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La escondida historia de la tortura de la CIA. El camino a Abu Ghraib

Si Washington continúa con la tortura clandestina, advierte el autor, lo hará bajo falsos supuestos: que los torturadores pueden ser controlados y que las noticias de su trabajo pueden ser contenidas. Sin embargo, una vez que la tortura comienza, parece ser que su uso se difunde sin control en una descendente espiral de miedo y empoderamiento que algún día podría traernos otro Abu Ghraib

DESDE LOS GRILLETES al rojo vivo y los lacerantes ganchos de la antigua Roma a los torniquetes de pulgares, el potro y la rueda de la Europa Medieval, durante más de 2 mil años cualquiera que fuese interrogado en una corte de justicia podía esperar sufrir indecibles torturas.

Durante los últimos 200 años, los intelectuales humanistas, desde Voltaire hasta los miembros de Amnistía Internacional, han conducido una sostenida campaña contra los horrores de la crueldad patrocinada por el Estado, que culminó en la Convención de la ONU contra la Tortura de 1985, ratificada por la administración de Clinton en 1994.

Luego vino el 9/11. Cuando las Torres Gemelas se colapsaron y mataron a miles, “eruditos a favor del dolor” con influencias repudiaron de inmediato aquellos ideales de la Ilustración y comenzaron a discutir públicamente si la tortura podría ser un arma apropiada, incluso necesaria, en la guerra contra el terror de George Bush.

Pero, como los perpetradores del pasado bien les podrían haber dicho a los eruditos de hoy: la tortura lo sumerge a uno a lo más recóndito de la consciencia humana, desata una insondable capacidad para la crueldad, así como seductoras ilusiones de potencia. Mientras los eruditos y los profesores fantaseaban sobre “la tortura limitada y quirúrgica”, la administración de Bush, siguiendo las órdenes del Presidente de “patear algún culo”, probaba y refutaba sus teorías autorizando en secreto los brutales interrogatorios que rápidamente se esparcieron de unos cuantos sospechosos de Al Qaeda “con alto valor como blancos” a veintenas de ordinarios afganos y luego cientos de iraquíes inocentes.

Como aprendimos de la batalla de Francia por Argelia en los cincuenta, de la guerra sucia en Argentina en los setenta, y del conflicto de Gran Bretaña en Irlanda del Norte en los setenta, una nación que mantiene la tortura en desafío con sus principios democráticos paga un precio terrible. Sus oficiales deben tejer una cada vez más compleja telaraña de mentiras que termina por debilitar los vínculos de confianza que son el sine qua non de cualquier sociedad moderna.

Aún más sorprendente, en aquellos embriagadores primeros días de la guerra contra el terror, nuestros propios eruditos a favor del dolor parecían no estar conscientes de la historia de 50 años de tortura de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), ni conscientes de que sus entusiastas propuestas encubrían a aquellos empeñados en reactivar un despiadado aparato en la administración de Bush.

Visto con mirada histórica, el escándalo de Abu Ghraib es producto de una política estadunidense profundamente contradictoria en materia de tortura desde el comienzo de la guerra fría.

En las Naciones Unidas y otros foros internacionales, Washington se ha opuesto a la tortura y ha apoyado un estándar universal de los derechos humanos. Al mismo tiempo, la CIA ha propagado nuevas e ingeniosas técnicas de tortura en contravención de estas mismas convenciones internacionales, varias de ellas ratificadas por Estados Unidos. En su lucha contra el comunismo, Estados Unidos adoptó algunas de sus prácticas más objetables –subversión en el extranjero, represión en casa y, más notablemente, la tortura en sí.

De 1950 a 1962, la CIA llevó a cabo masivas investigaciones secretas sobre la coerción y la maleabilidad de la consciencia humana, las cuales, para fines de los cincuenta, costaban mil millones de dólares al año. Muchos estadunidenses han escuchado acerca del más extravagante y menos exitoso aspecto de esta investigación –la experimentación con LSD en personas que no se lo sospechaban. Si bien estos experimentos de la CIA con drogas no llevaron a ningún lado y la prueba del choque eléctrico como técnica sólo llevó a demandas judiciales, la investigación sobre la privación sensorial sí resultó fructífera. De hecho, esta investigación produjo un nuevo método de tortura psicológica, más que física, quizá mejor descrito como una tortura “sin contacto”.

El descubrimiento de la CIA fue un enorme avance contraintuitivo, fue la primera revolución real en esta cruel ciencia desde el siglo XVII –y gracias a las recientes revelaciones de Abu Ghraib y Guantánamo, ahora estamos demasiado familiarizados con estos métodos, aunque muchos estadunidenses aún no tienen idea de su historia. Tras un cuidadoso escrutinio, esas fotografías de cuerpos desnudos revelan las técnicas de tortura más básicas –posiciones de estrés, privación sensorial y humillación sexual.

Durante más de 2 mil años, desde la antigua Atenas, pasando por la Inquisición, los interrogadores descubrieron que infligir dolor físico muchas veces aumentaba la resistencia o producía información en la que no se podía confiar –los fuertes desafiaban el dolor mientras los débiles decían cualquier cosa con tal de pararlo. En contraste, el paradigma de la tortura psicológica de la CIA usaba dos nuevos métodos, desorientación sensorial y dolor “autoinfligido”, ambos destinados a provocar que las víctimas se sintieran responsables de su propio sufrimiento y así capitularan más fácilmente ante sus torturadores.

En el terreno práctico, desde el inicio de la guerra Afgana, la CIA y sus aliados interrogadores muchas veces han usado métodos que recuerdan a las clásicas torturas de la Inquisición –strappado, question de l’eau, “crippling stork” (cigüeña invalidante) y “masks of mockery” (máscaras de burla).

En 2002, en el centro de la CIA cerca de Kabul, por ejemplo, los interrogadores estadunidenses forzaban a los prisioneros “a permanecer parados con las manos encadenadas al techo y los pies en grilletes”, lo cual provoca un efecto similar al strappado medieval. En vez del marco de hierro de la “cigüeña invalidante” de la Inquisición, para retorcer el cuerpo de la víctima, los interrogadores de la CIA hacían que sus víctimas asumieran “posiciones de estrés” similares sin un mecanismo externo, de nuevo con el fin de obtener el efecto psicológico del dolor autoinducido.

Si bien la tortura “sin contacto” de la CIA podría parecer menos brutal que los métodos físicos, en realidad deja profundas y ardientes cicatrices psicológicas en ambas víctimas y –algo que raras veces se menciona– en sus interrogadores. Las víctimas muchas veces necesitan de un largo tratamiento para recuperarse de un trauma, que muchos expertos consideran más invalidante que el dolor físico. Los perpetradores pueden sufrir una peligrosa expansión del ego, que lleve a actos más crueles cada vez y a duraderos desórdenes emocionales.

Cuando se aplica en las operaciones, los procedimientos psicológicos de la CIA frecuentemente han llevado a crueldades inimaginables, físicas y sexuales, perpetradss por individuos cuyas improvisaciones muchas veces son horrendas y sólo ocasionalmente efectivas.

En 1967, sólo cuatro años después de compilar un manual de tortura para ser usado contra algunos blancos soviéticos destacados, la CIA operaba 40 centros interrogatorios en el Vietnam del Sur como parte de su Programa Phoenix, que mató a más de 20 mil sospechosos del Vietcong. En los centros, miles fueron torturados en busca de información y terminaron asesinados.

La experimentación en tortura de la CIA en los cincuenta y principios de los sesenta fue codificada en 1963 en un sucinto y secreto folleto instructivo sobre tortura –el manual de “Interrogatorios de Contrainteligencia KUBARK”, el cual se convertiría en la base de un nuevo método de tortura difundido mundialmente durante las tres siguientes décadas. Estas técnicas primero fueron difundidas a través del programa de Seguridad Pública de la Agencia por el Desarrollo Internacional estadunidense para entrenar a las fuerzas policiacas en Asia y América Latina como el frente delantero de defensa contra los comunistas y otros revolucionarios.

Después de que un enojado Congreso abolió el programa de Seguridad Pública en 1975, la CIA trabajó a través de los Equipos Móviles de Entrenamiento del Ejército Estadunidense para instruir a interrogadores militares, principalmente de Centroamérica.

Tras el fin de la guerra fría, Washington reanudó su apoyo a los principios universales, y denunció a los regímenes de tortura, participó en la Conferencia Mundial de Derechos Humanos en Viena, en 1993, y, un año después, ratificó la Convención contra la Tortura de la ONU.

En la superficie, Estados Unidos había resuelto la tensión entre sus principios anti-tortura y sus prácticas de tortura. Sin embargo, aun cuando el Congreso ratificó la Convención de la ONU, lo hizo con reservas intrincadas, que exentaban claramente el método de tortura psicológica de la CIA. Así que la práctica, nunca reconocida plenamente, persistió dentro de la comunidad de inteligencia.

Abu Ghraib, claro, no despertó el primer debate estadunidense sobre tortura. De 1970 a 1988, el Congreso intentó, infructuosamente, a través de cuatro investigaciones, exponer elementos de este paradigma de la tortura de la CIA. Pero en cada ocasión, el público mostró poco interés, y la práctica, nunca plenamente reconocida, persistió dentro de la comunidad de inteligencia.

El pasado mes de abril, en las fotografías de Abu Ghraib, los estadunidenses ordinarios finalmente vieron la realidad y los resultados de las técnicas de interrogación que la CIA ha propagado y puesto en práctica durante casi medio siglo. Efectivamente, el reciente informe del general George Fay culpa a la influencia de la CIA del uso de la tortura llevada a cabo por la Inteligencia Militar en Abu Ghraib. Con su duro trato a “los detenidos fantasmas”, los interrogadores de la CIA anduvieron por la prisión con una “mística” corruptora y métodos extremos que “fascinaron” a los interrogadores del Ejército.

El público estadunidense se puede unir a la comunidad internacional en el repudio de una práctica que, más que ninguna otra, representa una negación de la democracia; o, en su desesperada búsqueda de la seguridad, Estados Unidos puede continuar con la tortura clandestina de sospechosos del terror con la esperanza de obtener buena inteligencia sin la publicidad negativa.

En el probable caso de que Washington adopte la última estrategia, será una posición basada en dos falsos supuestos: que los torturadores pueden ser controlados y que las noticias de su trabajo pueden ser contenidas. Sin embargo, una vez que la tortura comienza, parece ser que su uso se difunde sin control en una descendente espiral de miedo y empoderamiento que algún día nos podría traer otro Abu Ghraib.

(Traducción: Tania Molina Ramírez. Se reproduce con el permiso del autor.)

*Alfred W. McCoy es profesor de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es autor de The politics of heroin (La política de la heroína), un análisis de los vínculos entre la CIA y los señores de la droga; y Closer than brothers (Más cercanos que hermanos), un estudio del impacto del método de tortura psicológica de la CIA en los militares filipinos. Una versión más larga de este ensayo apareció en www.tomdispatch.com.

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