
Hace una semana en Cuba todo parecía estar perfectamente “amarrado”, como en un guión que sin mayores enmiendas ya había sido escrito hasta 2018, o incluso 2021. Eso fue antes de que en el séptimo congreso del Partido Comunista (Pcc) los “máximos líderes de la revolución” pusieran en pausa los relojes del país… al menos por algunos años.
En pocas palabras, el acontecimiento puede resumirse así: Raúl Castro no designó a un nuevo segundo secretario del Partido –como se esperaba– sino que apeló a la reelección del hombre que hasta ahora venía desempeñando el cargo: José Ramón Machado Ventura. Se trata de un integrante de la “generación del Centenario” –como el propio Raúl y Fidel– que a sus 86 años posee un fuerte prestigio dentro de la maquinaria estatal, pero puede ofrecer muy pocas opciones de renovación. El hecho marca cualquier valoración en torno a ese cónclave político, decisivo en Cuba, donde cada cinco años se trazan las políticas económicas y sociales.
Sobre todo porque determina un alto en la pretendida modernización del modelo.
“El simbolismo de sortear los cambios con la generación del Centenario es importante”, explica en un comentario Harold Cárdenas Manresa, profesor universitario y coautor de La joven Cuba, uno de los blogs de discusión política más influyentes de la isla. “La generación de mis padres (nacida luego del 1 de enero de 1959) también merece una confianza que ha sido procrastinada, postergada… y nos puede costar caro. Ojalá el futuro traiga continuidades y no rupturas.”
En Cuba el primer y el segundo secretario del Comité Central del Partido son las principales figuras decisorias del país (incluso por encima del propio presidente). De ahí la importancia de la designación por parte del mandatario, quien concentra en sus manos las responsabilidades de jefe del Estado, del gobierno y de las fuerzas armadas. Su avanzada edad (cumplirá 85 en junio) y varias declaraciones previas al congreso hacían suponer que ahora –por primera vez en la historia de la revolución– el cargo sería asumido por alguien que no integrara la “generación histórica” que encabezó la lucha contra el dictador Fulgencio Batista en la década de 1950.
En ese sentido, el principal candidato era Miguel Díaz-Canel Bermúdez (56 años), el primer vicepresidente, quien dentro de los círculos oficiales es visto como una apuesta segura, y cuenta con un respaldo apreciable entre la población, en particular en las provincias que dirigió entre 1994 y 2009.
Roberto Álvarez Quiñones, un ex periodista de Granma (el principal periódico del país, y vocero del Partido), ya lo había anticipado: “la misión del actual primer vicepresidente es de marketing, de vender la idea de que en Cuba hay una renovación de la cúspide dirigente. Díaz-Canel sólo podría ser presidente si muriese Raúl, y sólo hasta 2018”. El quid de la cuestión parece radicar en un problema de confianza, pues la mayoría de los anteriores “delfines” terminaron sucumbiendo ante acusaciones de corrupción y “actitudes incompatibles con la moral socialista”, lo que en una ocasión hizo exclamar a Raúl Castro que “habían dejado sin recambio a la revolución”.
El acelerado crecimiento de la inversión extranjera y la aparición de una pequeña pero activa clase media profundizan las reservas entre quienes establecieron el actual modelo de país, considera Aldo, un profesor universitario de derecho que prefirió resguardarse en el anonimato. La mayor inquietud sería estar entronizando un líder que luego condujera una transición “al estilo español, o peor aun, soviético”, señala. “Hace una década, durante uno de sus últimos discursos, Fidel Castro lo señaló repetidamente: ‘los únicos que podrán derrocar a la revolución son los mismos cubanos’. Aunque puedan verse como acontecimientos lejanos en el tiempo, para la actual dirigencia aquellos son recuerdos tangibles. La etapa posterior al franquismo o el derrumbe de la Urss se produjeron cuando ellos ya estaban en el poder y no son tan fáciles de obviar por la sencilla razón de que lo que ocurre en Cuba guarda muchas similitudes con las circunstancias que condujeron a la desaparición de ambos sistemas, en especial con las que se vivían en el Moscú de finales de la década de 1980.”
El congreso que esta semana concluyó en La Habana no pudo ser más diferente al anterior, que en abril de 2011 abrió las puertas a una profunda reforma económica y una discusión nacional acerca del proyecto de país que debería construirse. Cinco años más tarde, la actualización del socialismo cubano ha sido puesta en pausa, al menos en cuanto a su renovación generacional.



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