
Denuncias por la llegada de grupos paramilitares a diferentes territorios en todo el país, amenazas y desapariciones sistemáticas de líderes sociales, sumado al asesinato de militantes del nuevo partido de las Farc y a la enfermiza negación de esta realidad por parte del Gobierno, configuran una nueva era del terror en Colombia.
El Acuerdo Final de Paz suscrito entre el Gobierno y las Farc, contempló el establecimiento de 19 Zonas Veredales Transitorias de Normalización (Zvtn) y 7 Puntos Transitorios de Normalización (PTN), dónde los diferentes frentes de la extinta guerrilla se agruparon para dejar las armas e iniciar los procesos de reincorporación a la vida civil. Todo esto implicó que los territorios antes ocupados por las Farc quedaran a merced de nuevos actores armados ilegales ante la evidente incapacidad estatal de garantizar la seguridad.
De esta realidad dan cuenta las crecientes denuncias interpuestas por diferentes comunidades y organizaciones en todo el país, en las que explicitan y rechazan de forma enfática la entrada de grupos paramilitares a sus territorios.
Un ejemplo de lo que está sucediendo –tal vez uno de los casos más representativos, pero que poco sonó en medios de comunicación oficiosos–, ocurrió el 9 de febrero del 2017 con la llegada de un grupo de por lo menos 15 sujetos armados y vestidos de camuflado a la vereda Las Timbas, municipio de Tibú, un día después de la salida del frente 33 de las Farc a la Zvtn de Caño Indio, situación que generó alerta entre los habitantes de toda la región del Catatumbo, quienes durante dos semanas se mantuvieron en un refugio humanitario, exigiendo al Estado garantías de seguridad para sus territorios. Tristemente, sucedió allí lo que sucede en todo el país: los oídos sordos del Gobierno no escucharon.
Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver, como ocurre con el Ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, quien en desconcertantes declaraciones brindadas en enero del año pasado sostuvo “[…] en Colombia no hay paramilitarismo. Decir que en Colombia hay paramilitarismo significaría otorgar un reconocimiento político a unos bandidos dedicados a la delincuencia común u organizada”.
Esta negación absurda por parte del establecimiento a una realidad inminente, se terminó de evidenciar cuando durante el pasado octubre, este mismo personaje dijo que los asesinatos a líderes sociales “[…] han sido en su inmensa mayoría fruto de un tema de linderos, de un tema de faldas, de un tema de reivindicación, de un tema de pelea por rentas ilícitas […] no es que de pronto apareció el asesinato a líderes sociales, es que de pronto lo que apareció fue la medición a ese fenómeno”.
¿Quién diría que después de dos siglos de patria, las clases dirigentes de este país continúan burlandose descaradamente de la vida de campesinos, campesinas, indígenas y afrodescendientes?
Todo indica que estamos ante una conciente inoperancia estatal, pues con las fuerzas armadas más potentes de la subregión, se cruzan de brazos ante los tozudos hechos. Como es de conocimiento público, la cartera de Defensa conserva un constante incremento en su presupuesto, pasando de 30 billones de pesos en 2016, a 29,5 billones en 2017 y a 32,4 billones en 2018. Con tantos recursos ¿Dónde está la defensa de la vida?
Esto debería preguntarse cada vez más fuerte. Según la Defensoría del Pueblo, Entre el 2016 y el 2017 en Colombia fueron asesinados 156 líderes y defensores de derechos humanos. Sólo el año pasado se contaron 81 líderes y lideresas asesinadas impunemente. Hace menos de una semana, el nuevo partido de las Farc denunció que desde la firma del Acuerdo Final han sido asesinados 36 excombatientes. Pero bueno, el Gobierno dice que esa tal sistematicidad no existe.
Hay que decirlo, hay que resaltar una evidencia preocupante: a pesar de la voluntad de las comunidades por alcanzar la paz, del compromiso de las Farc al dejar las armas y hacer el tránsito a la vida civil, el menos interesado en aportar a este proceso es el Gobierno, empeñado en negar y ocultar una realidad que salta a la vista, asemejando este momento a tantos tiempos de terror y silencio obligado que hoy parecieran no terminar.



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