Si los discursos pudieran configurar el mapa político regional, el gobierno de George W Bush debería estar temblando. Las intervenciones de estos días de Rafael Correa y de Hugo Chávez, sumadas a la alianza tejida con el Irán de Mahmud Ahmadinejad, no alcanzan sin embargo a constituir un polo que cuente con la masa crítica suficiente como para promover un giro importante en la región.
No obstante, los cambios que se están produciendo en el escenario latinoamericano son los más importantes y trascendentes que vive este continente desde la independencia y la creación de las repúblicas hace ya casi dos siglos. La decisión del presidente venezolano de comenzar a construir el socialismo del siglo xxi, incluyendo un novedoso proyecto de reingeniería del poder desde las bases, a partir de las “ciudades comunales” de carácter asambleario, merece seria atención y ha levantado justificadas expectativas. Los intentos del gobierno boliviano de refundar el Estado colonial heredado y los anuncios de Correa en el mismo sentido son auspiciosos, más allá de las enormes dificultades que les aguardan.
A grandes rasgos, las corrientes de izquierda y antineoliberales se vienen consolidando en toda la región. Desde fines de 2005 se han producido once elecciones presidenciales que han modificado el mapa de la región, el que venía siendo reconfigurado desde abajo por los movimientos sociales. En más de la mitad de esas elecciones triunfaron candidatos que se proclaman contrarios al Consenso de Washington. Incluso en aquellos países donde las fuerzas progresistas fueron derrotadas (como Colombia, México y Perú) han adquirido un protagonismo que obliga a las elites a contar con ellas. Hasta en Paraguay se adivinan cambios si llegara a concretarse la candidatura presidencial del ex obispo Fernando Lugo, capaz –según los sondeos– de derrotar al hasta ahora imbatible Partido Colorado.
LOS RECURSOS NATURALES. La pugna por el control de los recursos naturales es parte decisiva de la nueva relación de fuerzas. Lo es en Venezuela, pero también en Bolivia y Ecuador, donde los movimientos han derribado gobiernos que enajenaron recursos esenciales para la supervivencia de esos países y, muy en particular, de sus sectores populares. Esos tres países son grandes productores y exportadores de hidrocarburos y sus gobiernos apuestan a conseguir el control más o menos total de la cadena que va de la extracción a la comercialización, como clave de bóveda para fortalecer estados demasiado débiles.
La crisis del sistema de partidos y de los estados nacionales atraviesa y da forma a esta “segunda línea” de gobiernos que, en los hechos, toman distancia de los de Argentina, Chile, Brasil y Uruguay. Si en éstos los estados nacionales siguen teniendo una importante presencia en sus sociedades, pese al debilitamiento promovido por el modelo neoliberal, en aquéllos la ola devastadora de las privatizaciones representó un terremoto arriba y abajo sobre el que los nuevos gobiernos deben operar. Es en estas diferencias societales donde habrá que buscar buena parte de las disímiles orientaciones que enfrentan a ambas líneas, y no tanto en supuestas afinidades o divergencias ideológicas. Más aun: la recuperación del gas boliviano ha perjudicado a Brasil y Argentina, dependientes del fluido, y está aún pendiente el futuro de Petrobras en el país andino. A medida que los más pobres levantan cabeza, la colisión con los más grandes, muy en particular Brasil, se torna inevitable.
En efecto, mientras las izquierdas y sectores progresistas de los países del sur vivieron un largo proceso de acumulación electoral –con la parcial excepción argentina que de algún modo es tributaria de ambas situaciones–, en países como Bolivia, Ecuador y Venezuela se registró un virtual hundimiento del sistema de partidos. A tal punto, que un elemento que explica la sopresiva victoria de Correa es que no presentó candidatos al parlamento, ya que la población reprueba con virulencia a la clase política.
NI TANTO NI TAN POCO. Incluso un analista prudente como el sociólogo brasileño Emir Sader aseguró hace pocos días a Página 12 (11 de enero) que “toda la región avanza en el mismo sentido que Venezuela, aunque con matices diferentes. Brasil, Bolivia, Argentina, Uruguay, están dando pasos firmes para salir del neoliberalismo que hizo retroceder a la democracia en toda la región”. El aserto sólo puede sostenerse en pie si la mirada se focaliza en los discursos y deja de lado las realidades.
Las dificultades se acumulan y con ellas aparecen las contradicciones. Luego de ocho años de gobierno chavista, la estatal pdvsa es apenas una socia minoritaria de las grandes multinacionales en la rica faja petrolera del Orinoco. La nacionalización de los hidrocarburos de Evo Morales fue apenas una renegociación de los contratos que aseguran mayores ingresos al Estado. En ambos países, más allá de los discursos, siguen siendo las multinacionales las que controlan la cadena hidrocarburífera, y no por falta de voluntad de los gobiernos para recuperarla.
Las dificultades que encuentra Evo para refundar el país, ante las demandas autonomistas de media Bolivia, la porción más rica y la que cuenta con los recursos naturales, son apenas un anticipo de lo que le espera a Correa en Ecuador. Las elites bolivianas atizan el fantasma de la guerra civil para no perder sus privilegios, en lo que puede ser un modelo a imitar.
Por: Raúl Zibechi


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