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Visa Scheguen: alegría de minorías

Visa Scheguen: alegría de minorías

El pasado 2 de diciembre, desde muy temprano, la noticia que llenaba los informativos matutinos, parecía de vida o muerte: ¡Los colombianos habíamos recuperado la dignidad! Así, con cara de “júbilo inmortal”, el presidente Santos informaba al país la buena nueva: “ahora todos los colombianos podemos viajar a Europa” (¡?).

Los periodistas oficiosos y dóciles, como es costumbre, hicieron eco de inmediato de la voz presidencial: ¡Ahora somos un país digno! Y como si fuera un gran logro, alguno de ellos enfatizaba: ¡el Presidente ha cumplido una de sus promesas electorales!

 

Dignidad, ¿o vergüenza?

 

El derecho de ingresar a Europa sin mayores controles se perdió cuando fue más que evidente la exportación de narcóticos desde Colombia hacia ese continente. Tal vez de manera tardía el nuestro fue tachado como país maldito, pese a lo cual, miles de sus hijos, de manera legal o ilegal, ingresaban a ese territorio. Su mano de obra, poco calificada, barata y siempre dispuesta, era apreciada en campos y ciudades.

Tristeza incontrolable. Desde entonces, con afán de turista de primera clase, los ricos criollos se afanaron por “recuperar” la posibilidad de viajar a los países de sus sueños -además del envidiado “coloso del norte”-: los museos de la barbarie y del despojo los esperaban.

Simple formalismo. El acuerdo para el viaje sin visa lo protocolizó el Presidente el segundo día del último mes del 2015 en la sede del Consejo de la Unión Europea en Bruselas, donde pactó el libre tránsito de los connacionales por los países de la Unión, además de Suiza y el principado de Liechtenstein.

De Bruselas, partió presto hacia España. Su afán era único: agradecerle en persona a su homólogo Mariano Rajoy por sus buenos oficios en la gestión de la eliminación del requisito que ahora deshecho. No era para menos, ¡tenía que ser agradecido!, tres años atrás el dignatario español le comunicó que había tomado la iniciativa ante el Consejo de la UE para la eliminación del mismo. En el Palacio de la Moncloa en Madrid dijo a Rajoy: “Usted fue uno de los primeros que nos dio apoyo y mucho entusiasmo para perseverar en la búsqueda de la paz. España siempre ha estado al lado nuestro en este difícil proceso, y lo seguirá estando hasta que lo culminemos. Usted nos ha apoyado muchísimo, con gran vehemencia, con gran entusiasmo, en nuestro ingreso a la OCDE. Allá estuvimos el día de ayer. Ese ingreso va viento en popa. Ya estamos en más de la mitad del camino y el apoyo español ha sido fundamental. En todo el Tratado de Libre Comercio que hoy ya tenemos con la Unión Europea, con España, ustedes han sido también fundamentales”, enfatizó el mandatario colombiano. [….] “De manera que no tengo sino sentimientos de gratitud” […].

Elogios y reconocimientos que Santos no podía ahorrar pues estaba, según unos y otros, ante el mayor logro de su vida. Finalizaba así una vergüenza, un tormento para su clase, protocolizada por el poder europeo el 15 de marzo del 2001, cuando el Consejo de Ministros de Justicia e Interior de aquella Unión decidió a través del Reglamento (CE) Nº 539/2001 que ninguno de los ciudadanos de Colombia podría entrar a su espacio a menos de contar con un sticker en sus pasaportes denominado Visa Schenguen, cuyo trámite requeriría de enormes filas, toneladas de documentos para probar bienestar económico y demostrar cierto pedigree, una invitación a cargo de un residente, un tiquete de ida y otro de regreso por el tiempo estrictamente necesario para divertirse, trabajar, estudiar o cualquier otra cosa que fuera a realizar en alguno de los reinos de la Unión. Profunda congoja.

Aquel día el nombre de nuestro país, sí, de nuestra Colombia, la misma República que tanto había abierto sus puertas a los capitales europeos, que con tanta nostalgia y devoción había mirado hacia el viejo continente, aparecía junto a sus compañeras de abecedario: Bosnia y Herzegovina, Botsuana, Burkina Faso, Burundi, Cabo Verde, Camboya, Camerún, Chad, China, Comoras, República Democrática del Congo, República Popular Democrática de Corea, Costa de Marfil y Cuba, tratado como uno más de los países parias, focos de terrorismo, nidos de violencia o narcotráfico y, por tanto, obligados a someterse al visado en cuestión.

Aquel cerramiento de puertos y aeropuertos, aquel irrespeto a “nuestra dignidad”, sucitó furiosas reacciones, despertando las más profundas fibras de la identidad patria. Oligarcas, políticos e intelectuales, alzaron su voz y sus plumas para dejar constancia de su dolor con su amada “Madre Patria”. Gabo, Fernando Vallejo, Álvaro Mutis, William Ospina, Darío Jaramillo Agudelo y hasta del pintor Fernando Botero, firmaron en conjunto una carta escrita por Héctor Abad Faciolince dirigida al entonces presidente de España José María Aznar. Entre otras líneas, en dicha carta predicaban: “Queremos explicarle, con el mayor respeto, por qué nos parece un despropósito que su Gobierno nos quiera exigir un visado para pisar España, y por qué, en caso de que se tome esta determinación, y mientras esté vigente, no volveremos a visitar la Península ibérica […] Un novelista colombiano escribió alguna vez: ‘Al entrar a España no tengo la impresión de llegar, sino la de volver.’ Quizás a muchos españoles les resulte extraño este sentimiento, pero les aseguramos que esa sensación es la típica del criollo, la del indiano, la del colono o del colonizado nacido en esos territorios de lo que fue el antiguo imperio de España. Si nos atrevemos a hacerle un reclamo a esa gran nación que nos enseñaron a considerar, con razón o sin ella, como nuestra Madre Patria, es por el hondo convencimiento que tenemos de no ser ajenos a España.” ¡Cuanta afectación!

Y proseguían: “Aunque las guerras de independencia hayan cortado el cordón umbilical que nos unía políticamente a la Península, los colombianos no hemos dejado de sentir, porque sabemos que es cierto, que nuestra imaginación, nuestra lengua mayoritaria, nuestros referentes culturales más importantes provienen de España, Nuestros clásicos son los clásicos de España, nuestros nombres y apellidos se originaron allí casi todos, nuestros sueños de justicia, y hasta algunas de nuestras furias de sangre y fanatismo, por no hablar de nuestros anticuados pundonores de hidalgo, son una herencia española […] Señor Presidente: en sus manos está una decisión de unión o desunión con los pueblos hispanoamericanos. La Madre Patria podrá portarse como tal, y no darnos la espalda en uno de los momentos más duros de nuestra historia, o podrá también portarse como una madrastra despiadada”. Ni siquiera algunas de las afrentas más grandes o de las más feroces convulsiones de estupidez imaginadas, podrían justificar que lo más granado del pensamiento criollo hayan firmado con sus puños semejante tontería. Muchos seguimos tratando de entender en qué carajo estaban pensando.

¡Cesó su horrible noche! Aunque los firmantes de la carta, con excepción de Vallejo, no cumplieron con su promesa de no pisar tierra ibérica, ahora, tras 14 años de “irrespeto”, el júbilo volvía a sus corazones.

No podrían haber pensado lo mismo los miles de colombianos que por distintos motivos, pero muy especialmente obligados por la pobreza y el despojo, expulsados de su terruño, habían dado con su humanidad en algún país europeo en procura de un trabajo que les permitiera un ahorro continuo para satisfacer el alimento de su núcleo familiar o reunir, peso a peso, el dinero suficiente para construir un techo donde albergar a los suyos. En este caso miles de colombianos se vieron obligados -así continúa siendo- a viajar, no por motivos de placer, ni por afán de parecer de mejor familia, sino por afán de sobrevivencia.

Pero esta vez, ante el logro de Santos, cundió el júbilo entre los segmentos sociales más privilegiados (desde el estrato cuatro en adelante) por el fantástico hecho que desde el tres de diciembre podrán ir de vacaciones, sin mayores requisitos. a Europa. donde gastarán su dinero, obtendrán cientos de fotos para sus redes sociales y subirán con su travesía un par de peldaños extra de estatus; otros verán facilitados sus planes de negocios, estudio y migración. Al grueso del país poco o nada puede afectar ni debe interesar esta medida, ya que Europa sigue por fuera de su presupuesto, incluso de su capacidad de endeudamiento.

Tenemos algo que decir al Presidente Santos. A nombre de muchos colombianos afirmamos: poco o nada tenemos que agradecer al presidente de España Mariano Rajoy por haber contribuido a la supresión del visado porque no es cierto que nuestra dignidad haya sido pisoteada o humillada momento alguno por el hecho de que los países europeos [la mayoría de los cuales ha garantizado su desarrollo mediante el saqueo y el asesinato colonialista en el sur global, los mismos que siguen liderando junto a Estados Unidos campañas de desestabilización de democracias legítimamente constituidas y participan activamente en conflictos que aportan cientos de miles de muertos a la humanidad] le proporcionen la merced a los ciudadanos más acaudalados de Colombia de poder recorrer las calles de los aquellos países.

Escribió alguna vez Estanislao Zuleta, al discernir sobre las bondades de la democracia: todos, el que quiera, puede dormir bajo los puentes, pero ¿quién termina no solo durmiendo sino viviendo bajo los puentes? En paralelo con lo inmediatamente preguntado, hoy podemos interrogarnos si en efecto es verdad que todos los colombianos podemos viajar a Europa, pues en la práctica de la democracia realmente existente, ¿quiénes pueden realizar esa posibilidad?

 


Recuadro 1.

 

Cronología de la adoración

 

Si tomamos la libertad historiográfica de hablar de la constitución del Estado y la nación en Colombia, debemos reconocer que desde los albores de sus conformaciones (si es que la han tenido), amplios segmentos sociales, políticos, académicos e intelectuales de nuestro pueblo han mirado en actitud de mística contemplación hacía el viejo continente. Nuestras independencias solo lograron dar al trasto con la estructura burocrática de un amplio sistema de dominación que permeó las dimensiones ideológicas, políticas, religiosas y lo filosóficas de nuestra ilustre clase criolla.

No fue extraño entonces que con sus pechos inflamados por las conquistas y la toma en posesión de sus nuevos feudos floreciera en esta clase hegemónica post independentista una profunda nostalgia por la cultura europea, los salones, las ideas, los pianos y un sin número de objetos que en travesías inverosímiles remontaban ríos surcados por bogas, ascendían sobre el lomo de cargueros y de mulas para aplacar la insaciable sed de Europa del altiplano. Estos alicientes eran, por supuesto, indispensables, para sobrevivir en este país de La Vorágine, repleto de bestias, rústicos, fieras salvajes, selvas indómitas y canículas capaces de impedir toda facultad de pensamiento, toda acción.

Rompieron cadenas de dominación e importaron desde el antiguo continente la matrices ideológicas que configuraron el pensamiento liberal y conservador desde donde animosamente prosiguieron a enfrentarse durante décadas por el Estado, por la administración de la sociedad, por tranzar con las riquezas y por apropiarse de la tierra que se suponía debía pertenecer cuando no a La República, al menos a sus ciudadanos.

Quisieron seguir sintiéndose europeos: proliferaron paladines de la pureza lingüística, encargados de preservar y depurar de todo prosaísmo local la inmaculada Lengua Castellana; poetas entretenidos en la composición de versos a musas, aves, prados, arboles, espíritus del bosque, que no existían entre las montañas, de los andes ni entre las húmedas reverberaciones las costas, riveras o áreas selváticas del país; políticos dispuestos a recrear las condiciones necesarias para que arribaran multitudes de humanos dorados como el sol a colonizar de civilidad, de buenas costumbres y de buena raza esta tierra de bárbaros e iletrados.

La providencia que borda con ribetes dorados el destino de los más nobles entre sus hijos se encargó de que esta clase asumiera desde entonces la hegemonía política y económica en cada una de las regiones del país donde sus pieles blancas, cabellos claros y narices respingadas atestiguan que aún tienen mucho de europeos, que siguen estudiando, pensando, comiendo, soñando, follando y decenas de acciones más con el viejo continente entre pecho y espalda. Muchos otros, como dos de los más eminentes periodistas colombianos, Julio Sánchez Cristo y Darío Arizmendi, al igual que un puñado de los más destacados escritores que ha parido este suelo, aún osan llamar con grave nostalgia aquel terruño de la península ibérica “Madre Patria.”

Información adicional

Ninguna supresión de visado devuelve nuestra dignidad
Autor/a: Allan Bolívar
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente:

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