para darnos uno que otro gustico, para ver si vivimos o si sobrevivimos. Obviamente los resultados varían, algunos vivirán mejor que otros, la mayoría vivirá ajustados con el poco dinero que ganan, lo que obliga a su mejor administración, haciendo milagros en esta economía cada día más inclemente con el pueblo que la mantiene viva. Este sería el costo de vivir para la mayoría de nosotros, más allá del dinero.

Cada mes estas familias gastan alrededor 1,8 millones de pesos; familias en las que cada uno de sus integrantes hace uso del transporte urbano, de los servicios públicos básicos, consume alimentos mínimo tres veces al día y los hijos estudian, ya sea en colegio o universidad. La familia sale los fines de semana para recrearse y romper la rutina. Así, al año gastan
$22,2 millones.

Vistas así las cosas, desnudada la realidad, un salario mínimo es irrisorio para lograr sobrevivir al mes, ingreso insuficiente si lo comparamos con la cantidad de dinero que demanda el sostenimiento diario; todo cuesta, pues para vivir tenemos que pagar por lo que comemos, para poder comprar comida hay que contar con un empleo, o algún ingreso, para movilizarnos requerimos dinero y para seguir trabajando hay que descansar, lo que implica un techo, una vivienda, en la que debemos pagar servicios públicos e impuestos. Obvio, no todos podemos pagar las mismas cosas, sin embargo los ingresos y la calidad de vida van de la mano, de igual manera que la cantidad de dinero que gastamos. Así funciona la vida diaria mientras habitemos sociedades donde cada uno, donde cada familia, deba responder por su sobrevivencia; pensar formas colectivas para afrontar la sobrevivencia sería una alternativa, pero ese es otro tema.

Sin embargo la capacidad adquisitiva es cada vez menor en todos los sectores populares. Ya sea una familia de estrato 1, 2 y hasta 3, los aumentos en los precios que estamos presenciando y sufriendo es exagerado comparado con un paupérrimo salario mínimo que no alcanza para cubrir los gastos normales–con precios congelados–, menos cuando estos están afectados por fenómenos como la inflación. En Bogotá, una familia que cuenta con un ingreso inferior al 1.400.000 al mes está sometida a vivir en condición de pobreza, a prescindir de derechos como la educación (sólo por el costo de movilizarse), al de una vivienda digna y, lógicamente, al del disfrute del producto de su trabajo.

Así las cosas, vivir con 223 mil pesos, como dice el Presidente que es el límite para considerar a una persona como pobre, es una verdadera proeza, y más que ello, una falsedad. Ahora, pensar en un ingreso mínimo a los $223mil, y lograr pasar con esos pocos pesos algunos días del mes, arrastrando la carga de una vida desecha, es estar en el límite, en la frontera de la sobrevivencia y del estallido, donde la rabia y la desesperanza no ofrecen nada más. Por ello las cifras y los indicadores del Presidente, que son esos mismos guarismos internacionales que indican quién es y quién no es pobre, son simples manipulaciones de la realidad. Con 223 mil pesos al mes se puede vivir, sí, pero en la calle, con hambre y sin esperanza alguna de futuro.

Información adicional

Autor/a: Daniel Vargas
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