Home » 7 preguntas y 7 respuestas sobre la Nicaragua de Daniel Ortega

7 preguntas y 7 respuestas sobre la Nicaragua de Daniel Ortega

Durante los ‘90, mientras perdía una elección presidencial tras
otra, Ortega iba concentrando la conducción del sandinismo en su figura
y debilitando el esquema de dirección colegiada que había caracterizado
a la revolución en sus inicios. En el 2000, Ortega firmó un pacto con
el presidente, Arnoldo Alemán, por el cual el sandinismo y el Partido
Liberal se repartieron los principales resortes institucionales: la
Corte Suprema, el Consejo Supremo Electoral, el Consejo Superior de la
Contraloría, la Procuraduría de Derechos Humanos y la Superintendencia
de Bancos. El acuerdo incluyó promesas cruzadas de protección personal,
que Alemán utilizó para evadir las acusaciones de corrupción y después
para disfrutar de una cómoda prisión domiciliaria, primero en la
clínica privada más cara de Managua y luego en su casa de fin de
semana, hasta que, ya con Ortega en el gobierno, se le concedió
autorización para moverse libremente por el país… pese a la condena a
20 años de cárcel por lavado de dinero dispuesta por la Justicia.
Ortega, en tanto, se amparó en la inmunidad parlamentaria, ratificada
por liberales y sandinistas en la Asamblea Nacional, para evadir las
acusaciones de abuso sexual formuladas por su hija adoptiva,
Zoilamérica Narváez.

2 ¿Por qué ganó Ortega las elecciones
del 5 de noviembre del 2006?

El acuerdo Ortega-Alemán incluyó una reforma constitucional diseñada
para garantizar una victoria sandinista en la primera vuelta. Caso
único en el mundo, el sistema electoral nicaragüense establece que,
para evitar el ballottage, es necesario obtener el 40 por ciento de los
votos, o el 35 y una diferencia de 5 con el segundo. En los comicios
del 2006, por primera vez en la historia, el liberalismo se presentó
dividido entre el sector que responde a Alemán y un frente integrado
por las facciones más modernas –y menos corruptas– del partido. Juntos,
los dos candidatos liberales sumaron el 55 por ciento, por lo que
presumiblemente hubieran logrado derrotar a Ortega en el ballottage. El
nuevo diseño electoral, sin embargo, permitió que el líder sandinista
se alzara con la presidencia pese a haber obtenido menos votos que en
cualquiera de sus derrotas anteriores.

Pero no fue sólo la alquimia constitucional la que facilitó el
triunfo. En los años previos, Ortega había emprendido una remodelación
ideológica que incluyó un discurso pragmático, el apoyo legislativo a
algunas reformas neoliberales y una nueva estética electoral: el
tradicional Himno Sandinista, que incluía un verso no muy elegante pero
muy claro –”luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad”– fue
sustituido por la Oda a la Alegría, mientras que el clásico rojinegro
sandinista era reemplazado por un rosa suave y como slogan de campaña
se adoptaba una frase de John Lennon: “Dale una oportunidad a la paz”.

Estos cambios acompañaron otros más significativos. Ortega se acercó
a la Iglesia Católica (junto a Estados Unidos, uno de los núcleos de la
oposición a su gobierno), invitó a los obispos a abrir sus actos de
campaña y dio órdenes a los legisladores sandinistas para que apoyaran
la ley que prohíbe el aborto terapéutico, lo que convirtió a Nicaragua
en uno de los pocos países del mundo en penalizar la interrupción del
embarazo cuando corre riesgo la vida de la madre. Pero tal vez lo más
llamativo de este cambio de orientación haya sido la elección del
candidato a vicepresidente de Ortega, Jaime Morales Carazo, un conocido
líder de la contra, amigo personal de Somoza y ex colaborador de la CIA.

En fin, transfigurado en una alternativa desideologizada y
pragmática, pero también amparado en su pasado combativo, Ortega logró
llegar nuevamente a la presidencia, aunque a esa altura ya quedara poco
del sandinismo original, como prueba el hecho de que, de los nueves
míticos comandantes, hoy sólo dos permanecen al lado del presidente.
“Fueron tantos los gestos de cambio, tan sistemáticos, que al final se
volvieron muecas”, me dijo Edelberto Torres Rivas, decano de las
ciencias sociales centroamericanas, cuando le pedí una evaluación de la
transformación sandinista.

3 ¿Ortega ha implementado una política
económica pos-neoliberal?

La crítica a los efectos sociales del neoliberalismo fue uno de los
ejes de la campaña de electoral de Ortega, que al mismo tiempo emitió
promesas de continuidad macroeconómica y ratificó su decisión de no
romper el Cafta, el tratado comercial entre Centroamérica, República
Dominicana y Estados Unidos.

Poco después de asumir Ortega firmó un acuerdo por tres años con el
FMI, que incluyó un préstamo por 113 millones de dólares, y dispuso una
serie de medidas para garantizar la estabilidad macroeconómica: en el
2007, el déficit fiscal se redujo al 0,9 por ciento, las reservas se
incrementaron hasta alcanzar el record histórico (casi 900 millones de
dólares) y las exportaciones se expandieron considerablemente. En este
marco, Nicaragua creció 3 por ciento en el 2007 y se estima un 3,5 para
este año, según datos de la Cepal. La inflación, azuzada por el
incremento del precio del petróleo, trepó al 13,8 por ciento, a lo que
el gobierno reaccionó con políticas de austeridad fiscal.

Aunque por el momento parece equilibrada, la débil economía
nicaragüense depende básicamente de tres factores: el turismo, hoy la
principal actividad de un país que ofrece playas tranquilas y la
hermosa arquitectura de ciudades como Granada y León; las remesas de
los nicaragüenses en el exterior, sobre todo en Estados Unidos y Costa
Rica, que en el último mes llegaron, según estimaciones del Banco
Central, a 900 millones de dólares; y la expansión de la maquila (el
procesamiento final de exportaciones livianas, principalmente textiles,
con mano de obra barata en zonas francas) para el mercado
estadounidense.

Pero estas tres frágiles columnas no alcanzarían a sostener la
economía sin la ayuda de las donaciones internacionales (se calculan en
500 millones) y las iniciativas de alivio de deuda, que permitieron
reducir los compromisos externos de 4500 a 2 mil millones. Nicaragua,
con el PBI más bajo del Hemisferio Occidental después de Haití y
Mauritania, vive eternamente expuesta a los vaivenes internacionales,
especialmente al precio del petróleo, y permanece sumida en una pobreza
difícil de exagerar.

4 ¿Ortega ha seguido un camino similar
al de otros líderes de izquierda como Lula o Tabaré Vázquez?

Algún distraído podría pensar que la trayectoria de Ortega emula la
de los presidentes de Brasil o Uruguay, que fueron derrotados en varias
oportunidades y que, cuando finalmente llegaron al poder, implementaron
políticas económicas moderadas y sensatas. Algo de esto hay, por
supuesto, pero las diferencias son demasiado grandes: no sólo porque se
trata de países muy distintos –en muchos aspectos Nicaragua se asemeja
más a una república del Africa Subsahariana que a un Estado del Cono
Sur–, sino porque los triunfos de Lula y Tabaré Vázquez fueron
resultado de un largo proceso de aprendizaje político que incluyó la
gestión de grandes ciudades y la paciente construcción de un equipo de
gobierno. En ambos países, la izquierda llegó al poder como resultado
de la crítica y la denuncia a los gobiernos neoliberales, no de una
negociación con ellos.

5 ¿El gobierno sandinista está implementando
medidas para mejorar la situación social?

En los años iniciales de la revolución, Ortega lanzó una campaña de
alfabetización y extendió los servicios educativos a buena parte de la
población, desarrolló importantes programas de salud pública, que
permitieron por ejemplo acabar con la poliomielitis, e inició una
reforma agraria. Pero a diferencia de la Revolución Cubana, que desde
su triunfo en 1959 pudo disfrutar de tres buenas décadas de apoyo
soviético, los sandinistas entraron a Managua recién en 1979, demoraron
un par de años en consolidarse y, tanto por errores propios como por la
feroz campaña de desestabilización estadounidense, al poco tiempo
habían llevado al país a una crisis económica gravísima. Cuando cayó el
Muro de Berlín las cartas ya estaban jugadas.

En enero del 2007, cuando Ortega asumió nuevamente el poder,
Nicaragua tenía el segundo índice de desnutrición más alto de América
latina luego de Haití, la esperanza de vida más baja del continente, un
30 por ciento de analfabetismo, un 65 por ciento de pobreza y un 20 por
ciento de indigencia. No es sorprendente, en este contexto, que sus
primeras dos medidas como presidente hayan sido la eliminación de los
cobros en las escuelas, que en los últimos años se habían extendido
bajo el disfraz de “contribuciones voluntarias”, y de los aranceles en
el sistema de salud pública. A esto se sumó el lanzamiento del Plan
Hambre Cero, un programa de transferencia de ingresos a los ciudadanos
más pobres al estilo brasileño, que beneficiará a 75 familias.

Todavía es muy pronto para evaluar los resultados y no existen
estadísticas mínimamente fiables, pero nada indica que la situación
haya cambiado mucho si se considera el bajo crecimiento económico, el
incremento de la inflación y los efectos devastadores del Huracán Félix.

6 ¿El gobierno de Ortega está subordinado a Chávez?

Durante la campaña electoral, el presidente venezolano apoyó a su
amigo nicaragüense, a quien invitó en tres oportunidades a Caracas y
con quien firmó un acuerdo para donar diez millones de barriles de
petróleo a los municipios gobernados por el sandinismo. Un
intervencionismo abierto y criticable, pero no muy distinto al del
embajador estadounidense, Paul Trivelli, que hizo lo imposible por
unificar a las fuerzas liberales detrás de un único candidato.

Chávez asistió a la ceremonia de asunción de Ortega y fue invitado a
hablar en la Plaza de la Revolución, donde festejó el ingreso de
Nicaragua al ALBA y ratificó una alianza cuya base material es un
acuerdo por el cual Nicaragua recibe 10 mil barriles de combustible por
día en condiciones preferenciales (40 por ciento pagadero a 25 años de
plazo y a tasa fija), además de la instalación en Managua de una
oficina del Banco de Desarrollo de Venezuela, con créditos para
proyectos agrícolas por 10 millones de dólares, y el compromiso de
construir una enorme refinería. La importancia de estas iniciativas es
indisimulable: Nicaragua debe importar toda la energía que consume y
cuenta con poquísimo dinero para ello. Venezuela, en cambio, produce en
sólo un día la totalidad del petróleo que Nicaragua necesita en un año.
Gracias a Chávez, los apagones que oscurecían a Managua prácticamente
desaparecieron.

Pero las cosas siempre son más complicadas. A pesar del alineamiento
con Venezuela, de la visita a Mahmud Ahmadinejad, el presidente iraní
amigo de Chávez, y de la decisión de imitar a Caracas y romper
relaciones con Colombia para retomarlas al día siguiente, Ortega se ha
negado a abandonar el Cafta, lo cual no debería llamar tanto la
atención. Al fin y al cabo, el 65 por ciento de las exportaciones de
Nicaragua y el 50 de las remesas se concentran en Estados Unidos.

7 ¿Tiene futuro la izquierda nicaragüense?

El triunfo de Ortega, más allá de la decadencia del sandinismo en
los últimos años, era aguardado con expectativa por muchos sectores de
la sociedad nicaragüense cansados de las políticas neoliberales de los
últimos años. Nicaragua es un país pobrísimo pero muy movilizado, en
buena medida como herencia de la etapa revolucionaria, con los índices
de participación electoral más altos de Centroamérica, una sociedad
civil muy activa y algunas instituciones modernas y democráticas: el
ejército y la policía, por ejemplo, son organismos despolitizados y
respetuosos de la legalidad, que han logrado mantenerse relativamente a
salvo del festival de la corrupción, lo cual tal vez explique el hecho
de que Nicaragua, a pesar de ser el país más pobre de Centroamérica,
sea el que menos sufre el drama de la inseguridad que azota a sus
vecinos.

Estas condiciones podrían funcionar como marco para un dato de
desarrollo, pero el futuro no es tan auspicioso. Ortega insiste en
concentrar el poder en su figura y ha hecho poco por rehabilitar los
mecanismos de equilibrio institucional. De hecho, ha insinuado la
posibilidad de buscar una reforma constitucional para habilitar su
reelección. En su breve año de gestión, se ha esforzado por mantener la
macroeconomía en orden y ha intentado, dentro de límites estrechísimos,
extender algunas políticas sociales. Pero la economía nicaragüense es
tan frágil, la situación social tan delicada, que el más mínimo
nubarrón puede hacer tambalear el bote. Y aunque el principal factor
desestabilizador, el incremento de los precios del petróleo, ha logrado
morigerarse gracias a la ayuda de Chávez, la historia enseña que
depender de un capital extranjero –aunque sea Caracas y no Moscú– es
siempre una apuesta a corto plazo.

Información adicional

Autor/a:
País:
Región:
Fuente:

Leave a Reply

Your email address will not be published.