Hace unos tres años, un grupo de estudiantes latinoamericanos en Barcelona compartíamos con un estudiante berlinés reflexiones sobre el genocidio de los nazis contra los judíos, los homosexuales, los gitanos y otros pueblos considerados enemigos por Hitler y sus áulicos. Nos llamaba la atención cómo las personas jóvenes alemanas conocían de manera detallada la historia y se sentían responsables de lo ocurrido. Yo no entendía muy bien porque estas nuevas generaciones que nada habían tenido que ver con el genocidio sentían un involucramiento profundo emocional y casi cotidiano con lo ocurrido. Kalle, el estudiante Berlinés de sociología, nos decía que sus padres muy tempranamente le enseñaron lo ocurrido para que no olvidase su historia y sobretodo, para que esta no se volviese a repetir. Ante nuestro insistente discurso sobre si no era necesario pasar página y liberar a las nuevas generaciones de los errores del pasado, el fue enfático en responder que cuando el tuviera un hijo o hija, tan pronto pudiese haría exactamente lo que sus padres hicieron con él, porque quería que su familia creciera sintiendo que todos los seres humanos somos iguales y no hay ninguna razón valida para asesinarlos, discriminarlos, estigmatizarlos.
Ayer, cuando me encontraba en la concentración que se realizó aquí en Barcelona por todas las victimas del paramilitarismo en Colombia, las palabras de Kalle volvieron a mi mente y cobraron un tremendo significado. Por primera vez, Colombia recuerda y rinde homenaje a las victimas, sus víctimas. Las personas, salieron a la calle a recordar, a decir que no olvidamos y que exigimos la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. Que queremos un estado que nos proteja y que no se excuse en su incapacidad para estar del lado de quienes masacran, asesinan, secuestran, desplazan y desaparecen nuestra gente. Que queremos un estado que respete la justicia, la ética, los derechos humanos. Que queremos un estado que no venda la idea de que el fin justifica los medios. No queremos un estado que promueve la violencia como un elemento estructural para que unos pocos se apoderen de las tierras y las riquezas.
Hay que ser guardianes de la memoria. La única prohibición valida para nuestra libertad, debe ser la de prohibir olvidar. Ya casi nadie recuerda las masacres de Trujillo,
Nuestras víctimas reclaman memoria. No la esperemos de los medios de comunicación, ellos redactan informes para agregar olvido, para decirnos que eso ocurrió, pero que ya todo está bien, que los perpetradores están en la cárcel y que hay una ley de justicia y paz que los hará pagar por sus crímenes. Olvídenlos, “nuestra democracia se encargo de ellos”. Ahora solo importan las guerrillas, porque el resto ya se saldó. “Los paramilitares no existen” gritan, y fueron necesarios para combatir a las guerrillas, y cuando se les pregunta porque en ese proceso tan altruista de protegernos de los malos se quedaron con la tierra de cuatro millones de desplazados, guardan silencio. Los paramilitares se convirtieron con el tiempo, en santos. Pero la memoria, nuestra memoria, sabe que la sangre se vertió para hacer negocios, acumular tierra, levantar megaproyectos, quedarse con las minas, con el petróleo, con las tierras y para enriquecerse con la guerra. Esa es la memoria que hay que preservar y hacer presente. Cada día, cada segundo, en nuestra casa, con nuestros amigos, con nuestros estudiantes, con la gente, en el lugar que estemos, digámosles a las victimas: ¡No están Solas! Estamos con Ustedes.
Barcelona, 7 de marzo de 2008
Por: Carlos Iván Pacheco
Universidad de Barcelona


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