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¿Hay crisis de alimentos?

¿Hay crisis de alimentos?

El índice de precios de alimentos de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se elevó a 234 puntos en junio de 2011. Aunque es sólo uno por ciento mayor que en mayo, fue 39% superior al del mismo mes del año anterior, lo cual dio sustento al debate de si el mundo enfrenta una crisis de alimentos o no.

Organizaciones no gubernamentales y agencias supranacionales, entre ellas la FAO y el Banco Mundial (BM), han estado cabildeando con vigor desde la fuerte elevación anterior, de 2007-08, para aumentar la conciencia de lo que perciben como el riesgo de una futura crisis alimentaria.

Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, dijo en fecha reciente que los precios volátiles de los alimentos son “la mayor amenaza” que enfrenta a las naciones desarrolladas. La causa fue adoptada por Francia, presidenta actual del G-20, que ha hecho de la seguridad alimentaria y la reglamentación de los productos primarios el centro de su interés durante su desempeño.

Alentada por Francia, la primera reunión de ministros de agricultura del G-20 tuvo lugar en París, en junio de 2011. En su discurso en la reunión, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, llamó al G-20 a aplicar mayores regulaciones a los mercados de productos agrícolas como forma de lidiar con la carestía de alimentos. En tanto, un informe preparado por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la FAO y el BM, entre otras instituciones, recomendó retirar subsidios y mandatos para los biocombustibles y restringir las prohibiciones a las exportaciones de alimentos.

Es debatible si la reunión logró avances en temas claves. Los ministros acordaron recabar información sobre la oferta de alimentos y las reservas para crear un sistema de “alerta temprana”, diseñado para mostrar riesgos de escasez. También se comprometieron a revisar las reservas de emergencia. Sin embargo, fueron rechazadas las propuestas de reducir el uso de biocombustibles (que típicamente retiran productos agrícolas de la cadena alimentaria) o legislar contra las barreras comerciales a productos agrícolas, y no hubo discusión sobre el impacto del cambio climático.

Además, los ministros de agricultura trasladaron a los ministros de finanzas la responsabilidad de investigar el impacto de la actividad especuladora sobre los precios agrícolas internacionales.

Las estimaciones de EIU confirman la presión al alza sobre los precios de los alimentos el año pasado. Nuestro índice de alimentos y bebidas creció en promedio anual 11.7% en 2010, y 45% en el primer trimestre de 2011. El BM estima que la carestía alimentaria ha llevado a otras 44 millones de personas a vivir en pobreza el año pasado.

Tal vez la opción fácil sea culpar a la inversión especulativa; como las tasas de interés en el planeta han sido sumamente bajas y las inyecciones de efectivo al mercado han elevado la liquidez global, los inversionistas han estado buscando ganancias y los activos en productos primarios han resultado atractivos. Sin embargo, una significativa contracción de los mercados agrícolas también ha sido un factor.

En un tiempo de constante aumento del consumo, muchos productos primarios agrícolas se han visto afectados por importantes perturbaciones de la oferta. Por ejemplo, una sequía a mediados de 2010 en Rusia y otros estados de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) condujo a cosechas de trigo sustancialmente más bajas; aunque no son los mayores productores del planeta, esos países son exportadores esenciales. El alza subsecuente en los precios de los granos en respuesta al descenso de la oferta global fue exacerbada por las prohibiciones a la exportación impuestas en Rusia y Ucrania.
Incluso los precios de los productos primarios agrícolas, como el arroz y la soya, que no sufrieron perturbaciones de la oferta, se elevaron en anticipación al aumento de la demanda, pues ofrecían una alternativa a los productos escasos (entre ellos también la cebada y las semillas de girasol). Otros ejemplos más recientes en los que el clima adverso ha afectado las cosechas fueron la intempestiva sequía en el hemisferio norte a principios de 2011, que condujo a reducir las expectativas sobre las cosechas de granos en la Unión Europea, y severas inundaciones en Queensland, Australia, en esa misma época.

En suma, en nuestro concepto, si bien los flujos de inversión se han sumado a la volatilidad de los precios agrícolas, el alza de éstos ha sido también una reacción a los fundamentos del mercado.

La buena noticia para los que se preocupan por los precios de alimentos es que los picos actuales no durarán. Aunque prevemos que nuestro índice de alimentos y bebidas se elevará sólo un tercio este año (en gran parte por los incrementos que ya ocurrieron), esperamos un descenso de precios de un 12% en términos de dólares el año próximo, al mejorar la oferta. Sin embargo, esto parte del supuesto de que el clima se mantenga normal. También prevemos que dicho índice continuará descendiendo, en promedio, cada año hasta 2015, conforme los mercados respondan a las presiones para elevar la oferta.

Menos positivo es el cuadro para los fundamentos de la oferta y la demanda a largo plazo. Del lado de la demanda, hay un cambio estructural en curso que sugiere que el mundo necesita incrementar su producción agrícola para hacer frente a las necesidades futuras. Un firme crecimiento de la población y el ascenso en los ingresos en el mundo en desarrollo crean una demanda adicional de alimentos. Esta tendencia coincide con otras del lado de la oferta que reducen la producción potencial; la urbanización no sólo reduce la oferta mundial de tierra arable, sino también quita a los campesinos de las tierras y los pone en los supermercados a comprar comida. Los niveles de los ríos del mundo descienden, en parte a consecuencia de la rápida urbanización, pero también del cambio climático.

Algunos de estos problemas pueden ser enfrentados por el mercado. El sector agrícola ha sufrido décadas de descenso en la inversión en la historia reciente, en parte por los bajos precios reales, que la han desincentivado. Irónicamente, un beneficio de la reciente alza de precios es que las recompensas financieras de la agricultura son potencialmente mayores. Esto puede estimular mayor inversión para modernizar la agricultura en países en desarrollo y elevar los rendimientos.

Sin duda queda campo considerable para elevar la productividad agrícola, y ya hay ejemplos de ello: la modernización agrícola en Brasil lo ha convertido en importante exportador de alimentos, pese a su gran población; Rusia y Ucrania se han vuelto grandes exportadores de granos y oleaginosas en la década pasada gracias a la inversión en el sector.

Otra zona con potencial es la infraestructura de almacenamiento de alimentos, que sigue siendo mala en muchos países en desarrollo y podría beneficiarse mucho con la inversión.

En conclusión, parece probable que una mayor conciencia e inversión en el sector agrícola conduzcan a elevar la producción mundial. Se necesitará más que reglamentar los mercados agrícolas para reducir los precios, bajar la inversión global y elevar el nivel de vida en los países pobres.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya
 

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