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El Che y la recreación del marxismo

Como bien lo recordaba días pasados Miguel Barnet, este extraño
guerrillero cargaba en su mochila la poesía de León Felipe y Pablo
Neruda. En sus campamentos en la selva boliviana tenía más de un
centenar de libros, muchos de los cuales eran verdaderas joyas del
pensamiento social universal. No fue casual su capacidad para recibir
críticamente algunas de las categorías del marxismo y para someter a
implacable crítica la grotesca deformación que éste había sufrido a
manos de la Academia de Ciencias de la URSS y sus insoportables
manuales de “marxismo-leninismo”. Hay un paralelo entre Gramsci y el
Che: ambos repudiaron las codificaciones “escolásticas” del marxismo.
El primero, burlándose en su breve escrito a propósito de la Revolución
Rusa, “La revolución contra El Capital”, de la interpretación canónica
de El Capital del principal teórico de la Segunda Internacional: Karl
Kautsky. El Che, haciendo lo propio con los “ladrillos soviéticos” que
también decretaban la imposibilidad de la revolución en los países
atrasados.

Tanto uno como el otro libraron una exitosa batalla contra el
“economicismo” décadas antes de que algunos intelectuales, arrepentidos
de sus pecados juveniles, renacieran como infecundos posmarxistas y
“descubrieran” el determinismo economicista que, según ellos, condenaba
irremisiblemente la teoría marxista al cementerio de las ideas.
Carentes del talento y la audacia intelectual que les sobraban a
Gramsci y el Che, se rindieron ante las caricaturas y en lugar de
repensar creativamente al marxismo optaron por adherir a la ideología
dominante de su tiempo.

Heredero de una noble tradición, de la cual José Carlos Mariátegui fue
el gran precursor, el Che concebía al marxismo en sintonía con la Tesis
Oncena de Marx: en vez de interpretar el mundo, de lo que se trata es
de cambiarlo. Como Lenin, creía que “el marxismo no era un dogma sino
una guía para la acción”. Por eso, si la teoría se daba de bruces con
la realidad aquélla debía ser meticulosamente revisada. Si el
eurocentrismo del marxismo originario no le hacía lugar a la revolución
socialista en la periferia había que depurarlo de esos
condicionamientos y, sin tirar al niño junto con el agua sucia de la
bañera, recrear la teoría para dar cuenta del inédito desafío. Y si los
“manuales” postulaban una visión etapista y mecanicista según la cual
no podía haber revolución socialista sin que antes hubiera una
revolución democrático-burguesa liderada por la burguesía nacional, lo
que había que hacer era arrojar esos textos por la borda y repensar
todo de nuevo. En esta operación el Che demostró, al igual que los
grandes clásicos del pensamiento marxista, que la teoría no es un
edificio acabado sino un emprendimiento en permanente revisión y
reconstrucción, y que el abandono de ciertas proposiciones (y sus
correlatos político-prácticos) y su reemplazo por otras puede hacerse
sin necesariamente menoscabar el argumento central del marxismo, que
revela el carácter insanablemente injusto, explotador y predatorio del
capitalismo. Demostró también que el proyecto socialista trasciende el
marco económico o el productivismo: que de lo que se trata es de crear
un hombre y una mujer nuevos, una nueva cultura, una democracia
participativa integral, un internacionalismo concreto y eficaz, basado
en la solidaridad y el altruismo. Todo esto requiere de un sustento
material, pero si esa apoyatura no sirve de fundamento para lo otro el
proyecto socialista estará desahuciado antes de nacer.

El legado teórico del Che es inmenso y la tarea de recuperarlo recién
ha empezado. Sus pesimistas apreciaciones sobre la escena internacional
de su tiempo, dominada por la “coexistencia pacífica” proclamada por la
URSS, fueron proféticas; su visión de que no se puede construir el
socialismo “con la ayuda de las armas melladas que nos legara el
capitalismo” es irrebatible a la luz de la experiencia reciente; sus
análisis sobre la naturaleza incorregible y brutal del imperialismo se
corroboran día a día, desde los “bombardeos humanitarios” de Bill
Clinton hasta las torturas a niños y niñas iraquíes de 10 a 12 años
definidos por Bush y su pandilla como “amenazas imperativas”, tal como
lo expusiera Juan Gelman en este diario el pasado 12 de junio;
igualmente preciso es su diagnóstico sobre la centralidad de la
ideología cuando dice que “el capitalismo recurre a la fuerza pero
además educa a la gente en el sistema” y lo viene haciendo desde hace
quinientos años, con lo cual nos convoca a librar la “batalla de ideas”
en todos los frentes. Y así podríamos seguir enumerando hitos de una
reflexión teórica que no se detiene ante el saber establecido y
prosigue incansable su marcha hacia horizontes de comprensión cada vez
más profundos y abarcativos. Cuatro décadas después de su cobarde
asesinato, el Che está más vivo que nunca.

Por Atilio A. Boron

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