Una ciudad como Bogotá requiere una
institución como la que sugiero, para poder manejar los requerimientos
culturales de las 20 localidades. Lo interesante sería que este Instituto
estuviera orientado por los propios artistas, una dirección realizada por
consenso entre los consejos culturales de la ciudad y los colectivos de
artistas que quieran participar de la consulta. Cómo es posible que la
actividad cultural de la ciudad dependa de una fundación como la Alzate
Avendaño, y no del Distrito; igual ocurre con lo escénico y musical que depende
del visto bueno de la Filarmónica. Los trabajadores de la cultura merecen un
mejor trato, un espacio en la ciudad para administrar su trabajo.
Más allá de si se salió favorecido en las
convocatorias un proyecto (que por cierto son una cantidad de papeles para unos
pocos pesos, que es mejor buscárselos por otro lado), lo importante de un
Idac, es que evitaría tanta tramitología, al contratar directamente con los
artistas o sus representantes. Sería un gran regalo a la ciudad, más a sus
artistas que han ido dejando espacios culturales dispersos en los barrios,
algunos sobreviviendo a cuentagotas y en condiciones nada fáciles a ciertas
edades. Si bien ha sido importante la Ley del Teatro, la del cine, la música…
Una urbe como Bogotá requiere con urgencia este centro resguardador de las artes y sus artistas.
Tengo entendido que para este objetivo está
destinada la Casa de San Francisco, antiguas instalaciones de la Gobernación de
Cundinamarca, y con seguridad que al contar la ciudad con un Instituto de
Cultura enaltecerá el nombre de la edificación, y desde allí tramitemos la vida
cultural de la ciudad y de los interesados en dinamizar la vida artística,
cultural y recreativa en Bacata. Que no todo sea esmeraldas y traquetos en la
vida de la ciudad.
Es una necesidad que la capital cuente con
una institución de estas características e igual sucede con el deporte, que de
por sí cuenta con buenas instalaciones. Pero más allá de lo que representa tal
salto cualitativo para la capital, lo que realmente se lograría es proyectar el
máximo espíritu creativo y colectivo de una ciudad, porque es a partir de sus
artistas que se consigue una identidad cultural. El sincretismo y la diversidad
cultural convergen en Bogotá, y dinamiza la idea de ciudad culta, sólo falta la
una institución como estas.
El síndrome Barcelonés
Suena todo tan bonito que hasta pensaría en
una ciudad europea como Barcelona o
París, por ejemplo, pero tal parece que aquí imitáramos lo peor de la
evolución de esas ciudades, que cada vez se hacen más inalcanzables al bolsillo
de nuestra devaluada economía. Podemos comenzar a apreciar tal afirmación con
lo que viene sucediendo desde hace varias administraciones y los Planes de
Desarrollo para el Distrito Capital, propuesta originaria de reforma
administrativa, gestada y pensada desde el Banco Interamericano de Desarrollo,
promovida en la primera alcaldía de Antanas Mockus y que fue perfeccionada en
las subsiguientes administraciones (Bromberg, Peñalosa, Mockus) y que Lucho
simplemente maquilló con el cuento social de la Bogotá sin hambre, pero en
realidad le siguió trabajando a lo mismo: una ciudad donde la gente del común,
no tiene derechos al centro. Es así como firma en diciembre la tercera fase de
Transmilenio, sin consultar a los afectados, cual capataz con capacidad de decisión
en la finca de su amo. En ocasiones la soberbia arruina al ser humano, y más
cuando éste es un arribista por convicción, al servicio del neoliberalismo y de
quien sea.
Fue lo que ocurrió con la Barcelona Olímpica
y el Forum de las Culturas, el trasfondo de todo aquello era la pura y dura
especulación inmobiliaria, en que fueron desplazados miles de gitanos y
emigrantes; la diferencia es que allí al menos les pagaban bien, algo que en la
administración distrital, a través del Idu, lo que pretende es pagar a precio
de huevo y según ‘registro topográfico’, los predios afectados por
Transmilenio. El Plan Centro de la ciudad, seguramente si se mira más a fondo,
se encontrará que hay algo de lo mismo a lo que ocurrió en Barcelona. Lo grave
de todo es que en la reestructuración de la ciudad a quienes menos se está
teniendo en cuenta es al ciudadano de a pie, a los afectados del desplazamiento
legalmente autorizado por ‘expropiación administrativa’. Es duro el desalojo
cuando no se puede responder con la renta, o los asfixiantes Uvr de la estafa
hipotecaria (llámese Upac); es más duro cuando ese desalojo lo realiza una
expropiación leonina donde unos se van y otros se quedan. ¿Cómo así? El trabajo
sucio lo hace el Idu, expropia a cuenta de unas obras que están al servicio de
la especulación inmobiliaria y el transporte publico privado de los que lo
montaron.
Con el cuento de la expropiación
administrativa y por el bien común, ‘desplazan’ a los habitantes del centro
pagándoles mucho menos de lo que realmente valen los predios, llevándose por
delante reliquias republicanas. Con lo que pagan por una casa de estas, sus
propietarios no pueden ni comprarse un apartamento, y de hacerlo es en el
extrarradio de la ciudad; es o no es ‘desplazamiento forzado’ lo que hace el
Idu. No es lo mismo una casa en el centro de la ciudad que en el extrarradio;
reconsideren el precio a pagar a los propietarios de las casas afectadas, si es
que son inevitables dichas obras.


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