Raúl Castro abandonó el salón de la Asamblea al grito de “Viva Fidel!”. Su
lugar en las FAR será ocupado por otro veterano de la Revolución, Julio
Casas Regueiro. Uno de sus colaboradores más cercanos, que proviene del
mundo estudiantil (como el propio Comandante) me explicó su ausencia en
estos términos: “No vino, porque Fidel hace las cosas en serio y no quiso
que su inevitable protagonismo empañara su decisión de renunciar a la
jefatura del Estado. No es por razones de salud porque está muy recuperado”.
Sin embargo, el líder cubano estuvo presente todo el tiempo, en ese Palacio
de Convenciones donde lo escuché tantas veces de madrugada. La butaca vacía
en el presidium subrayaba el peso de esa ausencia omnipresente.
Por una especial distinción, que no cesaré de agradecer, fui el único
extranjero que presenció de cabo a rabo la histórica sesión de la Asamblea
Nacional del Poder Popular donde Raúl Castro fue elegido presidente del
Consejo de Estado y de Ministros, en reemplazo de su hermano mayor, su jefe
guerrillero en la Sierra Maestra, su mentor y maestro. “Fidel es Fidel.
Fidel es insustituible” , dijo Raúl antes de solicitar formalmente a los 609
diputados presentes de la Asamblea que le permitieran seguir consultando con
el “Jefe de la Revolución”. Especialmente aquellas decisiones de especial
trascendencia, “vinculadas con la defensa, la política exterior y el
desarrollo económico del país”.
Mezclado en la tribuna entre cientos de militantes cubanos, pude acceder a
lo que resultó vedado para la prensa nacional y extranjera y aún para los
embajadores acreditados ante La Habana: el pulso de la reunión y los
sentimientos recónditos de muchos dirigentes.
Por un lado, la tristeza inocultable de no ver al “Gigante” dominando la
escena por primera vez en 49 años, por el otro la certidumbre de que el
diputado Fidel Castro Ruz, devenido periodista, sigue ahora desde un espacio
libre de protocolos y preocupaciones puntuales de gestión, observando,
guiando, soñando o como dijo su hermano, citando a Raúl Roa: “Oyendo crecer
la hierba y descubriendo lo que no se puede ver en la vuelta de las
esquinas”.
En la Asamblea, que para Raúl es “la muestra en pequeña escala de la
sociedad cubana”, estaban los cuadros de tres generaciones formados por el
Comandante. Los dirigentes históricos de la Sierra, la generación intermedia
que jugó un papel decisivo en los duros años del “Período Especial” y los
jóvenes, como esa diputada de 18 años que le tomó juramento a sus pares.
Los observadores que esperaban una perestroika tropical salieron
defraudados. Tanto en las palabras que improvisó a puertas cerradas ante los
diputados, como en el discurso que pudo presenciar la prensa, Raúl Castro
Ruz, ratificó que todos los cambios podían discutirse dentro del socialismo,
la revolución y la defensa irrestricta de la soberanía cubana.
Además, la designación como vicepresidente primero del Consejo de Estado,
del médico José Ramón Machado Ventura, otro combatiente de Sierra Maestra,
que se ha destacado en la organización del Partido Comunista Cubano,
ratifica lo que el nuevo Jefe de Estado aseguró en su discurso: “El único
heredero de Fidel es el Partido”.
Raúl, en cambio, no quiso presentar una lista para el Consejo de Ministros,
con una sola excepción: su reemplazante al frente del Ministerio de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias será el general de Ejército Julio Casas
Regueiro, su mano derecha durante estos últimos años.
Un mensaje inequívoco para los opinadores que antepusieron “transición” a
continuidad del proceso revolucionario. Vestido de civil, con traje gris
oscuro y corbata clara (“aunque no desdeño de vez en cuando ponerme el verde
oliva”), Raúl abandonó el gigantesco salón al grito de “¡Viva Fidel!”.
Por Migel Bonasso (desde La Habana)


Leave a Reply