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Ni fin ni principio

Esa vez, los colombianos no
salieron a la calle a festejar, ni aplaudieron a los líderes del mundo. Ahora
que la operación salió bien, el resultado no se puede discutir.

 

Como dicen los analistas, fue
un gran triunfo para Uribe, para su aliado Estados Unidos, para las fuerzas
armadas colombianas, para el ala dura del uribismo que encabeza el ministro de
Defensa Juan Manuel Santos, para los sectores concentrados que empujan el
tratado de libre comercio con Estados Unidos, para los que sabotearon de un
lado y del otro el camino del canje humanitario, para los paramilitares que
compiten con la guerrilla por el negocio del secuestro y la droga con apoyo de
poderosos aliados y ex aliados de Uribe presos o en libertad, para todos los
que piensan que la única respuesta posible a la insurgencia guerrillera es la férrea
aplicación de la manu militari.

 

Para todos ellos fue muy
grato presenciar la impecable presentación de Ingrid y los once militares
liberados, con Uribe oficiando de maestro de ceremonias, un Uribe que se
mostraba sencillo, humilde, explotando al máximo el momento, junto a un elenco
de ministros y generales que aportaban testimonios con detalles de la operación
y la repercusión que tuvo en el mundo, todo eso sazonado con una buena dosis de
autoelogio y reivindicación de la ideología militar. El orgullo de los cautivos
y su profesión de amor hacia las fuerzas armadas se fundía con la mesura de
Uribe en un clima fundacional.

 

Pero eso no quiere decir que
ganó la mano dura. El pueblo colombiano y el mundo entero aplaudieron un
operativo que fue eficaz, pero también que respetó el derecho humanitario
internacional y la vida de las personas en riesgo. Ese es un mensaje muy poderoso
para las fuerzas armadas y de seguridad en la región, un nuevo comienzo que no
borra las violaciones pasadas del gobierno de Uribe, pero que marca la cancha a
futuro, con una estructura institucional que involucra no sólo al gobierno
colombiano sino también a la OEA, los países amigos europeos, a los vecinos de
Colombia y a los países que lideran la región, como Brasil, Argentina, Chile y
México, que se unieron a partir del ataque al campamento de Reyes para
intervenir en el conflicto y fijar límites doctrinarios al accionar del ejército
colombiano.

 

Además, Ingrid Betancourt no
es una militar. Es una política. No va a aportar planes de aniquilamiento para
solucionar el conflicto porque ésa no es su especialidad. Va a aportar diálogo,
comprensión y solidaridad con los secuestrados que quedaron atrás. A medida que
se libere de sus salvadores entrará en más contacto con sus familiares y los ex
rehenes liberados en el canje humanitario, todos ellos muy críticos de la
solución militarista que impulsa Uribe.

 

Con la estatura que alcanzó
por la dignidad con que manejó sus seis años de encierro, será una voz
intachable para denunciar las violaciones de derechos humanos de las FARC, pero
también será enemiga de las caricaturas y estereotipos de la guerrilla surgidos
de la llamada guerra contra el terrorismo global. Ella conoce a los jefes
guerrilleros, sus fortalezas y debilidades. Sin duda podrá aportar mucho más a
una solución pacífica y dialogada que a la elaboración o refinamiento de una
estrategia militar de aniquilamiento.

 

Aunque nadie puede predecir
qué rol jugará ni hasta qué punto será capaz de tomar distancia de Uribe, ya
empezó a dar pasos en esa dirección. El jueves antes de viajar a Francia convocó
a los países amigos a que sigan trabajando para encontrar una solución
humanitaria y anunció que quiere trabajar con el ex rehén Luis Eladio Pérez, un
ex congresista que madura un plan de paz con el apoyo de los gobiernos de
Francia y Venezuela.

 

No es un detalle menor que
aun cuando elogiaba a Uribe y al ejército, el día del rescate, Betancourt
mencionó varias veces la angustia y el miedo que le producía el sonido de los
helicópteros, que ella asociaba con el peligro de muerte inminente.

 

Es que el rescate no fue
fruto de la fuerza militar, sino, literalmente, de la inteligencia. La
inteligencia de optar por un plan no violento al sentirse bajo la lupa de la
comunidad internacional. Inteligencia para aprovechar los más de mil
guerrilleros desmovilizados, que empezaron siendo cuadros bajos y ya incluyen
cuadros intermedios, que después de rendirse y antes de ser liberados, son
sometidos a dos semanas de interrogatorios en bases militares. Esa inteligencia
acumulada, más el apoyo de tecnología militar de última generación de Estados
Unidos, Francia e Israel, más el dinero seguramente utilizado para sobornar a
algún alto mando guerrillero, más la inteligencia de aprovechar las flaquezas
que sobrevienen cuando una guerrilla pierde apoyo popular y queda sola con sus
necesidades y sus fuentes de financiamiento. Inteligencia y dinero: una
alternativa válida al uso de fuerza cuando la negociación no avanza. Nadie
discute que Uribe lo hizo, que un día Ingrid Betancourt emergió de la selva
abrazada a los militares que la salvaron. Pero los helicópteros blancos de la
organización humanitaria trucha que rescataron a los rehenes nunca habrían
podido aterrizar en el campamento guerrillero si antes no hubiera existido un
montón de organizaciones humanitarias verdaderas, movilizadas por la opinión pública
mundial, trabajando en los más oscuros rincones de la selva colombiana.

 

Es dable pensar que a Uribe y
a Bush les habría encantado liberar a los cautivos a sangre y fuego, como en
los viejos tiempos, pero no pudieron. La campaña internacional y el creciente
aislamiento en la región los obligó a cambiar el método y la forma de combatir.

 

Ahora sigue otra etapa, con
Uribe más fuerte pero más vigilado, con Ingrid Betancourt libre, con los
derechos humanos y el multilateralismo nuevamente insertados en la agenda
regional, con las FARC en retirada y con una población movilizada ante la
perspectiva de enterrar un conflicto que desangró a Colombia durante medio
siglo.

 

Como alguna vez escribió
Graham Greene, una historia no tiene principio ni fin.


 Por Santiago O’Donnell

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