El variopinto infinito de imágenes que observaban los distraídos ojos se centraron en una tremenda escena peculiar: de una gran bolsa negra, arrumada en el piso junto a un poste de la luz, un hombre barbudo, viejo y sucio, de paño acabado por el tiempo y por las frías noches de reposo gélido en la intemperie, se agachaba de manera elegante y con una cuchara sacaba residuos de las hojas de lo que tuvo que ser un suculento tamal. Nadie se detenía a ver la escena, a pensar en lo que ocurría: el macabro espectáculo de un sistema injusto que perpetúa riquezas incalculables y pobrezas extremas.
Nunca en la historia de la humanidad se ha producido tal cantidad de alimentos como hoy. Al mismo tiempo, tristemente, nunca en la historia de la humanidad se han visto las cifras aciagas del hambre mundial, de niños famélicos que mueren por inanición.
Más allá, cruzando
Dicen los apologistas del capitalismo que este es un sistema lógico, que se desarrolla según las leyes naturales: el que se adapta sobrevive, el que evoluciona se perpetúa. La competencia, como ejercicio inherente de la evolución, elimina las especies débiles y consolida a las fuertes. Por ello, sin conmiseración, afirman que el pobre es pobre por ser incapaz, ya que el sistema brinda las mismas posibilidades para todos.
Me pregunto qué posibilidades tuvo el hombre que raspaba las hojas de tamal en la basura, qué posibilidades tiene la madre que recoge las frutas y verduras del piso en Corabastos, y qué posibilidades tendrá el niño que limpia vidrios de automóvil en el semáforo.
No es un sistema de oportunidades. Los hijos de los ‘doctores’, que estudian en colegios finos y que reciben tenis finos de cumpleaños, van a tener sin ninguna duda más posibilidades que los demás. El linaje, como en la prístina Edad Media, todavía tiene vigencia.
El hombre que se bañaba junto a las palomas hace pensar que somos animales en peligro, especies en vía de extinción, hombres y mujeres que pasan al patíbulo porque sencillamente no piensan como manada, como grupo: ¿qué me va importar la miseria de éste o aquél si tengo que sobrevivir?
Así se traduce la sana y natural competencia del sistema capitalista: en el individualismo. Por ende, sobrevive el más fuerte, el más egoísta, materialista y avaro. Si no nos damos cuenta de que el sistema parte de premisas y axiomas equivocados, veremos más escenas como las citadas: más hombres y mujeres comiendo de la basura, más hombre y mujeres bañándose junto a las palomas en un río artificial, sofocado por un caudal de basura, mientras otros se ponen a dieta y botan la comida, mientras otros desperdician el agua.
“Amigo, cuánto tienes, cuánto vales/ principio de la actual filosofía”, nos recuerda el Oropel de Jorge Villamil. Pues bien, un avaro sistema se llevó lo mejor que teníamos, lo que nos hacía humanos y especiales: la compasión por el prójimo. Y nos dejo sólo dos grandes problemas: un afán irracional por lo material y una codicia asesina. Eso es lo que tenemos.


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