
Para entender la derrota de Podemos hay que atreverse a hacer un pequeño viaje en el tiempo, al menos cinco años atrás, cuando el 15 M estaba levantando las acampadas de las plazas al grito de “Lo llaman democracia y no lo es”. En aquel entonces el movimiento rehuía la construcción de liderazgos personales, defendía una política horizontal y amateur, y tenía en el centro de sus preocupaciones incluir al mayor número de gente común. El éxito de Podemos en sus primeros tiempos, cuando se declaraba como un partido “antipartido”, se debió a que fue un calco político del 15 M, que se expandía según el mismo patrón de proliferación de asambleas locales (círculos) y de replicación en redes.
Su primera crisis seria se produjo cuando empezó a asomar como un partido más, con su dirección oligárquica y sus infinitas trifulcas por el poder interno, y cuando su estrategia de transversalidad se fue al traste por la irrupción de Ciudadanos. De aquella franja de entre el 15 y el 18 por ciento de expectativa de voto, en la que estaban encallados desde la primavera de 2015, no le salvaron sus propios aciertos sino el éxito de las candidaturas municipalistas que en algunas ciudades, y de acuerdo con formas de comunicación, implicación y organización más próximas al 15 M, volvieron a elevar el techo electoral. El recuerdo de éstas fue lo que empujó también las posibilidades de Podemos. El 20 de diciembre pasado obtuvo sus mejores resultados allí donde fue en “confluencia”.
El domingo ya no quedaba mucho de ese impulso social distribuido. Lo único que hizo la campaña electoral fue confirmar esta ausencia. La moderación, la “socialdemocracia”, el triunfalismo dejaron indiferentes a los más. Y muchos finalmente no fueron a votar. La única diferencia significativa entre la campaña del 20 D y la del 26 J ha sido de grado, en el sentido de una campaña de partido, que sólo depende del partido y que cada vez encuentra menos elementos de resonancia externa. No es un problema exclusivo de la dirección de Podemos, sino de una lógica compartida por la “nueva política” dirigida exclusivamente a recuperar la representación. De hecho, se perdieron votos en todas las autonomías. Más de 200 mil en Andalucía y otro tanto en Madrid, que juntas acumularon el 40 por ciento de ese 1,1 millones de “votos ausentes”. Pero también se perdieron en las “confluencias”, donde la dirección de campaña dependía mucho menos de “Madrid” que de los activos locales: 130 mil en Valencia, 80 mil en Cataluña y más de 60 mil en Galicia, un aviso a los navegantes de que el legado municipalista no es eterno.
Durante este último año y medio Podemos ha prometido esencialmente dos cosas: que podía ganar las elecciones y que con el gobierno en su mano daría cumplida respuesta a las exigencias de cambio. La segunda promesa es siempre dudosa y, desde luego a tenor de algunas de sus manifestaciones locales, como Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, parece por completo desmentida. La primera ha funcionado como un narcótico para infinidad de gente, que por puro interés (porque querían formar parte de la industria de la representación), por necesidad de creer o por buena fe, pensó que este era el momento de la política profesional, de delegar en un grupo inteligente y capaz de desencallar lo que la “gente” no iba a ser capaz de hacer por sí misma. El domingo esa promesa se demostró, una vez más, falsa. Sin la “gente” y sin política que vaya más allá de los expertos y de la lengua de palo de los políticos profesionales no se ganan elecciones, no al menos si lo que se pretende es empujar un proyecto de cambio real.
El terremoto puede desencadenar nuevos seísmos. Puede abrir la guerra interna del partido entre los partidarios de Pablo y los de un Errejón que, a pesar de ser responsable principal de este fracaso, considera que esta es su hora. O puede, en el mejor de los casos, promover movimientos de cambio y reflexión interna que, siempre que no encallen en soluciones mágicas (como las superficiales de un cambio de dirección y discurso), quizás sirvan como un saludable revulsivo interno. Sea como fuere, todo el que no entienda que la radicalización democrática no encaja bien en los canales de la política institucional, en los partidos oligárquicos convencionales, en la adhesión incuestionable a las figuras carismáticas, volverá a recaer en las ilusiones del 26 J.
Desgraciadamente es muy poco probable que se recuperen la frescura y la mirada que hace apenas unos años era todavía el sentido común de aquella gigantesca ola de cambio, que un día como hoy de 2011 pensaba en ampliar y multiplicar lo que ya se había conseguido en seis semanas de acampadas en las plazas.
• Sociólogo e historiador, integrante de la Fundación de los Comunes. Autor de los libros Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios e Hipótesis democracia. Tomado de Público.es. Brecha reproduce fragmentos de esa nota.



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