
En tiempos corrientes, no poder influir en la política de tu país puede ser frustrante. Si este país está al borde de una guerra, puede ser como una tortura. “Es del todo horrible encontrarte impotente, una persona de la que nada depende”, dice Andrei Makarevich, veterana estrella de rock rusa. Es uno de los firmantes de una carta abierta titulada “Que no haya guerra”, publicada en internet a finales de enero. Muchos de los más de 150 firmantes pertenecen a círculos intelectuales muy conocidos en Rusia: líderes activistas, artistas e intelectuales que en los últimos años han formado una minoría pequeña, pero que se hace notar, contra la política cada vez más represiva del Kremlin.
Más sorprendente ha sido otra carta contraria a la guerra publicada poco después. La firma Leonid Ivashov, un coronel general retirado, ampliamente conocido por su furioso nacionalismo con puntos de vista antioccidentales. Después, el domingo [6 de febrero] se sumó otra voz, Yabloko, un pequeño partido liberal de oposición que ha quedado marginado del establishment político. Cuando portavoces de EE UU declararon que cualquier día podía estallar la guerra abierta, el partido dijo que recogería firmas contra la guerra por internet y en sus oficinas de todo el país. Un día después, la petición ya reunía unas 4.000 firmas.
En conjunto, estas manifestaciones son la punta de lanza de un creciente sentimiento contrario a la guerra en la ciudadanía rusa, en un momento que los líderes occidentales califican de decisivo para saber si Putin ordenará a sus más de 100.000 soldados que rodean Ucrania que la invadan. “Parece que cunde la sensación de que, si hay una guerra, esta no será breve ni victoriosa, y de que habrá muchas víctimas”, dice Andrei Kolesnikov, analista del Centro Carnegie de Moscú. “Ni siquiera el sector más conservador de la sociedad parece querer una guerra real.”
Es difícil discernir quién goza realmente de la confianza de Putin, pero mucha gente supone que se deja aconsejar por un grupo selecto de responsables de la seguridad que se inclinan por la línea dura, los llamados silovikí, un término que designa a hombres fuertes del ejército y de los servicios de seguridad. Entre los nombres más citados en este contexto figura Alexander Bortnikov, el jefe del Servicio Federal de Seguridad (FSB); Nikolai Patrushev, asesor de seguridad nacional, y Serguei Naryshkin, el jefe del servicio de inteligencia exterior. Las excursiones anuales para ir a pescar en Siberia también indican que Putin mantiene una relación estrecha con el ministro de Defensa, Serguei Shoigu.
Al resto de los 140 millones de ciudadanas y ciudadanos de Rusia les han asignado el papel de meras espectadoras, y con el rumbo que está tomando su país, poca cosa pueden hacer para hacerse oír. En la democracia tutelada de Putin, las candidaturas de oposición son descartadas de antemano, y aun así las elecciones son amañadas. Las reglas que rigen las manifestaciones son tan estrictas que prácticamente son ilegales. Un piquete unipersonal puede comportar una condena de cárcel, del mismo modo que un me gusta o un compartir inadecuados en las redes sociales. El único político con agallas y capacidad suficientes para organizar un amplio movimiento de protesta, Alexei Navalny, está en la cárcel y se enfrenta a nuevos juicios; sus seguidores están en la clandestinidad o han huido del país. La sociedad civil está amordazada.
Así, la tarea de sondear la opinión pública no la asume más que una sola agencia demoscópica independiente, el Centro Levada. Sin embargo, la labor de las encuestadoras se ve obstruida por la etiqueta de agente extranjera. Las encuestas de Levada indican que la mayoría de la población piensa que la culpa de la escalada de la tensión la tiene la OTAN, pero teme la guerra. Para quienes desean manifestar públicamente su oposición y están dispuestos a correr el riesgo de abandonar el anonimato, las peticiones son la mejor opción.
En la carta de los y las más de 150 intelectuales, dirigida al partido de la guerra, quienes la firman dicen hablar en nombre de “los sectores de la sociedad rusa que rechazan la guerra y consideran un delito proferir amenazas militares y hacer uso del chantaje en la política exterior”. Y añaden: “Usted no habla en nombre de la población rusa, nosotros sí. Durante décadas, el pueblo ruso, que perdió millones de vidas en guerras del pasado, ha hecho suyo el dicho: Que no haya guerra. ¿Lo ha olvidado usted?”
Un día después de la publicación de esta carta, en la tarde-noche del 31 de enero, apareció una sorprendente declaración en la página web de la Asamblea Rusa de Oficiales, un grupo autoorganizado de exmilitares conocidos por sus puntos de vista revanchistas, prosoviéticos. La última vez que su presidente, Ivashov, provocó titulares de prensa fue cuando calificó el coronavirus de producto artificial de un laboratorio estadounidense como arma geopolítica. Ahora acusa a Putin de seguir una “política criminal de provocación de una guerra” y reclama su dimisión. Mientras que la Unión Soviética solo había librado “guerras inevitables (justas) cuando no quedaba otra salida”, Rusia entraría ahora en una confrontación militar con el fin de distraer a la población de los problemas internos y defender los intereses de una elite corrupta, dice el texto.
Ivashov no ha contestado a las peticiones de algún comentario, pero Yevgeny Savostyanov, quien dice conocer a Ivashov desde hace 35 años, reconoce que ha leído el texto con creciente incredulidad. “Simplemente no me cabía en la cabeza que este texto estuviera realmente firmado por Ivashov en nombre de la asamblea de oficiales”, declaró a Politico. “Es un notable cambio de postura”. En su condición de exjefe de la región moscovita del FSB en la década de 1990, el propio Savostyanov puede jactarse de haber sido en tiempos un silovik. Pero a diferencia de Ivashov, se desprendió de su traje de halcón y se convirtió en un demócrata progresista que llegó a ser vicejefe de la administración presidencial bajo Boris Yeltsin.
En 2011 incluso encabezó una iniciativa encaminada a mejorar las relaciones entre EE UU y Rusia después de que la guerra de Rusia con Georgia enfriara las relaciones bilaterales. Sin embargo, ahora comparte la opinión de Ivashov y así lo ha declarado públicamente en un post en Facebook. Para explicarlo, ha declarado a Politico: “En mi opinión, este es un momento en la historia en que es importante dejar de lado mis antipatías personales o políticas. Ha llegado la hora de que quienes están en contra de la guerra se apoyen mutuamente. Nadie quiere una guerra. Nadie”. Y ha añadido: “Cuando convergen bandos opuestos, es que el descontento es general. Putin y la clase dominante deberían estar alarmados.”
Ivashov, el coronel general, ha declarado en una entrevista en la emisora de radio Echo Moskvy que el 76% de los miembros del grupo habían respaldado la carta, pero no ha concretado su número. La petición de los defensores de la paz también está firmada por varios oficiales retirados y de la reserva, los únicos militares que pueden atreverse a expresarse públicamente en Rusia, dice Kolesnikov, el analista del Centro Carnegie de Moscú. “Para los oficiales en activo, es totalmente impensable terciar en el debate”, señala, de manera que el hecho de que oficiales retirados se manifiesten debería tomarse en serio: “No deja de ser llamativo que los halcones hagan de palomas de la paz.”
Sin embargo, es improbable que el Kremlin atienda las peticiones, admite Kolesnikov: “En un sistema autoritario, es prácticamente imposible que el pueblo influya en los acontecimientos. El Kremlin pretenderá que esto no es significativo y que el número de personas que apoyan [las peticiones] es muy reducido”. Las personas que firman la carta abierta tienen pocas esperanzas de marcar la diferencia.
Interrogado por un entrevistador ruso, que pensaba que la carta había llegado a las personas a que estaba destinada, Leonid Gozman, expolítico convertido en analista, se echa a reír: “¡No, desde luego que no! No escribimos para ellos, sino para nosotros mismos, para la gente corriente”. Gozman estableció un paralelismo con 1968, cuando ocho personas se reunieron en la Plaza Roja de Moscú blandiendo pancartas en que denunciaban la invasión soviética de Checoslovaquia. En aquel entonces, el desafío de los manifestantes acabó en largas condenas en lejanos campos de trabajo o el ingreso forzoso en centros psiquiátricos.
Esta vez, las autoridades rusas parecen contentarse con hacer caso omiso de las cartas. Los medios favorables al Kremlin no las han mencionado para nada o, en el caso de Ivashov, han desacreditado al autor diciendo que ha sufrido un ataque de nervios o ha actuado de tonto útil de fuerzas enemigas.
Para las personas firmantes de la petición pública, su acto parece haber servido sobre todo de alivio psicológico. “La última de las libertades humanas [consiste en] elegir la actitud personal en cada conjunto de circunstancias”, dice Gozman citando a Viktor E. Frankl, un superviviente del holocausto y filósofo. “Hemos ejercido esta última libertad, es todo lo que hemos hecho”.
En otra entrevista, Makarevich, el músico, se hace eco de este sentimiento. “Lamentablemente no hay mucho que yo pueda hacer, pero al menos puedo expresarme y eso es lo que he hecho”. Y añade: “No espero que esto tenga algún efecto”.



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