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El desempleo golpea una vez más

El desempleo golpea una vez más

Los efectos inmediatos y medibles de la crisis económica en que se adentra el país, son cada vez más evidentes. El desempleo es uno de ellos. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, reconoció que “Hay que estar preparados para que el desempleo sea más alto” en 2016**. Desacreditado quedó el vaticinio de la administración Santos (2010-2018) de mantener la tasa de desempleo en un dígito y con tendencia descendente, como ocurrió durante los años 2014-2015. En enero de 2016 la tasa de desempleo nacional escaló a 11,9 por ciento, y en las 13 ciudades y áreas metropolitanas su guarismo alcanzó 14,1 por ciento, según los datos oficiales reportados por el Dane.

 

Población, pobreza y (des)empleo

 

Realidad cambiante. La tasa de crecimiento de la población colombiana en 2016 respecto a 2015 es de 1,1 por ciento; llegando a los 48,2 millones de personas. La tendencia creciente de la generación de puestos de trabajo durante la última década comenzó a invertirse hace dos años: había alcanzado una cifra cercana a 700.000 personas por año, bajó a un promedio de 500.000 y durante el último año el empleo aumentó en sólo 265 mil trabajadores, para una tasa anual de 1,3 por ciento, similar al crecimiento poblacional. En contraste, el número de desempleados creció en 13,2 por ciento, esto es, 337 mil nuevos desempleados durante el último año para sumar un total de 2,9 millones de parados (cuadro y gráfico 1).

 

 

Entre los meses de enero de 2015 y 2016 aumentó la presión de la población en edad de trabajar sobre el mercado laboral. En efecto, la tasa global de participación (TGP) que relaciona la población económicamente activa y aquella en edad de trabajar fue de 64,5 por ciento en 2016; un año atrás era 63,8.

Por la mala situación económica que atraviesan los hogares colombianos (efecto del mayor desempleo, la precarización e inestabilidad de los puestos de trabajo y la caída en los ingresos) más personas de la familia se ven obligadas a salir al mercado laboral. Durante 2015-2016 el número de inactivos (las personas en edad de trabajar que no participan en el mercado laboral porque no necesitan, no pueden o no están interesadas en tener actividad remunerada; a este grupo pertenecen estudiantes, amas de casa, pensionados, jubilados, rentistas e inválidos) se redujo en 0,7 por ciento, equivalente a 89 mil personas (el total de inactivos en 2016 es de 13,3 millones de personas).

En Colombia, según la Encuesta de Calidad de Vida 2015, aplicada por el Dane, es significativo el número de hogares que vive bajo condiciones de pobreza o en riesgo inminente de caer en ella. De acuerdo con la percepción sobre la capacidad de los ingresos del hogar para satisfacer de manera adecuada las necesidades, 61,7 por ciento de los jefes o cónyuges considera que sus ingresos sólo alcanzan para cubrir los gastos mínimos y 23,1 por ciento afirma que no le alcanzan para cubrir el valor de la canasta básica familiar.

Durante el último año no sólo el desempleo refleja la precarización del mercado laboral. Durante los meses de enero de 2015 a enero de 2016, el subempleo objetivo (comprende a quienes tienen el deseo de mejorar sus ingresos, el número de horas trabajadas o tener una labor más propia de sus competencias personales; pero además han hecho una gestión para materializar su aspiración) aumentó en 9,2 por ciento, en cifras absolutas creció en 229 mil personas; el total de subempleados objetivos es de 2,7 millones de personas.

 

Un mundo inestable e incierto

 

La causa del deterioro en el mercado laboral se explica por la tendencia recesiva de la economía; en 2013 el PIB colombiano aumentó en 4,9 por ciento, en 2015 cayó el ritmo a 3,1 y para 2016 se pronostica que no crecerá en más de 2,5 por ciento. Este descenso es ocasionado por factores externos e internos. En lo externo, la economía mundial no ha podido recuperarse de la recesión más amplia y profunda desde la posguerra, producto de la crisis financiera de 2008 (lo más evidente es el menor crecimiento de China); las secuelas de la crisis se manifiestan en: caída de precios de las materias primas, sobreendeudamiento generado por el rápido crecimiento del crédito y las turbulencias políticas, tasas de inflación más altas, bajo crecimiento de la productividad en todos los factores de producción causada por una inversión persistentemente baja, y, por último y no menos importante, baja demanda agregada. En lo interno, la caída en los precios del petróleo ha provocado una grave repercusión en las cuentas fiscales de la Nación; las exportaciones no despegan y el déficit comercial no detiene su crecimiento; el dólar se eleva y el peso decae; la producción del sector minero-energético se reduce; hay síntomas de deterioro en los sectores industrial y agro; la inflación se aviva y las familias populares y la clase media reducen su consumo; la inversión extranjera languidece; el crédito externo se encarece; y, además, los antagonismos agudizan el conflicto social y la corrupción no deja ninguna institución indemne (gráfico 2).

 

 

La parálisis del desarrollo

 

Durante la última década Colombia era la envidia del vecindario. Su economía crecía a un ritmo promedio anual superior al 4 por ciento (período 2004-2014), el desempleo se reducía a un dígito y la incidencia de la pobreza por ingresos caía de 55,2 por ciento en 2001 a 27,8 en 2015 (gráfico 3). Como no hay nada eterno en el mundo, la realidad demostró que en una economía fundamentada en la especulación financiera e inmobiliaria, el rentismo y el extractivismo de los recursos naturales y energéticos, el desarrollo es insostenible.

La insuficiente generación de empleos necesarios para absorber el aumento en la Población en Edad de Trabajar (PEA) y la elevación de la tasa global de participación ha dado origen a un incremento del desempleo abierto, sumado a cambios en la composición sectorial del empleo y a un aumento relativo del trabajo precario.

 

La tragedia del mercado laboral

 

Entre el sistema educativo, las actividades de ciencia, tecnología e innovación, el mercado laboral y la matriz económica se registran desencuentros, fisuras múltiples y poca pertinencia. A nivel nacional, en enero de 2016 hubo 21,4 millones de personas ocupadas, 265 mil ocupados más comparado con el mismo mes del año anterior. Hay que recordar que los sectores de mayor participación en la ocupación en Colombia son aquellos de baja ocupación de empleo cualificado, poco intensivos en ciencia, tecnología e innovación, informales y de baja productividad que se reflejan, a la vez, en puestos de trabajo inestables y de escasos ingresos: Comercio, hoteles y restaurantes con 28,2 por ciento; servicios comunales, sociales y personales con 19,0 por ciento; y agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca con 16,1 por ciento. Estas tres ramas captaron el 63,3 por ciento de la población ocupada. La industria manufacturera sólo genera el 11,3 por ciento de los puestos de trabajo (gráfico 4).

Estas cifras no permiten olvidar que el modelo económico hegemónico en Colombia, producto de las reformas económicas que empezaron a aplicarse desde finales de la década de 1980, tendió a reducir la intensidad laboral del crecimiento económico, induciendo un desempeño negativo en este ámbito. En general, la participación del empleo asalariado en el total poco aumenta reflejando la debilidad de la demanda laboral; el empleo público no crece debido a los procesos de privatización-desnacionalización y a las políticas fiscales restrictivas; el trabajo asalariado privado se incrementa más rápidamente en las microempresas. En promedio, dos tercios de los puestos de trabajo se generan en el sector informal. No es casual, por tanto, que durante el trimestre noviembre de 2015-enero de 2016, la mayor variación porcentual de la población ocupada según rama de actividad se registre en: actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler (11,2%); minería, servicios públicos e intermediación financiera (8,4%); y comercio, hoteles, restaurantes (4,4%). En contraste, tres ramas vienen destruyendo puestos de trabajo: transporte, almacenamiento y comunicaciones (-5,6%); industria manufacturera (-4,9%); y construcción (-3,9%) (gráfico 5).

 

 

En cuanto a la distribución porcentual de la población ocupada según posición ocupacional, en el total nacional, el trabajador por cuenta propia y el obrero-empleado particular, fueron las posiciones ocupacionales que tuvieron mayor participación en la población ocupada con 81,3 por ciento en conjunto (gráfico 6).

Durante el trimestre noviembre de 2015-enero de 2016, la posición ocupacional jornalero o peón presentó una variación de 8,1 por ciento y el trabajador por cuenta propia creció 3,2 por ciento en el total nacional (gráfico 7).

Al mismo tiempo y por efectos del ajuste a la baja en los gastos de los hogares, el empleo doméstico registra una pronunciada caída (-5,4 por ciento); de igual manera, los trabajadores sin remuneración (incluye a los trabajadores familiares sin remuneración y a los trabajadores sin remuneración en empresas de otros hogares) están sufriendo mayor cantidad de despedidos o han tenido que salir a buscar ingresos para compensar la precariedad económica que enfrenta a sus familias (-4,2 por ciento).

En conclusión, en Colombia se observa tanto un grado creciente de informalidad laboral como una tendencia ascendente del desempleo, de manera particular a partir de 2015. Este conjunto de fenómenos socio-laborales repercuten negativamente en la pobreza y generan desalientos entre los jóvenes y los adultos que, queriendo ocuparse, no pueden hacerlo por falta de oportunidades. Las tasas de desempleo e informalidad son más elevadas entre los grupos de menores ingresos, en comparación con los estratos más pudientes. Las tasas de desempleo e informalidad de los hogares más pobres duplican la tasa promedio, lo que acusa una sostenida y creciente desigualdad socio-económica.

Además, con la decisión tomada por el Gobierno (decreto 378 de marzo de 2016) de recortar en seis billones de pesos del presupuesto nacional aprobado por el Congreso para el año fiscal de 2016, por cuenta del déficit fiscal que asciende a $30 billones, la situación que afrontará el país será de mayor caída en la producción y el empleo. El ajuste afectó principalmente la inversión con consecuencias contractivas para la actividad económica ($3 billones salieron de inversión, $2,5 billones de funcionamiento y $0,5 billones del servicio de la deuda nacional). Según el Ministro de Hacienda, este recorte era necesario para cumplir con la meta de déficit de 3,6 por ciento del Producto Interno Bruto en 2016, impuesta por la regla fiscal.

Dado que es a través del empleo que las personas generan la mayor proporción de sus ingresos, la coyuntura laboral tiene repercusiones fundamentales sobre la pobreza y sobre la distribución del ingreso. Existe una estrecha vinculación entre las condiciones de trabajo y el bienestar de los hogares.

Colombia requiere transformar el modelo de desarrollo dominante, por su insostenibilidad, hacia uno centrado en el ser humano, el trabajo digno, la inclusión de la ciencia, la tecnología y la innovación adecuadas a las necesidades del país, la promoción de la solidaridad y la protección integral del ambiente.

* Economista y filósofo. Integrante de los comités editoriales de los periódicos Desde abajo y Le Monde diplomatique, edición Colombia.
** El Espectador, 5 de marzo de 2016.

Información adicional

Autor/a: Libardo Sarmiento Anzola*
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