Del estallido social del 2021 mucho se ha escrito, pero hay un particular que no ha sido destacado con suficiencia: la expresión cultural que congregó. Además de la juventud, que con su temple encaraba la intimidación pretendida por las fuerzas de choque del establecimiento, también resaltaba por las calles el color y el arte, clara expresión de creatividad popular.
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ecisión de exigencia, de reclamo. Rabia con quienes han gobernado por décadas el país, llevando a millones a situción de empobrecimiento y vida indigna. Decisión de lucha y mucho más. Durante las jornadas de protesta iniciadas el 28 de abril la creatividad fluyó sin cesar, resaltando con fuerza la resignificación de territorios, sus nombres y simbología en general. Es así como en Bogotá la toma del Monumento a Los Héroes le otorga otra actualidad a un espacio que por años quedó reducido a una simple arquitectura sin fuerza vital ya que su remembranza de sucesos acaecidos dos siglos atrás ya no atraían la curiosidad de quien cruzaba por allí. En esta misma ciudad un paradero de buses del actual sistema de transporte, el Portal de las Américas cambia su nombre a Portal Resistencia, y el Puente de Usme recibe como denominación Puente Dignidad.
En Cali, otros lugares fueron rebautizados y es así como Puerto Rellena, lugar de encuentro de conductores y población en general, recibe el de Puerto Resistencia como nuevo nombre, en honor a los sucesos que ahí enaltecían la voluntad de protesta de cientos. En otros sitios de la ciudad sucede igual con espacios donde la comunidad estuvo fortalecida por su unidad y convicción. De igual manera, ocurrió en Medellín y en otras ciudades.
Cada una de estas acciones estaba acompañada de otras, como pintada de murales, expresiones musicales, y acciones similares. Un proceder que abre el interrogante: ¿dónde se encontraba ese zumo, ese aliento multicolor que de una u otra forma nos caracteriza como habitantes latinoamericanos? Y, no solo porque nos pertenezca ese derecho al color, la fiesta la música y la alegría, tal vez porque acudimos a esa vitalidad para darnos fortaleza en los momentos más desalentadores y tristes.
Explosión de creatividad artística. ¿Pero qué entender por arte? La literatura más tradicional sobre este particular indica que, partiendo de la raíz latina de la palabra (ars) por este se entiende que es el “[…] concepto que engloba todas las creaciones realizadas por el ser humano para expresar una visión sensible acerca del mundo, ya sea real o imaginario. Mediante recursos plásticos, lingüísticos o sonoros, el arte permite expresar ideas, emociones, percepciones y sensaciones” (tomado del portal https://definicion.de/arte/).
Un concepto que nos enseñan desde la escuela, utilizado por demás de manera ambigua para establecer un tipo de cultura que invalida las expresiones populares, expulsándolas de plano con calificaciones como: “Música culta” –refiriéndose a un género musical europeo interpretado en lo fundamental por orquestas sinfónicas y filarmónicas–, que lo es tanto como el vallenato, la ranchera y sus subgéneros; una concepción no solo eurocentrista sino además con carga racista y clasista de cultura.
Una definición y sus prolongaciones que no brinda respuesta adecuada al interrogante despertado por aquel fluir de rebeldía y de creatividad artística. De ahí la necesidad de proseguir la exploración tras los sentidos varios del arte, y en este caso del popular.
El concepto
El concepto de arte popular se va construyendo, según la visión de Occidente, desde el Renacimiento, porque este es el momento cuando se deja de hacer obras para un mecenas (patrocinador o padrino de artistas), y al liberarse de esta cadena, para producir obras únicas y por encargo que tenían como función ser puramente decorativas, la imaginación queda liberada y dispuesta a conectar con el real sentir de la sociedad en general. La producción de artesanías, cuya creación es genérica y cuya función estaba enmarcada en ser utilizadas en forma de sillas, mesas y otros utensilios gana espacio. No así otras manifestaciones, toda vez que la creación sigue atada o limitada por el poder de la Iglesia y su censura a todo lo que considera impío, irrespetuoso y cosas por el estilo.
Pese a ello esta ruptura inicial proseguirá su ahondamiento en la medida en que se formaban las naciones, a cuya sombra las artes elaboraban sus propias reglas a partir de los intereses que entran en disputa, aunque bastante delimitadas por la clase dominante.
Una particularidad que traída a la actualidad permite detallar, procesar y sacar conclusiones de lo sucedido durante el estallido social del 2021.
En resistencia
Y, esta es una verdad cotidiana, pese a que en muchas culturas se establecieron reglas sobre la belleza (estética), sobre aquello que podía llamarse arte y cual no, pese a esto, a estar muchas veces arrinconado o invisibilizado, el arte popular resiste y va de la mano del ser humano común acompañando su caminar a lo largo de la vida. En lo cual son básicos los mitos populares, entre ellos los que explican la cosmovisión, por ejemplo de los pueblos indígenas, pero también historias que trascienden llevados por la voz de los juglares, transformados en variedad de canciones que aún hoy recrean y alegran nuestros sentidos. Eso es arte –y es arte popular.
Son mitos, juegos, divertimentos, formas de relacionar e integrar, de mirar e interpretar la naturaleza, que en muchas ocasiones conocimos en noches alumbradas por unas pocas velas y en las cuales nuestras abuelas, madres o mayores en general nos transmitían la forma de ver el mundo que habían recibido, a su vez, de sus mayores. Es así como el arte, en este caso popular, deja de ser una creación individual para convertirse y reflejar una creación colectiva, la cual proseguirá su recreación a lo largo del tiempo, toda vez que las generaciones que la reciben le incorporarán, de manera inconsciente, su sello particular.
Es por esta razón que el arte popular resiste y es tan vital, porque no se ciñe a las reglas establecidas, sino que obedece a la necesidad de expresión del ser humano. En términos formales también se conoce como arte Naif
Factor de unidad
comunitaria
Con la llegada del siglo XX el arte sale del estudio del artista y llega al corazón de las calles y los barrios. Allí quedan plasmados el muralismo, años después los grafitis, así como otras expresiones que dan constancia del permanente fluir del arte y la comunidad. Las festividades –carnavales, y otros– son parte de ello, preparados por colectivos barriales con mucha antelación y plasmando a través de múltiples creaciones la concepción que tienen del gobierno, por ejemplo, pero también de la política en general, de la corrupción, de algunas deidades –como el Diablo, por ejemplo–.
Esta relación entre arte, cotidianidad, vida, gobierno, poder, a través de las festividades, en muchas ocasiones estaban cargadas de sátira, burla, denuncia, y así lo han rastreado los investigadores desde siglos atrás, para el caso europeo desde la época conocida como feudalismo, constituyéndose es ocasión propicia para evadir el poder del soberano, su censura e intimidación, en tanto éste permitía que en tales ocasiones las gentes se expresaran sin estar sometidas a la amenaza, detención y cárcel.
Igual sucede en nuestro tiempo cuando, por ejemplo, en el carnaval de Barranquilla, los montajes aluden al poder vigente, lo denuncian, evadiendo de manera colectiva la posible retaliación por parte del gobierno.
Es así como el arte expresa hoy un sentido social más vivencial, apropiado y potenciado por las comunidades, con su imaginación y creatividad constante. Es así como el arte hoy no está reducido a las galerías, sino que podemos gozarlo en las calles, apreciarlo en las grandes urbes producto de realizaciones no solo individuales sino también grupales y comunitarias.
Es en ese plan que el estallido social del 2021 nos enseñó el poder de convocatoria y resistencia del arte popular y su arraigo entre la población; miles de personas se tomaron las calles innovando arengas, parafraseando canciones, haciendo teatro, títeres e improvisando transmisiones para proteger la vida de los protestantes. Definitivamente en Colombia el 2021 marcó un hito en la protesta, no solo por la forma masiva y la resistencia de los jóvenes sino también por la amplia participación creativa de la comunidad parte de lo cual, además de lo ya anotado, el derrumbe de ídolos con los cuales el poder validaba el coloniaje, la masacre de pueblos, la imposición, personajes fundidos en bronce y otros materiales que eternizan la “justeza” del poder de ayer y el de hoy, personajes todos ellos ofensivos de la memoria de quienes los padecieron en su criminal avance por selvas y ríos.
En Popayán, Cali, pero también en Bogotá y otras ciudades los lazos y la fuerza de decenas hizo besar el polvo de sus pisadas a esos monumentos que no son dignos de mantenerse ocupando el espacio público. Los Misak descollaron en esas jornadas de dignidad y memoria de dolor, y con esas acciones llamaron la atención de toda la sociedad colombiana, aún dominada por el clasismo y el racismo que niega o arrincona a los pobladores orignarios de estos territorios.
Es así como no solo la confrontación con el Esmad llama la atención sobre una realidad de injusticia prolongada en el tiempo, sino que el arte también marca una pauta de memoria colectiva, señalando con otras formas de hablar, pintar, cantar, etcétera, el futuro que debe construirse para resignificar el pasado y proyectar el presente en un futuro ya no determinado por los de siempre. “El arte está vivo, como la vida misma!”.
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