No se trata de una
pequeña contribución a la crisis alimentaria: según el informe coordinado por
Don Mitchell, reconocido economista del Banco, la producción de
agrocombustibles es responsable hasta en 75 por ciento del aumento de los
precios alimentarios, y no de 3 por ciento, como afirma el gobierno
estadunidense. Fuentes del BM declararon a The Guardian, que el informe fue
suprimido para “no avergonzar al presidente Bush”. Otro 15 por ciento del
aumento se debería a la suba de los precios del petróleo y agroquímicos.
El informe afirma que
hay tres factores primarios, que en efecto dominó son responsables del aumento
de los precios de los alimentos. Primero, que los granos para producción de
combustibles fueron desviados de la producción alimentaria. Una tercera parte
de la producción de maíz en Estados Unidos se usa para etanol en lugar de
alimentos. Europa está utilizando la mitad de los aceites vegetales que produce
o importa, para producir biodiesel. Segundo, el estímulo a los agricultores
para que dediquen más tierra a los agrocombustibles, a costa de la tierra
dedicada a producir alimentos. Tercero, la promoción de los agrocombustibles
abrió un excelente terreno para la fuerte inversión de los fondos financieros
especulativos, causando más aumento de precios.
Los fondos
especulativos (hedge funds) salieron del sector inmobiliario en crisis y
entraron agresivamente a la compra de stocks presentes y futuros de granos,
empujando el alza de los precios, como parte de las apuestas financieras.
Actualmente, más de 60 por ciento de las reservas y producción futura de maíz,
trigo y soya han sido compradas por este tipo de fondos.
El informe confirma
también que el aumento de poder adquisitivo en países como China e India “no
llevó a aumentos en la demanda de granos a nivel global”, tal como explicó
claramente Alejandro Nadal (Adiós al factor China, La Jornada, 11/6/2008). Este
es uno de los argumentos favoritos de Estados Unidos y Brasil, para justificar
la crisis alimentaria y exculparse por la agresiva promoción de
agrocombustibles. Mitchell concluye, sin embargo, que el impacto del etanol brasilero
no tuvo la misma carga en la debacle internacional de precios. Claro que para
el Banco Mundial , el hecho de que el etanol brasilero sea subsidiado con
trabajo semiesclavo y devastación de ecosistemas únicos, no es un costo.
Según datos del Financial
Times (30/10/07), el subsidio anual de los países de la OCDE a los combustibles
agroindustriales es de 15 mil millones dólares anuales. David King,
anteriormente jefe de asesores científicos del gobierno británico, declaró a
The Guardian “(con los biocombustibles) estamos subsidiando el aumento del
precio de los alimentos mientras que no hacemos nada para enfrentar realmente
al cambio climático”
No es la primera vez
que el Banco Mundial critica los agrocombustibles, pero este informe es mucho más
detallado y preciso que los anteriores. Sin embargo, la propuesta “alternativa”
del Banco, igual que la de las empresas de agronegocios, es que se aumente la
ayuda alimentaria (así se subsidia a las mismas empresas de agronegocios que
ganan tanto con alimentos caros como con agrocombustibles, y además venden los
granos como “ayuda” alimentaria), mientras se refuerza el apoyo a las próximas
generaciones de agrocombustibles, que conllevan cultivos y árboles transgénicos
o cosas peores, como vida sintética artificial –con lo cual igual compiten por
tierras y agua.
En este escenario, es
absurdo y criminal que el gobierno mexicano siga insistiendo en la producción
de agrocombustibles, que solamente beneficiarán (en grande, eso sí) a las
grandes transnacionales de los agronegocios que dominan el comercio de granos
en México y en el mundo, como Cargill y ADM, y a las que controlan la semillas
de maíz u otros cultivos dedicados a ese fin, como Monsanto, Syngenta y Dupont,
los barones de los transgénicos.
Cualquier inversión en
agrocombustibles, del tipo que sean, espoleará la escasez y carestía de los
alimentos. Si además, se autorizara el maíz transgénico, como pretende el
gobierno para complacer a las transnacionales, se aumentará la dependencia de
las empresas extranjeras, al tiempo que la contaminación transgénica dañará los
cultivos convencionales y tradicionales, patrimonio histórico de México, que en
manos de sus campesinos, son la verdadera solución para la producción de
alimentos y la soberanía alimentaria.
Grupo ETC


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