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Collar de historias. Eduardo Galeano

O pongamos por caso, Bolivia: en
1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda
Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente,
toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.

 

Yo había conocido a una de esas
cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una
asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había
hecho callar a todos.

 

-Quiero decirles estito –había
dicho-. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía, ni la
burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.

 

Y años después, reencontré a
Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al
exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad
de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan
solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba
consejos:

 

-No sean bobos –les decía-. Júntense.
Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos
juntamos. *** Y cuánta razón tenía.

 

Porque, digo yo: ¿existen los
dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la
mano?

 

Juntarnos: y no sólo para defender
el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el
valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen
riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos
los demás. Su riqueza come pobreza, y su arrogancia come miedo. Hace bien
poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los
inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha
invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le
retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad,
que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a
vivir con miedo.

 

Miedo de vivir, miedo de decir,
miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América Latina organizada
para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero
sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una
tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y
que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar
de crear. *** Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un
venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a
lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:

 

-Ustedes –clamaba don Simón-,
ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más
importante, que es la originalidad?

 

Paradójicamente, era escuchado por
nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban
loco,

 

porque cometía la cordura de creer
que debemos pensar con nuestra propia cabeza,

 

porque cometía la cordura de
proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no
sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra,

 

y porque cometía la cordura de dudar
de la independencia de nuestros países recién nacidos:

 

-No somos dueños de nosotros mismos –decía
-. Somos independientes, pero no somos libres. *** Quince años después de la
muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país
hispanoamericano de veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la
libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no
debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio,
que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.

 

Paradójicamente, al cabo de cinco años
de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua
de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y
entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la
lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la
verdad, que es la hora del amor y del humor.

 

En guaraní, ñe’é significa palabra y
también significa alma. Quien miente la palabra, traiciona el alma.

 

Si te doy mi palabra, me doy. *** Un
siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra,
y se dio.

 

Los aviones escupían bombas sobre el
palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. Él había
dicho:

 

-Yo de aquí no salgo vivo.

 

En la historia latinoamericana, es
una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después
han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala
de Salvador Allende no mintió.

 

Paradójicamente, una de las
principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre.
Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se
llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto
por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería
hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador
Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la
palabra? *** Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che
Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los
latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente,
cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. Él es el más
nacedor de todos.

 

Y me pregunto: ¿No será porque él
decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo
tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez
se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
*** Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias
patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región,
evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.

 

Paradójicamente, él murió hace un
siglo y medio pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es
que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya
que no fuera subversiva, y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el
mausoleo que erigió para ofender su memoria.

 

A él, que se negó a aceptar que
nuestra patria grande se rompiera en pedazos;

 

a él, que se negó a aceptar que la
independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres,

 

a él, que fue el verdadero primer
ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su
nombre.

 

Y termino con palabras que le escribí
hace algún tiempo: 1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se
hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas
de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y
se pierde en la fronda.

 

Usted no dice adiós a su tierra.
Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.

 

Se agrisa el paisaje. Usted se va,
vencido, y su tierra se queda sin aliento.

 

¿Le devolverán la respiración los
hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten,
quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?

 

Su tierra. Nuestra tierra del sur.
Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen
y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará
falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor
palabra que ella ha dicho.

 

Eduardo Galeano, escritor y
periodista uruguayo, autor de Las venas abiertas de América Latina, Memorias
del fuego y Espejos/Una historia casi universal.

 

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