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De inteligencia a inteligencia

De inteligencia a inteligencia

Un informe de 1985 de la Agencia Central de Inteligencia revela que Estados Unidos seguía de cerca a la intelectualidad francesa de izquierda. Para los servicios de inteligencia estadounidenses, su influencia en el ámbito político era un problema estratégico.

 

“Los intelectuales tradicionalmente desempeñaron un papel influyente en la vida política francesa. Aunque pocas veces hayan tomado parte directa en la formulación de políticas, condicionaron la atmósfera en que esas políticas se conducían y a menudo moldearon las tendencias políticas e ideológicas que dieron lugar a la política francesa.” Estas afirmaciones no pertenecen a ningún adorador de la inmortalidad del “viruviru”, sino que se encuentran en un informe sobre los intelectuales franceses que confeccionó la Cia. (1) Realizado en 1985, este informe, titulado “La defección de los intelectuales de izquierda”, tenía un móvil transparente: detectar y orientar lo que en Francia pudiera pensarse y sentirse a propósito de Estados Unidos. A mediados de abril pasado el documento fue difundido y comentado por Gabriel Rockhill, filósofo y sociólogo francoestadounidense. (2)

Con notable indiferencia ante los lugares comunes que suelen asociarse a los intelectuales (dispensadores de viruviru, abstrusos, torremarfileños: prescindibles), la Cia sostiene en esas páginas que, en Francia, “los intelectuales cuentan, probablemente más que en la mayoría de las democracias occidentales”. Para desmenuzar cómo cuentan y qué cuentan los intelectuales franceses, la agencia relata los cambios sucedidos en los casi cien últimos años.
Si desde fines del siglo XIX y durante las tres primeras décadas del XX los intelectuales de izquierda y de derecha mantuvieron en Francia cierta paridad de fuerzas en el debate en torno al legado de la revolución, después de 1945 los intelectuales de derecha perdieron buena parte de su legitimidad, afirma la Cia, por sus coqueteos con el fascismo, por su condescendencia o complicidad con el nazismo y el gobierno colaboracionista, por su nacionalismo xenofóbico y su antiigualitarismo. Luego de la Segunda Guerra Mundial sucede algo que el informe recuerda con asombro pesaroso: izquierda e intelectualidad se identifican fuertemente una con la otra. O peor aun, para mayor pasmo de los autores del informe: comunistas, socialistas e intelectuales coinciden y se confunden. El rechazo al imperialismo estadounidense y al estilo que lo acompañaba en el pensamiento, la cultura y la enseñanza, se potenciaba en aquella posguerra.

EL GRAN MECENAS

 

Aunque en este punto el informe de la Cia se muestre discreto hasta la mudez, sabemos cuál fue la respuesta de Estados Unidos: la creación de esa gran máquina de guerra helada que fue el Congreso por la Libertad de la Cultura (Congress for Cultural Freedom), que a partir de 1950 se expandió desde su sede en París hacia más de 30 países en los que mantuvo oficinas. Gabriel Rockhill sí lo recuerda, y afirma que el congreso fue uno de los mayores mecenas en la historia del mundo, editor de docenas de revistas de prestigio, organizador de coloquios internacionales de gran envergadura, de exposiciones artísticas, espectáculos y conciertos, protagonista en la industria del libro, dispensador de premios y becas. Recordemos nosotros que en el correr de los años sesenta quedaron a la vista los lazos formales entre ese vasto mecenazgo y la Cia al conocerse que el Congreso por la Libertad de la Cultura (Clc) era una organización de este servicio de inteligencia. A este respecto, Gabriel Rockhill cita a un ex supervisor de las actividades culturales de la Cia que en un informe publicado en 1967 se refiere a la “inmensa alegría” que sintió cuando la orquesta sinfónica de Boston, entonces sostenida por la Cia, “recogió en París más aplausos para Estados Unidos que los que John Foster Dulles o Dwight D Eisenhower podrían haber pretendido recibir con una centena de discursos”. Esta operación, afirma Rockhill, no era ni pequeña ni marginal.

ANTISOVIETISMO

 

Sin embargo, en 1985, el informe de la Cia nada dice sobre la actuación estadounidense, sino que una vez trazada esa compacta historia de los intelectuales –desde Zola y su caso Dreyfus hasta la posguerra y sus intelectuales comunistas y socialistas defensores de ideales de igualdad– el documento se concentra en exponer y en paladear la defección de esa sensibilidad y de ese ideario. Según la Cia, la liquidación de “la última camarilla de eruditos comunistas” (así se refiere el documento a Jean-Paul Sartre, Roland Barthes, Jacques Lacan y Louis Althusser: “the last clique of Communist savants”) la lleva adelante un grupo de jóvenes autodenominados “nouveaux philosophes”, con Bernard-Henri Levy y André Glucksmann a la cabeza. Se impone entonces un nuevo sentido común que, en nombre de la lucha contra el totalitarismo, amalgama Alemania nazi y Unión Soviética, mientras ataca el principio de igualdad. La piedra de toque del nuevo pensamiento de izquierda, dice la Cia citando opiniones de Jorge Semprún, es “una actitud crítica hacia la Urss, y uno de los corolarios es el rechazo al Partido Comunista Francés”. Es más, para Semprún, siempre citado por el documento de la Cia, “la cuestión esencial no e(ra) Pinochet, ni la destrucción de la industria metalúrgica en Lorena, ni el despliegue imperialista de Reagan, sino la actitud hacia la Urss”.

El informe expone pues con notorio deleite que “el antisovietismo permitió” una actitud más abierta hacia Estados Unidos, con lo que creció“un sentimiento pro Estados Unidos”, arraigado en “la moda de la cultura popular estadounidense”. Y con fineza, la Cia observa que si hasta entonces el sentimiento pro Estados Unidos había sido indicio de una educación poco adecuada (una marca de bajo nivel intelectual), en lo sucesivo, por el contrario, encontrar virtudes en el modelo estadounidense se volverá signo de una encomiable capacidad de discernir. Llega entonces a suceder que sea difícil movilizar a las elites intelectuales para una oposición significante a las políticas estadounidenses en América Central, ejemplifica la Cia.

Los “nuevos filósofos” no son los únicos autores de este cambio de sensibilidad cuya característica principal es la crítica a la Unión Soviética. El documento del servicio de espionaje estadounidense también identifica, además de algunos pensadores de derecha que vuelven a la palestra, a intelectuales como Marc Bloch, Lucien Febvre o Fernand Braudel, quienes, reu­nidos en la escuela historiográfica de losAnnales, forjaron otra manera de hacer historia y de entender el materialismo histórico. Similar efecto observa la Cia en la obra del antropólogo Claude Levi-Strauss y en la de Michel Foucault, identificado como el principal intelectual francés. En particular, la Cia destaca la condena de Foucault a “las consecuencias sangrientas” de la teoría social racionalista de la Ilustración y de la época revolucionaria.

LA FUERZA DE LA TEORÍA

 

Por fuera de las coincidencias o no que pueda uno tener con los análisis realizados por la Cia, lo que alecciona en este informe es la atención prestada por un servicio de espionaje a los intelectuales franceses, denominación que, como este documento explicita, “abarca a periodistas, artistas, escritores y docentes”, es decir, a personas que pasan la mayor parte de su vida leyendo, escribiendo o hablando. En particular, es instructivo que la Cia se haya dedicado a leer y a escuchar en detalle (¡la Cia puede citar la última entrevista que Sartre dio a la televisión francesa!) a tantos forjadores de teoría, en quienes permanentemente los espías están evaluando el grado de amenaza o de amistad que su palabra trae para los intereses estadounidenses en el mundo. Una agencia con un largo historial de eliminaciones físicas de supuestos o reales enemigos de Estados Unidos y con una probada habilidad para poner la tecnología más sofisticada al servicio del espionaje y del complot internacionales, con este concentrado interés en la teoría nos recuerda la fuerza subversiva que ésta puede desplegar.

 

Como sostiene Gabriel Rockhill, es errado reducir el pensamiento y los efectos políticos de un pensador a una única toma de posición. No obstante, el espíritu de izquierda antirrevolucionaria de Foucault, es decir, su visión de los movimientos radicales expansivos que buscan una transformación social y cultural profunda como si sólo pudieran ser resurrecciones de las tradiciones más peligrosas, se armoniza perfectamente, afirma Rockhill, con las estrategias globales de guerra psicológica de la agencia de espionaje. La interpretación de la teoría francesa por la Cia debería invitarnos a reconsiderar, sugiere Rockhill, el barniz tan radical como chic que recubrió gran parte de su recepción anglófona. Según una concepción etapista de la historia progresiva, en general ciega a su teleología implícita, el trabajo de pensadores franceses de punta, como Foucault o Derrida, fue a menudo entendido en Estados Unidos como una superación de lo que se halla en las tradiciones socialistas, marxistas o anarquistas.

La recepción que en Estados Unidos se hizo de los autores franceses nos incumbe y mucho, porque a Uruguay estos autores llegaron triangulados vía las universidades estadounidenses, salvo notables excepciones, como por ejemplo fue La República de Platón, revista de los años noventa dirigida por Sandino Núñez, que pudo leer y pensar a los autores franceses como alternativa filosa al consenso adaptativo que iba instalándose. (3)

A 30 años de confeccionado, y a la luz de los últimos diez o quince, el informe de la Cia revela, a ojos de esta cronista, un excesivo optimismo por parte de los espías en la derechización de los intelectuales franceses y en la consiguiente obsolescencia del legado revolucionario. Hoy en los intelectuales de obra insigne (Jacques Rancière, Alain Badiou, Georges Didi-Huberman) que siguen sin plegarse al consenso resignado, y en los numerosísimos anónimos o cuasi anónimos que siguen declarándose herederos de la igualdad como principio, de la sublevación como derecho y de la Ilustración como reserva crítica, en todos ellos, hace tiempo que la piedra de toque dejó de ser el desdén por los años sesenta y sus conflictos. En algunos muros de París puede hoy leerse esta pintada: “Il fait sombre au pays des lumières. Va lire un livre” (“Está oscuro en el país del Iluminismo. Andá a leer un libro”). Mientras siga habiendo quien denuncie la oscuridad del consenso, la Cia se habrá alegrado en demasía de la “defección de los intelectuales de izquierda”.

 

https://www.cia.gov/library/readingroom/docs/CIA-RDP86S00588R000300380001-5.PDF

https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/140417/quand-la-cia-sattelait-demanteler-la-gauche-intellectuelle-francaise

Me refiero a esto en “Fue cuando nos miamizamos” http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Alma%20Bolon/Fuecuandonosmiamizamos.html

 


 

“Sobre la labor intelectual de desmantelar a la izquierda cultural”

 

Por Gabriel Rockhill

 

Sin duda es verdad, y merece ser destacado, que la recepción anglófona de la teoría francesa, tal como sensatamente lo indicó John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia ante la falsa neutralidad política, la tecnicidad despegada de la lógica y del lenguaje o el conformismo ideológico que obra en la tradición de la filosofía angloestadounidense sostenida por McCarthy. Sin embargo, las prácticas teóricas de las figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis llamó la tradición de la crítica radical –es decir de resistencia anticapitalista y antimperialista– por cierto contribuyeron a la deriva ideológica que alejó a la inteliguentsia de la política transformadora.

Según la propia agencia de espionaje, la teoría francesa posmarxista contribuyó directamente al programa cultural de la Cia, procurando llevar la izquierda hacia la derecha, mientras se desacreditaba el antimperialismo y el anticapitalismo, creando así un ambiente intelectual en el que sus proyectos imperiales podrían proseguir al abrigo de cualquier examen crítico serio por parte de la inteliguentsia.

Como lo sabemos gracias a las investigaciones sobre el programa de guerra psicológica que llevó adelante la Cia, la organización no sólo vigiló y presionó a los individuos, sino que siempre deseó comprender y transformar las instituciones de producción y de distribución culturales. En efecto, su estudio de la teoría francesa subraya el papel estructural desempeñado por las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y la consolidación de un ethos político colectivo. A través de ciertas descripciones que, como el conjunto del documento, deberían invitarnos a meditar de manera crítica en la situación académica actual en el mundo anglófono y más allá de éste, los autores del informe colocan en un primer plano la manera en que la precarización del trabajo académico contribuyó a la demolición de la izquierda radical.

Si los izquierdistas decididos no pueden asegurarse los medios materiales necesarios para llevar adelante su trabajo, o si estamos más o menos subrepticiamente obligados a conformarnos con el statu quo para poder encontrar un puesto de trabajo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales necesarias para una comunidad de izquierda comprometida se debilitan. La profesionalización de la enseñanza superior es otro instrumento empleado con estos fines, puesto que apunta a transformar a los individuos en engranajes tecnocientíficos del aparato capitalista antes que en ciudadanos autónomos dotados de herramientas confiables para la crítica social.
La teoría de los mandarines de la Cia da preeminencia a los esfuerzos del gobierno francés para “incitar a los estudiantes a que sigan estudios comerciales y técnicos”. Los mandarines destacan igualmente la contribución de las grandes editoriales, como Grasset, de los medios masivos y del embale por la cultura estadounidense, a la promoción de su plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué nos enseña este informe, sobre todo en el actual ambiente político y su asalto continuo contra la intelectualidad crítica? Antes que nada, este informe debería recordarnos que si algunos dan por sentado que los intelectuales son impotentes y que nuestras orientaciones políticas no tienen importancia, la organización que fue una de las eminencias grises más poderosas de la política mundial no comparte esta opinión. La Central Intelligence Agency, tal como su nombre lo sugiere irónicamente, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, y nosotros deberíamos tomar esto muy en serio.

(Tomado de Rebelión, publicado originalmente en inglés en thephilosophicalsalon.com, Brecha reproduce fragmentos.)

Información adicional

Autor/a: ALMA BOLÓN
País: Estados Unidos
Región: Norteamérica
Fuente: Brecha

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