Todos, tres o cuatro veces en la
vida, hemos dicho que sí o que no frente a algunos dilemas, y esas respuestas hoy nos hacen los que
somos. Por eso es tan importante, en esos momentos clave de la vida, tener la suficiente lucidez
como para plantearnos de un modo honesto e inteligente esos dilemas. Son las encrucijadas de la
vida. Las hay siempre y las enfrentamos todos, nos guste o no, en algún momento. No ver las
encrucijadas con claridad es una de las maneras más comunes de estropearnos el futuro, o la
identidad.
Pero si alguien
es niña, si tiene doce años, si fue abusada y si está embarazada, probablemente tenga de sí misma y
del mundo ideas distorsionadas, como está distorsionado el propio cuerpo con ese embarazo que no le
tocaba, con eso que le fue impuesto con una violencia tan pasmosa que no podemos decir ni una sola
palabra que la encarne. Esa violencia y sus legados pertenecen a un mundo del que no sabemos nada.
Somos extranjeros de ese sufrimiento. Y entonces, un sí o un no, ¿qué significan? ¿A qué responden?
¿Qué le habrán preguntado a la niña mendocina? ¿Querés tener a tu bebito? O, ¿querés matar a tu
bebito? O, ¿querés interrumpir tu embarazo? O, ¿querés que tu bebé siga creciendo adentro tuyo, así
después lo cuidás y jugás con él? ¿Qué le habrán preguntado que la niña mendocina dijo que sí?
Es tan fácil andar castigando los
cuerpos y las mentes ajenas, embanderándose con la religión católica y con sus preceptos sobre el
ser persona del pre-feto de cinco minutos de vida. Es tan fácil llenarse la boca con el amor a la
vida mientras se toma por asalto una habitación de hospital donde una niña de doce años se debate en
el horror de sí misma y en los enigmas del destino. Es tan cruel y tan ciego cargar con la propia
moral sobre una niña que es una niña, sobre esa niña a la que una violación y un embarazo no le han
quitado su dignidad de niña, y por lo tanto no puede y no debería decidir sobre el irreversible
paisaje de su propia vida, ya desarticulada de la felicidad, ya hundida en el horizonte de la
maternidad a una hora que no es, de la forma que no es, con sentimientos que no son, y como
resultado de un terrible recuerdo que ya lleva tatuado en la mente.
Las tribus fundamentalistas católicas se han dado un festival en
Mendoza. No hay ningún atenuante para interrumpir un embarazo cuando el punto de vista es religioso.
Ninguno. Ni doce años ni la violación de un padrastro. Un embarazo para esas tribus fundamentalistas
y para los jerarcas del Vaticano que imparten las normas de las vidas que ellos no viven, ya no es
un embarazo. Es un símbolo. Es una última trinchera tras la que resisten exactamente los mismos que
dicen que el preservativo es inútil para prevenir el VIH, y desaconsejan su uso. Un embarazo es nada
menos que el resultado justo de un coito. Es el propósito último que dispensa el deseo sexual y lo
sublima. Por esa lente distorsionada se sublima hasta la perversión de un violador, si como
resultado de la violación hay embarazo. Hay quien dijo que la peor de las perversiones es la
abstinencia.
Pero no nos
gobierna la Iglesia Católica. Si fuera así, tampoco habría divorcio. Apenas volvió la democracia, el
debate sobre el divorcio también hizo salir a la calle a la reserva católica con fobia al mundo. Fue
Santo Tomás, un ex libertino, el que designó a las cosas de este mundo como “inmundas”. Este mundo,
se sabe, es el escenario en el que transcurre lo humano. En este mundo vivimos como podemos, hacemos
lo que podemos, sufrimos lo que nos toca. Pero es necesario hacer visible la vara que mide nuestras
inmundicias. El sexo no es inmundo; ni el sexo con amor ni el sexo sin amor son por sí mismos
inmundos. Hay coitos inmundos, cómo no, así como hay abstinencias aberrantes. La Iglesia Católica
puede dar fe del resultado aberrante de muchas de las abstinencias que patrocina. No es casual que
los varios juicios que se llevan adelante en este momento contra sacerdotes católicos pedófilos
tengan como víctimas no a niñas sino a varones. La faja de la represión suele abrirse con fuerza por
el lugar más apretado. Las pulsiones humanas no pueden mantenerse fajadas, y estallan de las maneras
más crueles cuanto más se ha querido aplastarlas.
Las fanáticas pro vida que entraron a la habitación de hospital donde estaba
internada la niña mendocina a la espera del aborto que había solicitado su madre y que le fue
negado, esas brujas que entraron con sus folletos de fetos muertos y sus palabras terribles a
convencerla de que no abortara, consiguieron lo que buscaban. Han ganado una batalla a costa de la
vida de una niña de doce años. Se han engullido su futuro y sus emociones. Son caníbales.
Por último, el juez de Familia
Germán Ferrer, con su fallo y sus comentarios, ha dado cuenta, quizás a través de un fallido, de
cómo la Justicia se ha alejado de su eje en este caso, con un punto de vista completamente
distorsionado, igual que la suerte de quien dependía de ella. El juez Ferrer eligió una posición
equidistante de dos demonios, los “grupos pro vida” y los grupos “pro abortistas”. La madre de una
niña de doce años violada por su padrastro no tiene nada que ver con ningún grupo de ésos. El juez
tenía que preservar la dignidad de la niña y hacer justicia para ella, no para ningún grupo. Los
atropellos contra la niña y los 300 mensajes de texto que le mandaron al juez eran de los fanáticos
pro vida. Instalar dos demonios donde no los hay es una práctica retórica que trae malos recuerdos y
da vergüenza ajena.
Por Sandra Russo


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