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Economía de silicona. Coyuntura colombiana

El hecho de que el incremento anual medio de la renta real disponible de los hogares haya sido inferior al 2 por ciento en el período 2003-2006, mientras el consumo se haya incrementado a una tasa media anual de 2,5, señala que el modelo especulativo de “la prosperidad a debe” se generaliza incluso entre algunos de los consumidores (los que tienen acceso al crédito). Este aspecto se ve reflejado fundamentalmente en las llamadas “burbujas inmobiliarias”, en que las bajas tasas de interés estimulan la demanda de bienes raíces, lo que por cierto tiempo apalanca un crecimiento de la economía real que luego se desinfla con tasas de interés que regresan a sus niveles normales.


 


Esta estrategia de estímulo económico a través de la activación, así sea temporal, de la construcción, tiene su explicación en el hecho de que este sector de la economía se halla íntimamente ligado al sistema financiero, y cada vez más cumple las funciones de drenaje para el capital especulativo cuando éste ve coyunturalmente cerradas o agotadas las opciones de las acciones, los bonos o las tenencias de las divisas fuertes. Sin embargo, su sujeción a una demanda que depende en lo esencial de las reducidas tasas de interés termina en insolvencias generalizadas de los consumidores cuando la situación se invierte. El nivel de máximos históricos que ha mostrado el cociente del volumen de créditos sobre el PIB muestra el tipo de economía que ahora vivimos y en que los niveles de endeudamiento de todo tipo se presentan como variable omnipresente.


 


En el caso particular de Colombia, nuestros analistas, con contadas excepciones, y los gestores de política económica no se muestran tan prudentes ni tan reflexivos y lanzan las campanas al vuelo por el crecimiento del 8 por ciento en el primer trimestre de 2007, sin aclarar que tal crecimiento se apoya en la construcción y en las importaciones de las empresas manufactureras, replicando el modelo de una dinámica coyuntural de muy corto plazo que ha mostrado todas sus debilidades en los países donde tiene lugar. No debe extrañar entonces que, pese a esa cifra de variación del PIB, el desempleo se mantenga casi en los mismos niveles, no obstante que las cifras de productividad tampoco aumentan.


 


El rebrote de la inflación, que para el primer semestre de 2007 tuvo una variación del 4,55 por ciento, superior en 1,53 frente al mismo período del año anterior, y que si se contabilizan los últimos 12 meses llega al 6,03 por ciento –cuando en 2006 había sido de 3,94–, responde también a un entorno global en el que los excesos de liquidez, tan característicos de estas últimas etapas del capitalismo, así como el elevado nivel del precio de los combustibles y de otras materias primas (que comienzan a reflejar el hecho de que son limitadas o no renovables), empieza a trasladarse a los precios finales.


 


Todo esto con el agravante de que algunas de estas mercancías, como es el caso de los metales, también se han convertido en refugio de capitales especulativos, dando lugar a que su demanda no dependa tanto de las necesidades inmediatas o estratégicas de las industrias que las usan como insumo sino más que todo de los sobrantes de liquidez que no tienen cabida en las inversiones de portafolio. Este fenómeno, que comienza a perfilarse desde 2002 con la crisis del sector tecnológico, y que da lugar al renacimiento de la búsqueda de “refugios materiales” para las inversiones de mediano y largo plazo, se consolida con la creciente demanda de materias primas por parte de China e India, que le muestran al mundo la cara brutal del agotamiento de las materias no renovables. El reconocimiento de que el mundo se acerca o ha superado el ‘pico’ (peak oil) de la producción petrolera, por ejemplo, nos pone de frente con el hecho de que nuestro mundo utilizable es finito, y al reflejarse en los precios nos señala que el tiempo de los recursos naturales baratos o gratuitos es asunto de la historia.


 


De suerte que nos vemos abocados a un mundo donde buena parte de las materias primas mantendrá tendencias a la valorización en el largo plazo, y, si bien hasta el momento las empresas habían logrado evadir el traslado de tales alzas a los consumidores finales, a través del retroceso del valor de la fuerza de trabajo y los aumentos de la productividad, esa posibilidad parece entrar en agotamiento, con lo que un alza generalizada de los precios se convierte en amenaza real.


 


De otro lado, el intento de solventar la crisis de los combustibles fósiles con la producción de los llamados biocombustibles, es decir, con la extracción de carburantes de la biomasa, amenaza con convertir los productos agrícolas destinados a la alimentación en mercancías especulativas. Los reajustes en el precio del maíz son una pequeña muestra de las consecuencias que tendrá la insistencia en que ciertos productos agrícolas dejen de ser la base energética del cuerpo humano, para convertirse en el alimento de los motores vehiculares.


 


Si la inflación se desata, completaremos el cuadro que nos remitirá a la crisis de los 70, con la diferencia que ya no se podrá culpar al “Estado del Bienestar” y las políticas keynesianas de la debacle. ¿Será el tiempo del reconocimiento de la necesidad de verdaderas lógicas alternativas? El declive del FMI, cuyo 50 por ciento de la cartera está representada por la deuda de un solo país (Turquía); los escándalos del Banco Mundial y el fracaso de la reunión en Potsdam para la reapertura de las Rondas de la Organización Mundial del Comercio son muestras de que el orden surgido de la segunda posguerra ha llegado a su fin. Propuestas como la creación del Banco del Sur y el incremento de las políticas regulatorias contracíclicas, de las que nos marginamos absurdamente complacidos, se enmarcan en estas nuevas circunstancias, despegándonos cada vez más del tren de la historia que ya comienza a mirar nuevos horizontes. ¿Hasta cuándo?

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