¿Cuáles son las soluciones a esta crisis? Los partidarios de la globalización
neoliberal quieren hacernos creer que la crisis súbita es resultado de “escasez
de productos” y “fallas del mercado”. Nos aseguran que la mejor forma de salir
adelante es evitar que los gobiernos nacionales intervengan en el mercado,
elevar la producción mediante la adopción de semillas modificadas genéticamente,
y liberalizar aún más la agricultura y los alimentos. ¡Tal parece que no hemos
liberalizado lo suficiente!
En cambio, los campesinos, granjeros y comunidades indígenas del mundo
organizados en La Vía Campesina sostienen que la crisis es resultado de décadas
de políticas destructivas, que la globalización de un modelo agrícola neoliberal
industrial y de capital intensivo es la causa precisa de la crisis actual, y que
“ha llegado la hora de la soberanía alimentaria”.
Durante más de 30 años, trazadores de políticas, gobiernos nacionales e
instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la
Organización Mundial de Comercio impulsaron la restructuración fundamental de
las economías nacionales, entonando el mantra de liberación,
privatización y desregularización. En la agricultura, esto condujo a un
dramático desplazamiento, de producir para el consumo doméstico a producir para
la exportación. En el proceso, campos que normalmente se cultivaban con
alimentos para la población nacional fueron remplazados por hectáreas de
brócolis, chícharos en vaina, mangos, camarones y flores para los mercados del
norte. En consecuencia, muchos países en desarrollo que eran autosuficientes en
granos básicos son ahora importadores de alimentos.
La restructuración de la agricultura también facilitó su corporativización.
Mientras los pequeños agricultores han sido expulsados sistemáticamente de la
tierra en el norte y el sur, los consorcios incrementaron su control sobre la
cadena alimentaria. Al hacerlo, las agroempresas se han asegurado de quedar en
mejor posición para extraer ganancias en cada eslabón de la cadena.
Es este modelo agrícola neoliberal, industrial e impulsado por consorcios el
que ha sido globalizado en los 30 años pasados. Es un modelo que trata a los
alimentos como cualquier mercancía, presenta la agricultura exclusivamente como
un proyecto para obtener ganancias, concentra los recursos productivos en manos
de la agroindustria y coloca los alimentos en mercados de futuros. Allí,
especuladores hambrientos de ganancias, inversionistas y fondos de riesgo se
embolsan millones de dólares mediante frenéticas ofertas y apuestas sobre
cambios de precios y predicciones de escasez.
La agricultura se ha alejado de su función primaria: alimentar a seres
humanos. Hoy, menos de la mitad de los granos del mundo son consumidos por
humanos. Se usan en cambio para alimentar animales y, en fechas más recientes,
se convierten en agrocombustibles para alimentar vehículos. Esto es escasez
manufacturada por excelencia.
Los programas de ajuste estructural impuestos por el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional, combinados con los acuerdos comerciales de la OMC,
provocaron que las políticas agrícolas y alimentarias estén hoy controladas sólo
por un mercado internacional sin rostro. Las políticas nacionales –controles de
precios, aranceles, organizaciones de productores– diseñadas para garantizar la
viabilidad de los pequeños agricultores y un abasto adecuado de alimentos
culturalmente apropiados, mediante el apoyo a la agricultura doméstica, han sido
remplazadas por las voraces demandas del “mercado”.
Los mercados nada saben de moralidad, justicia o del derecho básico de las
personas a una alimentación adecuada y nutritiva. Los mercados sólo determinan
que se vendan los bienes al mejor postor; hoy las personas son superadas por las
demandas de los agrocombustibles, por los especuladores, y por el ganado. Si nos
guiáramos sólo por el precio, parecería que la agricultura nada tiene que ver
con producir alimentos para las personas.
La Vía Campesina, movimiento internacional de agricultores que representa a
149 organizaciones de 56 países, sostiene que la crisis mundial de alimentos
demuestra la necesidad desesperada de construir un modelo agrícola esencialmente
nuevo, basado en la soberanía alimentaria.
La soberanía alimentaria se enfoca en producir alimentos para las personas,
cierra la brecha entre productores y consumidores de alimentos, pone a quienes
producen y consumen alimentos en el centro de la toma de decisiones sobre
políticas agrícolas y alimentarias, y construye sobre el conocimiento de los
proveedores de alimentos.
La Vía Campesina sostiene que la crisis sólo puede resolverse si los
gobiernos apoyan la producción campesina y en pequeña escala, reconstruyen sus
economías alimentarias nacionales, regulan los mercados internacionales, y si la
comunidad internacional respeta, protege y satisface los derechos humanos… en
especial el derecho a comer.
No morir de hambre es, después de todo, estricta justicia.
Traducción: Jorge Anaya
Annette Aurélie Desmarais y Jim Handy*
* Annette Aurélie Desmarais es profesora asociada de estudios judiciales en
la Universidad de Regina, Canadá, y autora del libro La Vía Campesina.
Jim Handy es profesor de historia en la Universidad de Saskatchewan, Canadá


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