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Los escenarios pos FARC

En Colombia, si
alguna vez hubo algún equilibrio estratégicoentre las FARC y las fuerzas armadas, en los últimos
meses se ha quebrado afavor del Estado. La guerrilla perdió toda posibilidad de negociar un
acuerdohumanitario en condiciones favorables, no puede mantener ofensivas militares ni políticas,
sufre unagudo descrédito entre la población y ya no cuenta con aliados significativos en la región ni
en el mundo. Aún así, lo más probable es que las FARC sigan adelante, con menguada capacidad de
iniciativa y con la probable fragmentaciónentre sus mandos y frentes, como lo sugiere el desenlace
de la liberación delos 15 secuestrados.

 

La estrategia delineada por el
Comando Sur y el Pentágono, y plasmada en el Plan Colombia II, no contempla ni la derrotadefinitiva
ni la negociación con la guerrilla. Eliminar a las FARC delescenario sería un pésimo negocio para la
estrategia imperial de desestabilizacióny recolonización de la región andina, a la que Fidel Castro
definió como “pazromana”. Ese proyecto no puede llevarse a cabo sin guerra, directa o indirecta,o
sea sin la desestabilización permanente como forma de reconfiguraciónterritorial y política de la
estratégica región que incluye el arco que va deVenezuela a Bolivia y Paraguay, pasando por
Colombia, Ecuador y Perú.

 

Por un lado, se trata de
despejar la región andinapara facilitar el negocio multinacional actual (minería a cielo
abierto,hidrocarburos, biodiversidad, monocultivos para agrocombustibles) que suponetanto la
apropiación de los bienes comunes como el desplazamiento de laspoblaciones que aún sobreviven en
esos espacios. No estamos ante un capitalismo, digamos, “normal”, el que fue capaz en sumomento de
establecer alianzas y pactos que dieron vida al Estado benefactor, en base a la triple alianza entre
Estado, empresarios nacionales y sindicatos.Se trata de un modelo financiero-especulativo y
de acumulación por desposesión, que sustituye las negociaciones por las guerras y la extracción de
plusvalor por la apropiación de lanaturaleza. O sea, un capitalismo de guerra para tiempos de
decadenciaimperial.

 

Este sistema asume la forma de
capitalismo criminal omafioso en países como Colombia,porque no sólo es funcional a la guerra y
alrobo, sino que ellas forman su núcleo central, su principal modo deacumulación. Eso explica la
alianza estrecha entre empresas privadas de guerra, que cuentan en ese país con 2 a 3mil mercenarios
apodados ahora “contratistas”, con un Estado paramilitar comoel que encabeza Alvaro Uribe, asentado
en la alianza con paramilitares ynarcotraficantes. En Colombia, a ese orden de cosas le han hecho
frente tresfuerzas: la guerrilla, la izquierda del Polo Democrático y los movimientos sociales. La
primera cree que puede vencercon las armas o negociar con ese nuevo poder. El Polo desestima el
papel deWashington y de las multinacionales, como diseñadores y usufructuarios delEstado paramilitar
mafioso, y sobreestima por lo tanto los márgenesdemocráticos. Los movimientos, por su parte, tienen
grandes dificultades parasuperar la escala local y sectorial y no están en condiciones, por ahora,
de erigirseen actores alternativos.

 

El Plan Colombia II fue el
encargado de diseñar eseEstado militarista y en este momento busca afianzarlo. Ahora que las FARC
norepresentan riesgo mayor para ese proyecto, aparece con claridad el objetivo delargo plazo
trazado. Lejos de abrir espacios para la negociación, como desea laizquierda, el mensaje de los
últimos meses indica un solo

camino: ni la paz ni la
rendición les garantiza lavida a los guerrilleros. O combaten y resisten o les espera el exterminio,
comosucedió a fines de la década de 1980. Se trata de golpear sus núcleosterritoriales para
desplazarlos hacia las zonas fronterizas con

Venezuela y Ecuador, donde
el Plan Colombia II aspiraa convertirlos en instrumento de la desestabilización
regional.

 

Por eso Venezuela y Hugo
Chávez adoptaron laestrategia de reducir la tensión con el gobierno de Uribe. No se trata de
unacuestión ideológica, como pretenden algunos analistas. Ese debate vale para lasmesas de café o
los despachos académicos, pero tiene escasa utilidad cuando se trata de la sobrevivencia deproyectos
de cambio social. Si se consolida el proyecto imperial, toda laregión sufrirá con la polarización,
de ahí la urgencia por desmontar losconflictos, tanto en Colombia como en Argentina y
Bolivia.

 

Un eventual triunfo de Barack
Obama tampoco modificarálas cosas. Puede atemperar los rasgos más autoritarios del uribismo, lo
queexplica el nerviosismo del gobierno de Bogotá y su solícita alianza con elcandidato republicano.
Lo cierto es que los planes del Comando Sur no dependendel inquilino de la Casa Blanca, y que estos
apuntan a
promover una acción
integral en la región que laconvierta en una zona estable y un baluarte inexpugnable para mantener
lahegemonía estadounidense a escala global. En suma, las elites imperialesaspiran usar la fuerza de
las armas para revertir su decadencia, que pasa porla recolonización de América Latina. En un
período como el actual, sólo la movilizaciónpopular y las vías políticas pueden contribuir a
debilitar la ofensiva que vienedel Norte.

 

Por, Raúl Zibechi, periodista
uruguayo, es docente einvestigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor
devarios grupos sociales.



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