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Esperando a Barack

Esperando a Barack

“A las once de la noche, en cuanto la televisión confirmó el triunfo de Obama”, me escribe una amiga desde Washington, “la gente salió de sus casas golpeando cacerolas al estilo argentino, tocando bocina y bailando en las calles. Muchos jóvenes, pero también personas de toda edad y color, con grandes sonrisas y lágrimas rodando por las mejillas”.

En Chicago, en su primer discurso como presidente electo, el senador Barack Obama celebra que su país sea “el lugar donde todo es posible” y, sin embargo, se siente obligado a matizar la euforia mencionado a los desafíos que ahora enfrenta: “Dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera en un siglo.”

Pero aparte de prometer “patriotismo, servicio y responsabilidad”, nada de concreto ha dicho aún el presidente electo sobre cómo piensa enfrentar la crisis, que de las finanzas pasó a la economía real: en el trimestre que terminó en setiembre el consumo cayó más del tres por ciento en Estados Unidos, el mayor retroceso en tres décadas.

El hombre tiene derecho a dedicarle un tiempo a sus hijas y elegir con ellas el nombre del cachorro que les prometió que podrán llevar a la Casa Blanca, a viajar a Hawaii a enterrar a su abuela y también a un poco de descanso, después de casi dos años de campaña que lo transformaron de joven ambicioso con delirios de grandeza en el comandante en jefe del mayor imperio de la historia. Pero no hay mucho tiempo: el imperio está resquebrajándose y arrastrando al resto del mundo en su caída.

“Yo sé donde estamos ahora, pero no dónde estaremos dentro de seis semanas”, confesó el mismo día de las elecciones en Estados Unidos el ministro sudafricano de Economía, Trevor Manuel. “El tema no es si estamos en recesión mundial, sino cómo evitamos que se transforme en la primera depresión global”, explicó. Manuel está a cargo de promover, junto con la ministra alemana de Cooperación, Heidemarie Wieczorek-Zeul, la conferencia cumbre sobre Finanzas para el Desarrollo, que las Naciones Unidas han convocado para fines de noviembre en Doha. En conferencia telefónica con dirigentes de redes de la sociedad civil comparó la tarea de preparar esta reunión a “construir molinos de viento en medio de la tormenta”.

El ministro sudafricano cita de memoria los varios miles de millones de dólares que cada una de las potencias desarrolladas ha dedicado a salvar sus bancos, pero el dato que realmente lo asustó vino de una conversación privada con un fabricante sueco de camiones: “Me dijo que el año pasado a fines de octubre tenían diez mil pedidos para este año. ¡Ahora tienen ciento diez para el año que viene!”

Mientras tanto en Buenos Aires, Ariel Buria, ex asesor financiero del presidente mexicano Vicente Fox, durante un seminario organizado por la revista Nueva Sociedad saca las cuentas de cómo la crisis afectará a México: “Caída de exportaciones en volumen y precio, retracción de las inversiones extranjeras, pérdida de créditos, mayores tasas de interés a pagar por la deuda, disminución de las remesas de los emigrantes… un total de 30.000 millones de dólares de pérdida previsible en el próximo año, o sea una caída de tres a cinco por ciento del PIB”. Buria hace una pausa y agrega: “Eso sin contar el impacto de unos dos millones de migrantes deportados o en retorno por falta de trabajo en Estados Unidos, que se van a sumar a los desempleados locales en un año de elecciones”…

En el mismo día de las elecciones en Estados Unidos, en Argentina el Banco Central trata de frenar la especulación y la fuga de capitales detectando todo tipo de operaciones ilícitas para comprar dólares y sacarlos del país hacia paraísos fiscales. En Chile el gobierno de Michelle Bachelet anuncia medidas de emergencia para estimular la economía. En Brasil el estatal Banco do Brasil compra al Banco Votorantim para salvarlo de la quiebra, mientras que el banco Itaú compra a Unibanco y crea un gigante financiero privado de 270.000 millones de dólares, el mayor banco de América Latina… por ahora.

De lo que se trata es de, primero, evitar el colapso del sistema financiero y, después, el pánico y las fugas de capitales para luego reanimar la economía. Tras el colapso práctico y conceptual del “fundamentalismo del mercado”, todos los economistas coinciden ahora en que los gobiernos tienen un papel a jugar promoviendo el crédito, estimulando el consumo, tratando de generar empleo. El problema es que si todo el mundo está haciendo lo mismo al mismo tiempo en una recesión global generalizada, ¿de dónde va a salir el dinero? México necesitaría de 100.000 millones de dólares de respaldo, pero el FMI sólo le ofrece 30.000. El FMI ya está apoyando a Islandia y a Hungría. Irlanda va camino a un déficit de siete por ciento de su PIB. La propia Gran Bretaña enfrenta déficit que no conocía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Todas las miradas se dirigen a los países excedentarios y con grandes reservas como China y Arabia Saudita. Dominique Strauss-Kahn, director gerente del FMI, les ha pedido que contribuyan a un fondo de emergencia. Pero ambos países ya tienen un enorme plan de rescate… de la economía estadounidense. Al aceptar pagos en dólares y acumular enormes reservas en bonos del tesoro norteamericano, los gobiernos de Riyad y Beijing están financiando catorce años consecutivos de déficit comercial de Estados Unidos.

Gracias al papel del dólar como moneda internacional de reserva, Estados Unidos se dio el lujo de no practicar lo que predicaba al resto del mundo y vivir más allá de sus límites. Mientras que las familias chinas ahorran más del veinticinco por ciento de sus ingresos, las de Estados Unidos gastan más de lo que ganan. Total, el crédito era fácil y con bajas tasas de interés, ya que se suponía que las garantías que ofrecían las casas hipotecadas siempre alcanzarían para pagarlos, con precios inmobiliarios y consumo en alza permanente.

Ahora que el globo se pinchó, la espiral es descendente. Con todas las casas en venta y nadie que compre no hay más posibilidad de conseguir crédito. El consumo baja. El desempleo crece y, en consecuencia, hay menos consumo aún… Cualquier latinoamericano conoce por experiencia propia estas situaciones y sabe que el resultado será devaluación y caída de los salarios hasta que el país recupere su competitividad y el ciclo se revierta. Pero en vez de devaluarse, el dólar ha subido en todo el mundo, en la medida en que los mercados se desprenden de acciones y otros valores y se refugian en los billetes verdes para guardarlos bajo el colchón. Y con ello Estados Unidos exporta menos y su déficit se agranda…

Sin saber si esperar un reacomodo en pocos meses o varios años de vacas flacas, los jefes de Estado de diecinueve países considerados “sistémicamente relevantes” se reunirán el 15 de noviembre en Washington con el gobierno de Estados Unidos para considerar esta situación. En todas partes se habla de redistribución del poder, de las nuevas responsabilidades de China y Europa, de la reforma o “refundación” (según el presidente francés Nicolás Sarkosy) del FMI y del Banco Mundial, de la creación incluso de una moneda universal, tal como lo ha propuesto el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Todas las miradas estarán puestas en una persona… que no es el presidente George W. Bush, anfitrión oficial. Si Barack Obama asume un papel activo el 15 de noviembre estaría, de hecho, adelantando dos meses la transferencia de poder, aunque formalmente Bush recién le pase la banda presidencial el 15 de enero. Si la cumbre del G-20 en Washington y la del “G-192” (o sea, todos los miembros de las Naciones Unidas) dos semanas después transcurren con Obama en silencio, los sesenta días perdidos pueden ser catastróficos.

“A quienes nos miran esta noche desde ultramar”, Obama les prometió en la madrugada del 5 de noviembre que “un nuevo amanecer de liderazgo americano está al alcance de la mano”. No es poco prometer, pero ¿quién es uno para dudar? “Yes we can”.

Por, Roberto Bissio
Tomado de: Agenda Global No. 76.

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