Me
gustaría, antes que nada, decir que estoy muy agradecido a la Sección
de Economía Política Internacional de la Asociación de Estudios
Internacionales por la concesión de este premio. Me siento muy, muy
honrado por los generosos comentarios de Barry [Gills], Robin [Broad],
de Susan, la primera persona que recibió este premio. Déjenme tan solo
decir, especialmente en comparación con Susan, que no estoy muy seguro
de ser la persona más apropiada para ser nombrada ISA’s Outstanding
Public Scholar [Académico destacado con vocación pública] del 2008,
aunque creo que me considero como un intelectual público o, como dicen
los franceses, un intelectual comprometido, o sea, que combina el
análisis y la acción, o por lo menos, lo intenta.
Barry me
ha pedido que hablara de las lecciones que he aprendido durante mi
trabajo como intelectual público. No es cosa fácil, porque, aunque mis
opiniones sobre las cosas son muy públicas, no estoy acostumbrado a
hablar en público sobre mi propia vida.
Al
reflexionar, la pasada noche, sobre la tarea que Barry me ha asignado,
diría que las lecciones clave que he aprendido son tres:
– La primera es que las verdades sólo se convierten en verdad por la acción.
– La segunda es que para llegar a la verdad, a veces hay que hacer uso de métodos de investigación poco ortodoxos.
– Y
la tercera es que hay que aceptar que existe una tensión permanente e
inevitable entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción, entre
verdad y poder, y que darse uno a entender que esa tensión es
eliminable es una de las peores ilusiones en que puede caer el
intelectual público.
Las Verdades solo se convierten en Verdad por la Acción
Tomemos
la primera, a saber: que las verdades necesitan de la acción para
convertirse en verdad. Esto quizás lo vi claro decisivamente con los
acontecimientos de Seattle, a fines de Noviembre y principios de
Diciembre de 1999. En la década anterior a Seattle había cantidad de
estudios, incluyendo informes de la ONU, que cuestionaban el supuesto
de que la globalización y las políticas de libre mercado llevaban al
crecimiento sostenible y a la prosperidad. Los datos mostraban, en
efecto, que la globalización y las políticas de mercado estaban
promoviendo más desigualdad y más pobreza y consolidaban el
estancamiento económico, especialmente en el Sur global. Sin embargo,
estos datos fácticos no eran sino “factoides”, pseudohechos, a ojos de
los académicos, la prensa y los agentes políticos, los cuales repetían
una y otra vez el obligado mantra neoliberal, conforme al cual la
liberalización económica promueve el crecimiento y la prosperidad. El
punto de vista ortodoxo, reiterado hasta la náusea en aulas, medios de
comunicación y círculos políticos era que los críticos de la
globalización eran o Luditas o creyentes en un mundo plano, según
displicentemente nos calificara Thomas Friedman.
Después
siguieron las masivas manifestaciones anti-globalización de Seattle,
que llevaron al colapso de la tercera reunión de ministros de la
Organización Mundial del Comercio. Lo que allí colapsó no fue sólo una
renión, sino todo un credo tenido hasta entonces por indisputablemente
cierto. Después de Seattle, la prensa empezó a hablar del “lado oscuro
de la globalización”, de las desigualdades y la pobreza creadas por la
globalización. A continuación vinieron las
espectaculares defecciones en campo globalista, como las del financiero
George Soros, el premio Nóbel Joseph Stiglitz o el economista estrella
Jeffery Sachs. Y luego ya, los descubrimientos ampliamente divulgados
hace año y medio por dos fuentes independientes: un estudio del
Profesor Robin Broad, de la American University, publicado en la Review of International Political Economy,
y un informe de un panel de economistas neoclásicos encabezados por
Angus Deaton, de Princeton, y Ken Rogoff, antiguo economista en jefe
del FMI; de acuerdo con ellos, el Departamento de Investigación del
Banco Mundial, la fuente de la mayor parte de afirmaciones de que la
globalización y la liberalización del comercio llevaban a menores tasas
de pobreza y a un decremento de la desigualdad, habían distorsionado
deliberadamente sus datos y habían hecho afirmaciones injustificadas.
Actualmente, la carga de la prueba corresponde a los partidarios de la
globalización y de la liberalización dirigidas por las corporaciones
granempresariales.
¿Cuál es
la diferencia? No tanto la investigación o el debate, sino la acción.
Fueron necesarias las acciones militantes anti-globalización de masas
de gente y el colapso espectacular de la reunión ministerial de la OMC
para convertir los “factoides” en hechos de pleno derecho, en verdades.
La verdad no está ahí, sin más. La verdad se colma, se hace real y se
ratifica con y por la acción. Como el viaje de Colón en relación con la
teoría de la tierra esférica, Seattle fue un acontecimiento histórico
mundial que hizo la verdad “verdadera”. (Ya sé que utilizar a Colón no
es políticamente correcto, pero tendrán que perdonarme porque no he
sido capaz de hallar una analogía mejor.)
Métodos heterodoxos
La
segunda lección recibida en mi condición de académico público y de la
que me gustaría hablar tiene que ver con los métodos de investigación.
Una de las conclusiones a las que he llegado es que, a menudo, cuando
se trata de analizar asuntos realmente importantes, nuestros métodos
normales de investigación en ciencias sociales, como el análisis
cualitativo o el análisis cuantitativo, no son aplicables. No
funcionan, porque con frecuencia anda el poder de por medio, y los
poderosos no quieren que las cosas sean transparentes. Esto me resultó
transparente cuando tuve que estudiar el Banco Mundial.
Permítanme
remontarme a 1975 –historia antigua, para muchos de ustedes– recién
terminado mi doctorado en Princeton. En aquella época no tenía
intención de seguir una carrera académica. Tenía muy claro entonces
cual era mi trabajo: derrocar la dictadura de Marcos. Pasé a formar
parte de una red internacional conectada con la clandestinidad filipina
y me convertí en activista a tiempo completo. Fui a Washington y ayudé
a establecer una oficina cuya función era ejercer presión sobre el
Congreso USA para acabar con la ayuda al régimen de Marcos. Nos dimos
cuenta muy pronto de que para desarrollar un trabajo eficaz teníamos
que tener en cuenta todos los aspectos del apoyo de los EEUU al
dictador. Por ejemplo, la mayor parte de la ayuda estadounidense a
Marcos se canalizaba a través de instituciones multilaterales como el
Banco Mundial, y el problema era que la falta de transparencia de esta
institución impedía obtener información alguna sobre los programas del
Banco. La única información que conseguimos fueron notas de prensa
asépticas. Estaba claro que para mostrar lo que el Banco hacía y
exponerlo, la única manera era obtener los documentos desde dentro del
mismo Banco. Empezamos formando poco a poco una red de informadores
dentro del Banco. Eran conocidos, liberales de izquierda conscientes.
Nuestro trabajo formaba parte del proceso de construcción de lo que fue
efectivamente una red de contrainteligencia, no ya dentro del Banco,
sino también dentro del Departamento de Estado y de otras agencias del
gobierno USA.
Esta
gente empezó a traernos ocasionalmente algunos documentos, pero era un
proceso tedioso, aunque necesario. La información no era suficiente,
por lo que pensamos que era necesario recurrir a métodos más radicales.
Así pues, mis socios y yo nos pusimos a indagar las pautas de conducta
de los empleados del Banco, y nos dimos cuenta de que había períodos
del año en que allí no había nadie: el Día de Acción de Gracias, la
Navidad, el Año Nuevo, el 4 de Julio, el Memorial Day, etc. En estos
días, y por un período de tres años, fuimos al Banco simulando que
volvíamos de una misión, flojas y desanudadas las corbatas: acabábamos
de llegar de África, de la India, de donde fuere. Los agentes de
seguridad nos pedían invariablemente nuestros documentos de identidad,
y cuando simulábamos buscarlos aturulladamente y con tan fatigada
apariencia, venía el esperado: “Está bien, está bien; pasen”. Siempre
funcionaba. Como pueden imaginarse, entonces la seguridad era bastante
laxa.
Una vez
dentro, éramos como niños extraviados en un almacén de caramelos.
Recogíamos todos los documentos que podíamos, no solamente referidos a
Filipinas, y los fotocopiábamos utilizando el equipamiento del propio
Banco. ¡Y esto durante tres años!
Los
documentos – unas 3.000 páginas referidas a prácticamente todos los
proyectos y programas sostenidos por el Banco en mi país – ofrecían una
visión inigualable del modo en que funcionaba una estrecha relación
entre dos instituciones autoritarias y opacas: el Banco Mundial y el
régimen de Marcos. Para empezar, organizamos conferencias de prensa
para exponer los documentos, uno por uno, y para embarazo de ambos, del
Banco Mundial y del régimen de Marcos; y luego, en 1982, sacamos el
libro titulado Desarrollo y Debacle: el Banco Mundial en Filipinas,
uno de cuyos autores era Robin Broad. Según muchas personas, esta
publicación contribuyó a desenmascarar al régimen de Marcos. Me
gustaría que tuvieran razón. Respecto de lo que aprendí…, pues eso:
que los métodos ortodoxos o convencionales tienen sus limitaciones, que
para llevar a cabo una investigación realmente eficaz, a veces hay que
quebrantar la ley. Además, durante el proceso hay que ser terriblemente
profesional. Pero tuvimos mucho cuidado al embarcarnos en ello, y no
pudimos contar la historia real de cómo obtuvimos los documentos hasta
pasados 10 años (1992), cuando lo que se llamaba la ley de prescripción
para el procesamiento penal en EEUU nos lo permitió. Mis asociados y yo
habríamos podido pasar 25 años en la cárcel, si nos hubieran pillado
entrando en el Banco. A propósito: Robin me ha pedido que deje claro
aquí que ella no estaba entre las personas que fueron a 1818 H Street
NW.
En
registro menos ligero, la decisión que tuvimos que tomar no fue fácil.
Nunca es fácil decidir quebrantar la ley; no sólo por los castigos que
eso trae consigo, sino porque todos estamos profundamente socializados
para observar la ley. Pero nos dábamos cuenta de que no teníamos otra
opción. Si no, la verdad habría sido enterrada por mucho, mucho tiempo.
Teoría y Práctica
La
tercera cosa de la que me gustaría hablar es de la tensión entre
análisis y acción, entre verdad y política. Lidiar con esta relación no
es fácil, ya que nuestro lado moral es muy exigente, sobretodo cuando
se trata de enfrentarse con verdades desagradables. La primera vez que
me encontré cogido entre exigencias incohonestables de verdad y de
política fue cuando estaba haciendo mi tesis doctoral.
En 1972
empecé la investigación para mi tesis doctoral sobre el tema de la
organización política en los suburbios de Santiago, Chile, durante un
período revolucionario. En aquellos momentos sentía una gran simpatía
por el gobierno de Salvador Allende y su llamada “vía pacífica hacia el
socialismo”. De hecho, creo que este fue el momento en que me volví
progresista. Sin embargo, después de tres meses en los suburbios, me di
cuenta cabal de que lo que el país estaba experimentando no era un
revolución profunda, sino una contrarrevolución incipiente. La
revolución de Allende estaba malherida.
Llegado a
este punto, me pareció que si debía hacer una investigación relevante,
tanto política como intelectualmente, lo importante era estudiar la
contrarrevolución. De modo que cambié el tema de mi tesis por el de la
dinámica de la contrarrevolución, y acabé entrevistando a gente de
clase media y de derechas que no podían entender que una persona de
piel cobriza como yo hiciera preguntas como las que les estaba
haciendo. A menudo, se mostraban francamente hostiles, y en dos
ocasiones anduve a pique de ser golpeado. Algunos pensaban que era un
agente cubano, y señalaban inquisitivamente el periódico de izquierdas
que llevaba despreocupadamente conmigo junto con otros periódicos más
conservadores. Cuando les decía que necesitaba seguir lo que pensaban
en ambos lados, se reían sardónicamente y me declaraban un caso
perdido.
A mediados
de 1972, estaba claro que esta gente, muchos de ellos jóvenes afiliados
a las juventudes del Partido Cristiano-Demócrata, controlaban las
calles de Santiago, algo que me parecía similar a lo que había sucedido
anteriormente en la Italia fascista y en la Alemania nazi. Luego
terminé mi investigación y volví a Princeton, y después del golpe de
Septiembre 1973 me comprometí en el trabajo solidario contra la
dictadura de Pinochet. Por aquel entonces era a la vez un activista y
un intelectual comprometido que intentaba comprender el conflicto de
clases en tiempos de revolución. La tesis, titulada Las raíces y la
Dinámica de la Revolución y la Contrarrevolución en Chile, acabó siendo
una comparación del papel contrarrevolucionario de las clases medias en
Chile en 1971-73 y en Italia y Alemania en los años 1920.
Haciendo
esta tesis, dos verdades políticamente inconvenientes, parafraseando a
Al Gore, se me hicieron muy evidentes. La primera: que, contrariamente
a las explicaciones dominantes del golpe, que apuntaban al éxito de
Pinochet como algo debido a la intervención de los EEUU y de la CIA, la
contrarrevolución estaba ya en marcha antes de los esfuerzos de
desestabilización de los EEUU; que fue en gran parte determinada por
una dinámica de clases; y que las elites chilenas fueron capaces de
conectar con sectores de la clase media aterrorizados por la perspectiva
de que sectores pobres se alzaran con su programa de justicia e
igualdad. En resumen, la intervención de los EEUU tuvo éxito porque
estaba inserta en un proceso contrarrevolucionario en marcha. La
desestabilización de la CIA fue solamente uno de los factores, pero no
el decisivo. Esto era algo que, por aquel entonces, los progresistas no
querían oír, porque lo que querían muchos de ellos era una simple
imagen en blanco y negro, o sea, que el derrocamiento de Allende fue
orquestado desde fuera por los Estado Unidos.
La segunda verdad relacionada,
pero también políticamente inconveniente, que resultó de esta tesis fue
el papel de la clase media. Tanto liberales de izquierda como
progresistas suelen presentar a la clase media como aliada de la clase
obrera y de las clases bajas en general, lo que supone una fuerza para
la democratización. La tesis mostró que, contrariamente a esta
asunción, las clases medias no constituyen necesariamente fuerzas para
la democratización en los países en desarrollo. De hecho, cuando se
moviliza a las clases pobres con un programa revolucionario, las clases
medias pueden convertirse en una base de masas para la
contrarrevolución, como en Alemania e Italia en la década de 1920, en
que las clases medias proporcionaron los soldados de los movimientos
nazis y fascistas.
Pero a los progresistas realmente les
cuesta mucho aceptar esta caracterización de la clase media, y parte de
la razón subliminal es que ésta es la clase de la que con frecuencia
ellos proceden. De hecho, recientemente he tenido que establecer de
nuevo mi posición en una crítica del best seller de Naomi Klein La Doctrina del Shock.
Naomi es una gran escritora progresista y es una buena amiga, pero he
tenido que señalar que su visión del derrocamiento de Allende como un
producto de un complot entre los militares y los Chicago Boys, una
alianza sin apoyo popular, es no solo simplista, sino equivocada.
Habría sido como decir que el derrocamiento de Thaksin Shinawatra en
Tailandia en Septiembre 2006 fue únicamente el producto de una
conspiración entre los militares y algunos miembros del Consejo Privado
Real, sin referencia ninguna al papel de las clases medias de Bangkok
en la creación de las condiciones políticas para el golpe. Como las
clases medias tailandesas en el caso de Thaksin, la clase media chilena
fue un instrumento del derrocamiento de Allende. Es tarea del
intelectual público señalar estas verdades-verdades inconvenientes para
la política que uno defiende.
La tensión entre verdad y política
se hace mayor cuando el intelectual público forma parte de una
organización política. ¿Qué ocurre cuando las solicitaciones de la
verdad y las de la organización empiezan a divergir? Este ha sido el
mayor miedo de los intelectuales de izquierda, ya que, como he dicho
antes, nuestro lado moral o político es muy exigente. Es grande la
tentación de ignorar, racionalizar y defender abusos cometidos por
nuestros correligionarios, en interés de la batalla más importante
contra la derecha, contra la reacción y contra el imperialismo….
[Debido a un estudio que hice sobre violaciones de los derechos humanos
por algunas organizaciones progresistas en Filipinas] yo mismo fui
tachado de “contrarrevolucionario”. El hecho de que continuara
considerando la hegemonía estadounidense y las
políticas neoliberales como el principal obstáculo para el desarrollo
económico y político de Filipinas, y de que siguiera luchando contra
esos obstáculos, no contaba para nada. Era “objetivamente” un agente
del imperialismo norteamericano. Pero me sentía en buena compañía, ya
que una de las figuras que yo más he admirado, Nikolai Bujárin, también
fue tratado como un agente “objetivo” de la Alemania nazi en los
procesos de Moscú de 1937.
Mi experiencia no es única.
Intelectuales comprometidos, en otras épocas y en otras circunstancias,
se han encontrado con el mismo dilema al tener que decidir entre
obedecer la línea marcada o romper con una organización o incluso con
un movimiento. A menudo llegan a este punto cuando se dan cuenta de
que, o bien deben permanecer en un movimiento, a pesar de sus abusos,
porque sus fines valen la pena, o han de romper con él porque creen que
el objetivo del cambio no puede divorciarse del proceso de su
consecución. Es el momento de la verdad, el momento que deben
finalmente decidir si ser fieles a la [organización] o permanecer
fieles a su papel como intelectual comprometido. No es una elección
fácil, y nunca se está seguro de haber tomado la decisión adecuada. Y
desde luego, resulta verdaderamente difícil juzgar a quienes se han
resuelto por la otra vía.
Se me permitirá resumir todo esto
diciendo que el trabajo intelectual y el trabajo político son
complementarios. Pero que están también en tensión entre sí. El desafío
es vivir esa tensión, y desde mi punto de vista, una de las peores
equivocaciones del intelectual comprometido es subordinar la verdad al
poder creyendo que es el mejor camino hacia la justicia. Hace falta
poder para realizar la verdad y conseguir un orden más justo, pero no
se puede permitir que la verdad sea destruida por el poder durante el
proceso. Lo que he hecho aquí, esta tarde, es ilustrar los desafíos y
los dilemas a los que se enfrenta el académico con vocación pública a
partir de mi propia experiencia. Como señalé antes, no estoy seguro al
100 por cien de haber tomado las decisiones apropiadas. Ciertamente,
mis enemigos –que, por desgracia, no son pocos: desde el Banco Mundial
y la OMC hasta los militares filipinos y…— juran que no, y no rinden la
esperanza que de que sufra pronto el debido castigo por ello. A
propósito: alguien dijo una vez –creo que fue Sartre– que una de las
certidumbres del intelectual comprometido es que se crea más enemigos
que amigos; yo quisiera añadir, por mi parte, que las pocas nuevas
amistades que uno ha ido haciendo, como Hugo Chávez, Hamás y Hezbollah,
son precisamente las que, según todos los cálculos, sirven para crearse
todavía más enemigos.
La demanda de académicos con
vocación pública es en nuestros días grande, dados los problemas
acumulados del cambio climático, la globalización, el caos financiero y
la crisis universal de la democracia. Son tiempos en los que, por
doquiera – en los Estados Unidos, en las Filipinas, en Tailandia, en
China –, salta a la vista la imposibilidad de llevar a cabo una
investigación ortodoxa, fundada en la cómoda distancia entre el
observador y el objeto de estudio. En la medida en que todos nos
estamos volviendo más comprometidos, nos será útil recordar que el
intelectual público se enfrenta a las múltiples y contradictorias
tareas de marinar la verdad con el poder, diciéndole las verdades al
poder y oponiéndole al poder la verdad. El desafío y el dilema al que
debemos enfrentarnos es cómo cohonestar esas exigencias en conflicto.
Permítanme aprovechar la ocasión
para felicitar al ISA por instituir este premio tan importante.
Representa el reconocimiento del camino que no pocos hemos tomado, un
camino que no goza de la seguridad y de las recompensas de la vida
académica, sino de todas las dificultades de una trayectoria política
radical, pero que es tan fundamental para el interés publico como pueda
serlo el trabajo del profesor y del analista. No creo haber sido mejor
académico con vocación pública que otros. Lo que verdaderamente creo es
que en un mundo lleno de contingencias simplemente he tenido más
suerte, al haberme ahorrado situaciones realmente muy, muy difíciles y
decisiones realmente muy, muy fuertes. Dedico este premio a los
intelectuales públicos con menos suerte pero con más mérito.
Walden Bello es miembro del Transnational Institute,
es profesor de sociología en la Universidad de las Filipinas,
presidente de la Coalición por la Abolición de la Deuda Externa, y
analista senior en Focus on the Global South.


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